jueves, 8 de diciembre de 2016

Morir

La última vez, le dio tanto miedo como la primera. Espera, pensó en voz alta y alguien le respondió algo parecido a no hombre, no hay espera. Se amarró la cuerda a su cintura y se puso un pedazo de cuero para evitar una herida en la parte lumbar de su cuerpo. Metió las manos a los bolsillos para comprobar que había dinamita en uno y en el otro fósforos, dio un rodeo antes de lanzarse a ese vacío que se veía en el fondo. El Río Cusiana sonaba durísimo, a pesar de que en enero hacía ya varias semanas había dejado de llover su ímpetu seguía impresionante, las rocas le daban un color amarillo oscuro, teñido de rojo y ocre, era un espectáculo difícil de comparar con algún otro. al otro lado, la montaña estaba todavía verde y allí, donde ellos quisieran estar trabajando había una calma que no se sentía en este acantilado.

El vacío lo hacía sentir mariposas en el estómago, las mismas que había sentido la primera vez que se había masturbado y cuando vio a su cuñada sentada en un chinchorro a media cuadra de la iglesia de Pajarito. La tarea parecía simple pero podía ser mortal: había que lanzarse por un acantilado que llamaban la Peña de Gallo, cuidarse de no caer, hacer un hueco en la roca, poner unos palos de dinamita, estirar la mecha hasta lo inimaginable y cuando no diera más prender un fósforo que le podría dar el último aliento, tocaba correr hacia arriba y después lo más lejos del borde posible para ver cómo las rocas se rompían y se iba formando un espacio apto para hacer un paso de vehículos que conectaría a Aguazul con Sogamoso de manera directa, nada de ir hasta Labranzagrande o Nunchía.

El anhelo de ver un carro pasar, de sentir el aire frío de la cordillera y el seco calor de la sabana lo emocionaban. Al caer gritaba varios nombres, en especial el de su mamá y su cuñada, suponía que si se moría en ese momento por un mal golpe en las piedras o que la cuerda se rompiera, al menos tendría la bendición de aquellos por quienes se echaba cuesta abajo. En general, pensaba que quería morir, era la única forma de quitarse el sino del adulterio que lo rondaba con esos oscuros que lo miraban cada vez que estaba quitándose garrapatas o limpiando el conuco.

Esta vez no fue la excepción. Se lanzó y sintió cómo las ráfagas de viento que venían del páramo se encontraban con las del gran cañón, le dio pena los meados que estaba a punto de echar al río porque dios sabe en qué momento hace que uno quiera orinar y le da siempre una pared o un palo para hacerlo realidad. Estaba apenas desabrochándose los pantalones cuando se desestabilizó y la fuerza de la tierra se lo llevó muy duro, más de lo que pudo haber esperado y la cuerda le cortó un brazo de un tajo y de repente estaba zampado contra una piedra. Su cuerpo no demoró en llegar a una vega en Quebrada Negra. Cumplió su deseo y su única misión en la vida, morir.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El llano se va a acabar

Usted qué piensa. Qué pienso, qué pienso, qué pienso. Pues que el llano se va a acabar, o lo vamos a acabar, porque fíjese usted que antes era más difícil entrar pero también era más difícil salir, uno se quedaba aquí para siempre, a pesar de las enormes culebras y los escurridizos faras, uno siempre volvía, y mariscaba, y cachilapeaba, voleaba peinilla y castraba, ahora no, ahora las cosas son complicadas, primo, nadie sabe lo que es montarse en un potranco recio y que ese bicho lo tumbe a uno por toitico el paradero varias veces hasta que coja juicio, a nadie le toco echarle aceite a las orejas de las yeguas ni desarmar trenzas de los duendes, el llano se va a acabar cuñao. Se puso serio camarita. Ni eso, la enfermedad de la neurastenia también se acabó, se volvió otra joa, allá arriba le dicen dizque al mal de los que aguantan el trancón y el sereno, aquí era apenas el disgusto, que se pasaba con tinto tempranero o un vaso de guarapo refrescante. El llano se va a acabar. El llano se va a acabar.

