martes, 5 de marzo de 2013

Encuentros furtivos



Lo besé, me besó, nos besamos. Consumidos por la lujuria y el deseo fuimos torpemente, entre besos y caricias, hasta el salón más cercano. Al entrar lo tomé fuertemente de la cintura mientras se aferraba a mi cuello con pasión y posó mi cuerpo apresuradamente sobre la mesa del profesor; entonces recorrí su hermoso cuerpo con la yema de los dedos hasta llegar al borde de su pantalón y en cuanto hube alcanzado este punto cerré mis manos y baje poco a poco la cremallera. Debajo de su atuendo no llevaba más que unos sensuales boxers de color negro.

Una vez más lo besé y luego bajé, recorriendo así cada centímetro de su cuerpo con mis labios; besé su pecho y continué, bajando por el abdomen; podía sentir como se estremecía ante el roce de mi boca y el calor de mi respiración sobre su piel. El pantalón ya estaba en el suelo, aproveche y besé el interior de sus muslos, depositando besos aquí y allá, hasta que llegué a su sexo.

Luego de unos minutos de, lo que a mi parecer, fue el mejor sexo oral que he dado en mi vida (pregúntele a el) y de abrirle las piernas con ardor, introduje mi miembro y pude ver su cara de placer. Me movía al compás del viento, representando el vaivén de las olas, tal vez; a veces suave y con delicadeza y otras veces duro como quien no busca más que el placer del sexo.

Nuestro ritual continuó unos minutos más, alternando posiciones y auto-haciéndonos el amor, hasta que ambos nos fundimos en un orgasmo magistral.

Acabado nuestro encuentro furtivo tomamos nuestras ropas y dejamos el salón, cada quien por su parte sin decir adiós ni mirar atrás.

Desde ese día no lo he vuelto a ver pero aún recuerdo nuestra sesión de "amor" cuando acudo a mis clases, allí, en el mismo salón.

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Gracias Juano por esta historia. 

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