domingo, 3 de marzo de 2013

Amor platónico


Es una cálida tarde, una banquita golpeada por el transcurrir del tiempo, añoranza de otras épocas, reminisencias, imágenes de personas que alguna vez experimentaron su estratégica posición en el universo. Permufes de amor y desencanto, de abrazos y peleas, de vida y muerte. Un sin fin de armoniosas marcas. Arañazos desordenados, reflejos de inviernos, de años transcurridos...en fin, una banquita al borde de un camino... No puedo describir el camino, hay algo que me lo impide, no va ni llega a ninguna parte, solo esta ahi, de marco, como destinado a estar ahi sin más irremediable camino que hacer existir la banquita. Escalofriante destino: Vivir por otros, no tener sueños, expectativas, orígenes, amores, desamores, no creer en el destino, solo estar ahi... que horrenda sensación.

Sobre la banquita hay una niña, una adolescente, una mujer, una anciana; la síntesis de todas esas realidades bajo una misma, polimórfica silueta; su cabello hermoso, brillante, como autónomo, vital, agitado suavemente por las oleadas de brisa perfumada, calido, calmado, desafiante, soñador... Su rostro, perfección emanada del mismísimo Olimpo, Afrodita que ha venido y se ha posado sobre ella formando una sola persona, sus rasgos delicados, suaves, de una belleza común pero descomunal, como salidos de las historias más desconocidas pero hermosas. Sus ojos, profundos, tal como mirar fijamente la inmensidad del universo, infinitos, inexpilcables, impávidos, llenos de un brillo galaxiar. Su boca roja carmesí, casi palpable, suave como el más exquisito melocotón, de expresión calmada, como añorando besos pasados, pero temerosa de aceptar nuevos. Su tez blanca como la más pura alma, contraste perfecto para sus labios rojos. Oh que silueta, que bajo la luz de un tímido rayo de sol se exalta y se ve más hermosa que la misma perfección de la que está constituida. Esta vestida lo sé, pero los atributos de dicha vestimenta son tan indeterminados... es como si camaleonicamente cambiaran reflejando lo que envuelven; despiden sensaciones, sueños, anhelos, cambian con la felicidad, con la intranquilidad, con la satisfacción, con el desazón....cambia, cambia, puedo decir que es amarillo pero luego se torna rojo, pasa a ser gris, azul, violeta, y así anuncia un infinito desfile de colores.En sus manos un libro abierto, su cubierta es marrón y sus hojas amarillas como consecuencia de la irremediable acción del tiempo. Un libro, aparentemente es uno mas del montón, pero como su dueña no lo es; un libro que envuelve un mundo entero, unos personajes ansiosos por ser conocidos, una historia interminable..

Aquel ángel con el libro en sus manos está ahí, en la banquita, inmovil como si esperara algo que no va a llegar pero que aún así sigue esperando. Es primavera, lo sé por el penetrante olor a flores, aquellas, joviales y esplendorosas, disfrutaban del preciso y administrado rayo de sol que sobre ellas se posaba. Los árboles, testigos mustios, cómplices en secretos ancestrales, conocedores del amor, de la soledad, expertos en añoranzas. En suma todo una hermosa sinfonía de crescendos y diminuendos, tal vez lo experimentado por Beethoven cuando decidió nombrar Primavera a su Quinta Sonata para violín y piano. Solo así, esa es la imagen que ronda en mi cabeza, pero soy incapaz de entregarla toda, de relatar cada detalle, no quiero perderla, hace parte de mi, me impulsa a soñar.

Muevo mis manos comprendiendo que habían pasado ya varios minutos desde que mi mirada se había posado en ella, minutos absorto, minutos que parecían segundos. Miro el reloj y me doy cuenta de que el autobús está por llegar, que aquella ruta primaveral pronto iba a ser nada más que un recuerdo. Veo como un ángel recoge su cabello, cierra su libro y pone en la mitad de dos polvorientas hojas una flor, veo que sonrie al notar que dicha flor era tan bella e indefensa que era imposible dejarla ir nunca más. No me puedo mover, siento cómo un ejército de corrientazos, una batalla de sensaciones se libra en mi estómago, quisiera salir corriendo, huir, pero mis músculos no reaccionan. Me empiezo a sentir diferente, pero una diferencia conocida, como si fuera una vieja amiga que llega a invadirme de nuevo, siento miedo pero luego entiendo, es amor, un puro y platónico amor. LLega el bus, ella toma su libro y se levanta de la banquita, alcanzo a ver la forma en que el viento agita su falda antes de desaparecer por completo. Se ha ido, pero el cosquilleo, esta sensación no se va y posiblemente no se vaya nunca. 

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Gracias a Santiago de la Cadena por esta historia.

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