martes, 29 de noviembre de 2016

Gabriela

-Solo unas palabras, Gabriela Clavo y Canela-.
-¿Disculpe usted?-.
-Que pena, lo he visto antes, leyendo Gabriela Clavo y Canela-.
-¿Ah sí? Es uno de mis libros favoritos, lo he leído miles de veces-.
-En una de ellas lo vi. Estaba en Transmilenio, me pareció muy curioso siempre verlo llegar al paradero leyendo, como si el mundo a su alrededor no existiera-.
-Cuando me concentro me transporto-.
-Se nota, lo vi reírse muchas veces. He tenido curiosidad, ¿sabe? Es que siempre se le veía más contento que de costumbre leyendo-.
-¿Cómo así?-.
-Lo he visto mucho, más de las veces que me gustaría, siento una atracción profunda por su forma de leer-.
-Vea usted, gracias-.
-¿Qué lee?
Que le importa, señor, estamos en una fila, por el amor a Cristo, déjeme leer en paz. 
-Ha vuelto-.
Le mostré la carátula del libro y rematé con un "en Netflix está la película".
-No lo había escuchado, ¿Hitler?-.
-Sí, bueno, léalo-.
-Después de Gabriela, lo he buscado millones de veces y no aparece en ninguna parte-.
-Yo lo encargué en una librería de Chapinero pero siempre está Amazon, ¿no?-.
-Pues sí, tiene razón, podría pedirlo por internet pero siempre me ha gustado tener un libro en las manos antes de comprarlo-.
-En eso nos parecemos-.
-Siguiente, ¿Tiene puntos?-, dijo otra voz.
-Pues sí, chao-.

lunes, 6 de junio de 2016

La plaza de las flores

La señora Tulia era madrina de prácticamente todo el piedemonte que va del Pauto al Cusiana, e incluso más. Todos en Recetor, Pajarito, Morcotes, Labranzagrande y Chámeza estaban emparentados con ella, en Sogamoso la historia era diferente, era amiga de todos, tenía una tienda que vendía sus famosos colados, envueltos, mantecadas y demás delicias. Además de sus dotes culinarias, de los que se hablaba hasta bien entrado el llano, allá en Maní y Trinidad, le atribuían el poder de predecir las cosas.

Por eso, todos sabían que alguna noticia bajaría de las montañas cuando ella se despertó diciendo que había soñado con la Plaza de la Villa llena de flores y gentes. No estaba segura de que fuera un acontecimiento festivo o de luto, solo que algo grande iba a pasar. Que sería doña Tulia, le preguntaron en el café de la madrugada, ese que se toma antes del ordeño. No supo dar razón con el caldo de papas y tampoco cuando Rafaelito le siguió preguntando con tanta insistencia hasta casi medio día. -Que no sé, no sé-.

Después de servido el guarapo que se acostumbraba a brindar después del almuerzo llegó un Uaz. -Y eso tan extraño-, a esa hora no era para que bajara hasta el hato un carro de esos. Que lleguen rápido don Rafael y doña Tulia, que se alisten viandas y cobijas, que toca salir para Sogamoso urgentemente. -Qué pasó, qué son esos afanes, quién viene a decir qué en estas tierras en las que mando yo y nadie más-, exclamó con molestia don Rafael, cuando le dijeron que del carro estaban dando órdenes, como si fueran los chulos de otrora.

-Don Rafael, es que se murió su compadre, su tocayo, Rafael Sandoval-. A Tulia se le doblaron las rodillas de la angustia y don Rafael no supo qué hacer con su sombrero.  -Apuren chinas con unos envueltos y unos baldes de agua, echen unas cobijas que habrá que dormir en el camino... y una montura completa, por si acaso, que sean dos porque a la señora no la podemos llevar en ancas-. Revuelo que se sintió en la casa de los peones y de los blancos, todos angustiados por arriscar cajas, por mover gentes y comidas, había que apurarlo todo, es que Sogamoso estaba por poco a 36 horas de camino y la premura no daba para más.

Al principio no hubo ni a qué horas rezar un rosario pero ya en el carro era lo único que distraía la mente. Rezó el alma del vecino y compadre. Rezó por la juventud de Gladys, por los niños, que apenas crecían barbas. Miércoles, que lío monumental, es que una muerte así, semejante hombre, risueño. Moreno, alto, querendón, con ese parado tan particular y esa carcajada que se escuchaba a leguas, que no se tomaba sino un whisky, que usaba unas grandotas gafas oscuras y que jamás de los jamás se expresaba con malas palabras.

Entraron a Sogamoso a las carreras, ni tiempo de una ducha, directo mijito para la Catedral, que las honras fúnebres ya empezaron. Al ver la plaza supo que eso era lo que el sueño le había querido decir, ella tan ingenua pensando que habría podido ser algo alegre, si era apenas el compadre diciéndole que adiós, que se verían muchos años después, casi 50, en otros mundos.

En ese gentío cómo llegar a donde la comadre. -Quedemos por aquí mamá, la ve a la salida- dijo alguna de las chinas, -ni de fundas, que uno aquí lo que necesita es el brazo recio de una como yo-. Llegó a la puerta de la iglesia no sin varias quejas de desconocidos que no entendían su afán de estar más adelante. No le pareció inapropiado caminar por el corredor central de la nave principal, en el atril el padre decía algunas palabras sentidas, de verdad, por ese hombre que se acababa de ir, es que Sogamoso le debía mucho a Rafico.

Gladys en perfecto luto estaba allá, en la primera fila, como ordenaba el protocolo y la básica lógica. Allá llegó apretando cada lágrima y con el único propósito de darle un abrazo. Gladys era fácilmente de la edad de sus hijas mayores, era apenas una niña, cómo dejarla sola. Un abrazo las fundió por tantos minutos que no se supo cuántas páginas pasó el cura, ni cuántos dele-señor-el-descanso-eterno-ybrilleparaéllaluzperpetua se dijeron, cuántos aplausos y cuántos llantos hubo de por medio. Cuando se soltaron fue como si el alma le volviera al cuerpo, tomó la mano de Tulia y juntas asistieron al resto de la misa, salieron juntas de la iglesia y mientras todos se agolpaban a dar pésames apenas sentidos, era la mano de Tulia la que la tenía amarrada a la vida, esa que tan pronto se le había ido a Rafico.

jueves, 2 de junio de 2016

Una oportunidad perdida



El gobierno Nacional anunció un cambio en la reglamentación del transporte público particular para hacer una diferenciación entre los servicios básicos, que serían los taxis tradicionales, y los servicios de lujo, como los que ofrece Uber. A pesar el revuelo causado en redes sociales y en medios de comunicación el decreto no resuelve los principales problemas y se enfoca en el negocio de los empresarios y no en las soluciones para los taxistas ni mucho para los usuarios.

Alrededor de los taxis, el decreto se concentra en establecer que el servicio que estos prestan es considerado “básico”, en palabras del decreto esto quiere decir que se enfoca más en la frecuencia en la que uno puede conseguir el un vehículo en la calle y un precio bajo que garantice acceso para la mayoría de las personas. Por su parte, para los servicios de lujo, establece condiciones de calidad y accesibilidad diferenciadas que se cargan a la tarifa final del usuario.

Hoy en día, el sistema de prestación de servicio de taxi no genera rentas para el Estado y deja en completa vulnerabilidad a los usuarios y a los conductores. Por un lado, en una ortodoxa interpretación de las leyes del mercado, el Estado no tiene cómo regular el número de taxis que circulan en una ciudad y tampoco tiene muchas herramientas para corregir las fallas en su servicio. En Bogotá, por ejemplo, los cupos están congelados, lo que quiere decir que no deberían entrar a circular nuevos taxis a no ser que estos vengan en reemplazo de uno anterior. Los dueños de los taxis pueden entonces mantener un monopolio que controla los cupos o venderlos al mejor postor.

Hoy en Bogotá se negocia el cupo de un taxi en alrededor de $110 millones, la transacción no pasa por el Estado, no paga impuestos ni genera recursos para fondos que permitan dignificar el trabajo de los taxistas o garantizar su salud o pensión. Cuando alguien tiene el cupo y el taxi para operar puede aparecer ante una empresa afiliadora para que esta expida las tarjetas de operación a sus conductores, un solo taxi puede tener hasta tres turnos diarios, por ende, puede operar hasta con tres tarjetas diferentes. Las empresas afiliadoras además de cobrar por el servicio de afiliación prestan tiene diferentes tipos de garantía de usuarios: vales, radioteléfonos, aplicaciones web. Si un taxi usa alguno de estos servicios debe cancelar un valor adicional. Finalmente, un taxi puede estar afiliado a varias empresas, lo que le permite usar varias frecuencias de radio y tener mayor radio de alcance de clientes, por ejemplo, un solo taxi puede prestar el servicio a través de TaxExpress, tener radio teléfono de Taxis Libres y usar EasyTaxi y Tappsi para conseguir clientes.

Los taxistas, no las empresas, son los responsables del servicio. Esto quiere decir que es potestad suya llevar o no clientes, mantener en buenas condiciones el taxi y además son quienes deben hacer frente a accidentes, robos y otros asuntos. Normalmente un taxista arrienda a un propietario el taxi por un determinado número de horas (un turno varía entre 8 y 16 horas) y paga el equivalente del arriendo, en promedio para un turno de 8 horas debe cancelar $65.000 pesos diarios y ponerle combustible al vehículo (a gas $30.000, a gasolina $60.000). Esto quiere decir que para generar ganancia un taxista con un carro a gasolina debe hacer carreras por valor equivalente por lo menos a $130.000.

Los usuarios no tienen formas para protegerse de las malas prácticas de los taxistas que dependen del anterior sistema. Por ejemplo: no cuentan con un sistema de verificación de los taxis que les permita saber que todo taxi que toman es seguro; tampoco pueden exigir calidad en el servicio, el decreto es claro en establecer que esta solo se puede obtener en el servicio de lujo; no existe una sanción para quien se niegue a prestar el servicio; no hay botones de pánico que permitan evitar robos o paseos millonarios.

Lo ideal sería que algunos de estos problemas se resolvieran: los cupos deberían ser propiedad del Estado y deberían ser subastados cada cierto tiempo, 5 años (la vida útil normal de un taxi) estaría bien. En las subastas solo deberían participar empresas dueñas de los vehículos o con promesa de compra del número de vehículos por los que participarían en las subastas, con conductores empleados con contrato formal.

Con los recursos provenientes de la subasta, el Estado podría fortalecer el sistema de vigilancia y control para establecer sanciones más robustas a las empresas que no cumplan con requisitos de calidad, que hayan prestado servicios inseguros o que se hayan negado a prestar el servicio. Las sanciones podrían ir desde multas hasta la revocatoria de la tarjeta de operación.

Para los usuarios generaría un sistema con una empresa responsable que podría ser sancionada y que podría tomar acciones para garantizar que los conductores no cometieran imprudencias ni abusos. Para los conductores podría generar condiciones de seguridad física y laboral. Para los empresarios, sería una forma de fortalecer y formalizar sus negocios y crear incentivos para invertir y crecer. Para la ciudad, la subasta de los taxis podría ser un generador importante de recursos, con el estimado que hay 50.000 taxis en Bogotá y cada cupo cuesta $110 millones, en una subasta el Estado podría quedarse con $5,5 billones, más que el valor de lo que la ciudad debe poner para la Primera Línea de Metro o la mitad de los recursos estimados para arreglar la malla vial de Bogotá.

Un esquema similar podría funcionar para el servicio de Uber y sus pares, una subasta de cupos en la que podrían participar empresas legalmente constituidas y dueñas de vehículos. En este caso, podrían exigirse características de mejor desempeño, por ejemplo, mínimo de horas de capacitación para los conductores, especificaciones técnicas más altas para los carros, entre otros.


Como las realidades de las ciudades son diferentes, el Gobierno Nacional podría delinear algunos asuntos de manera general y darle la potestad a la ciudades de más de 100.000 para que resolvieran cuestiones propias de sus particularidades.

lunes, 9 de mayo de 2016

Esto y lo otro

A las casas del llano las podíamos reconocer desde el aire, años atrás alguien había inventado traer un DC-3 lleno de pendejadas y desde entonces habría sido imposible no hacer una competencia por quién tenía más extravagancias en la mitad de la sabana. Por supuesto, nadie superaría jamás al General Arenas, con su larga narizota, que había encargado un piano de cola, lo había hecho traer por barco hasta Orocué y lo había subido hasta El Desecho y después a Venecia a lomo de mula. No, nada de eso, de repente habíamos llenado el llano de baños con cisterna y bidé, casas con ventanales y techos de zinc y Eternit. Toda una modernidad.

La primera vez que registramos un carro en la llanura vinimos todos a Corinto a ver el Wyllys bajarse de un avión, también creímos imposible ver finerías como las confiterías que llegaban a Las Brisas. De repente nuestra vida social volvió a la normalidad, sin interrupciones derivadas de las vacaciones y el trabajo de llano, en minutos, podía uno llegar, figúrate tú, a La Reforma, comerse unos chanchos asados y estar de vuelta en Santa Bárbara para la comida. Toda una maravilla.

Daba gusto ir a ese hato, es que los Morenos tenían tal aversión por la suciedad que allí no había peón que no estuviera de blanco inmaculado. Uno se sentaba al lado de Armando, que se echaba en un chinchorro y lo primero que este pisco preguntaba era si uno alcanzaba a ver el horizonte, con un esfuerzo uno trazaba una línea que separaba la redondez de la tierra por de capa eternamente azul del cielo. El viejo vivía debajo de esos mangos siempre que estaba en la casa y desde allí señalaba en un acento más rolo que el de cualquier Puyana que sus dominios llegaban hasta donde dieran los ojos, chatico querido, para arriba la sal, para abajo el ganado y los indios.

Siempre había mucho chicharrón allá, ni más faltaba que no, y plátano, yuca, papa. Para la navidad hacían un ajiaco que hacía lamerse los dedos. A mí me gustaba ir allá a encaramarme en las ramas de un guayabo, tan flexible como en todas partes y bajarle pepas hasta que me doliera el estómago. Los viajes antes de los aviones eran escasos, a veces de regreso a Sogamoso parábamos ahí para calmar una tos o tomar un descanso después de días de travesía, cuando la lluvia estaba muy recia en julio o cuando el verano no daba tregua a finales de enero.

Un día, después de tantas viandas y risas se nos hizo tarde, el sol ya estaba poniéndose rojo cuando fueron a prender los motores de la avioneta que nos iba a llevar de vuelta, llano adentro hasta Santa Bárbara. La travesía no era larga pero si caía la noche, en la inmensidad del llano nos íbamos a perder, con seguridad. Nos encaramamos a los tumbos, a los chiquitines no hubo tiempo de quitarles el cloro de los ojos de la piscina, las señoras no pudieron encerrar los canticos con propiedad, a nosotros, los adolescentes, no nos dieron ni pizca de probar alguna boca diferente a la nuestra, era la noche la cómplice que nos llevaba a los corrales o a los cuartos de las sirvientas.

Se quedó hasta la fiambrera que había llenado con tungos, me dio tanta rabia saberlos perdidos en esa casa donde nadie les daría un cariño, mucho menos un mordisco. Los motores nos llevaron a paso de apure hasta el punto donde deberíamos dar la vuelta, en frente el cerro de la virgen del Cravo, allá abajo donde aparece el Canacabare, pero ni rastros de la mata de monte que se le hacía al lado, nos volcamos todos a las ventanas a ver si reconocíamos algo. Si mis ojos no me engañaban a las 3 del piloto estaban el molino de La Victoria y su característico tanque rojo. Mi papá me regañó, siempre era así, si nos íbamos allí y no era habríamos perdido tiempo y gasolina. No, hombre que yo no proponía eso, solo usar esa casona tan conocida para seguir el rumbo entre el Cravo y el Seco para llegar a la pista de Santa Bárbara.

No daba el tiempo, ya se ponían los últimos rayos del sol de los venados, y ya empezaba a sonar por encima del motor los sonidos de los matorrales nocturnos, ni un aullador se escuchaba ya. Camine, córrale, por donde dijo el chino Rafael, a ver si llegamos. A Héctor la idea le pareció excelente, al piloto, un chato del que no recuerdo el nombre, le pareció que no había opción y papá se tuvo que callar y sentar allá adelante haciendo malas caras.

Mi preocupación no era que el plan no fuera a funcionar, claro que iba, el lío era que la gente no se acostara temprano porque íbamos a necesitar una luz de vela a lo lejos para poder localizar la casa, era la única forma de acertar un aterrizaje a esas locas horas de la noche. Seguimos en esa extraña línea recta que llevaban las matas de aceite y de moriche, hasta que allá al fondo alguien, no fui yo, tampoco podía ser el héroe siempre, vimos una lucecita prendida. Para allá encaramamos el avión, que fuera Santa Bárbara, que fuera. Aterrizamos en un claro que no era la pista, juemíchica, el regaño que me esperó.

Papá cálmese, esta es la mata de las guarichas, aquí cerquita está la casa, ya va a ver. Es que usted es muy terco, cree conocer esta tierra como yo. Pues claro, hombre, la cerqué a sol y lluvia, todos estos palos son míos, va a ver. Camine más bien, que el sereno lo va a coger, o pior, nos silba alguien por ahí. Las luces que veíamos al aire no eran de Santa Bárbara, debían ser marisqueros, pero sí, llegamos a la casa. El regaño pasó para la chinita, que por qué se había dormido, que las camas estaban mal tendidas, que teníamos sed, que esto y lo otro.




sábado, 30 de abril de 2016

Límpiame

Me gustaría que limpiarte de mi cuerpo fuera tan fácil como restregar el baño. Lo haría con la misma determinación, un poquito de clorox en cada poro, una dosis de límpido en todos los lugares donde todavía huele a ti, restregar con una esponjilla y un churrusco cada rincón de mi cuerpo. El problema es que todo todavía se siente ahí, muérete como las bacterias, córrete como el múgrete, bájate por el sifón, piérdete como los vapores del agua caliente con vinagre que uso para quitar la grasa. Límpiame de ti, para no tener que volver a tenerte aquí.