lunes, 6 de junio de 2016

La plaza de las flores

La señora Tulia era madrina de prácticamente todo el piedemonte que va del Pauto al Cusiana, e incluso más. Todos en Recetor, Pajarito, Morcotes, Labranzagrande y Chámeza estaban emparentados con ella, en Sogamoso la historia era diferente, era amiga de todos, tenía una tienda que vendía sus famosos colados, envueltos, mantecadas y demás delicias. Además de sus dotes culinarias, de los que se hablaba hasta bien entrado el llano, allá en Maní y Trinidad, le atribuían el poder de predecir las cosas.

Por eso, todos sabían que alguna noticia bajaría de las montañas cuando ella se despertó diciendo que había soñado con la Plaza de la Villa llena de flores y gentes. No estaba segura de que fuera un acontecimiento festivo o de luto, solo que algo grande iba a pasar. Que sería doña Tulia, le preguntaron en el café de la madrugada, ese que se toma antes del ordeño. No supo dar razón con el caldo de papas y tampoco cuando Rafaelito le siguió preguntando con tanta insistencia hasta casi medio día. -Que no sé, no sé-.

Después de servido el guarapo que se acostumbraba a brindar después del almuerzo llegó un Uaz. -Y eso tan extraño-, a esa hora no era para que bajara hasta el hato un carro de esos. Que lleguen rápido don Rafael y doña Tulia, que se alisten viandas y cobijas, que toca salir para Sogamoso urgentemente. -Qué pasó, qué son esos afanes, quién viene a decir qué en estas tierras en las que mando yo y nadie más-, exclamó con molestia don Rafael, cuando le dijeron que del carro estaban dando órdenes, como si fueran los chulos de otrora.

-Don Rafael, es que se murió su compadre, su tocayo, Rafael Sandoval-. A Tulia se le doblaron las rodillas de la angustia y don Rafael no supo qué hacer con su sombrero.  -Apuren chinas con unos envueltos y unos baldes de agua, echen unas cobijas que habrá que dormir en el camino... y una montura completa, por si acaso, que sean dos porque a la señora no la podemos llevar en ancas-. Revuelo que se sintió en la casa de los peones y de los blancos, todos angustiados por arriscar cajas, por mover gentes y comidas, había que apurarlo todo, es que Sogamoso estaba por poco a 36 horas de camino y la premura no daba para más.

Al principio no hubo ni a qué horas rezar un rosario pero ya en el carro era lo único que distraía la mente. Rezó el alma del vecino y compadre. Rezó por la juventud de Gladys, por los niños, que apenas crecían barbas. Miércoles, que lío monumental, es que una muerte así, semejante hombre, risueño. Moreno, alto, querendón, con ese parado tan particular y esa carcajada que se escuchaba a leguas, que no se tomaba sino un whisky, que usaba unas grandotas gafas oscuras y que jamás de los jamás se expresaba con malas palabras.

Entraron a Sogamoso a las carreras, ni tiempo de una ducha, directo mijito para la Catedral, que las honras fúnebres ya empezaron. Al ver la plaza supo que eso era lo que el sueño le había querido decir, ella tan ingenua pensando que habría podido ser algo alegre, si era apenas el compadre diciéndole que adiós, que se verían muchos años después, casi 50, en otros mundos.

En ese gentío cómo llegar a donde la comadre. -Quedemos por aquí mamá, la ve a la salida- dijo alguna de las chinas, -ni de fundas, que uno aquí lo que necesita es el brazo recio de una como yo-. Llegó a la puerta de la iglesia no sin varias quejas de desconocidos que no entendían su afán de estar más adelante. No le pareció inapropiado caminar por el corredor central de la nave principal, en el atril el padre decía algunas palabras sentidas, de verdad, por ese hombre que se acababa de ir, es que Sogamoso le debía mucho a Rafico.

Gladys en perfecto luto estaba allá, en la primera fila, como ordenaba el protocolo y la básica lógica. Allá llegó apretando cada lágrima y con el único propósito de darle un abrazo. Gladys era fácilmente de la edad de sus hijas mayores, era apenas una niña, cómo dejarla sola. Un abrazo las fundió por tantos minutos que no se supo cuántas páginas pasó el cura, ni cuántos dele-señor-el-descanso-eterno-ybrilleparaéllaluzperpetua se dijeron, cuántos aplausos y cuántos llantos hubo de por medio. Cuando se soltaron fue como si el alma le volviera al cuerpo, tomó la mano de Tulia y juntas asistieron al resto de la misa, salieron juntas de la iglesia y mientras todos se agolpaban a dar pésames apenas sentidos, era la mano de Tulia la que la tenía amarrada a la vida, esa que tan pronto se le había ido a Rafico.

lunes, 9 de mayo de 2016

Esto y lo otro

A las casas del llano las podíamos reconocer desde el aire, años atrás alguien había inventado traer un DC-3 lleno de pendejadas y desde entonces habría sido imposible no hacer una competencia por quién tenía más extravagancias en la mitad de la sabana. Por supuesto, nadie superaría jamás al General Arenas, con su larga narizota, que había encargado un piano de cola, lo había hecho traer por barco hasta Orocué y lo había subido hasta El Desecho y después a Venecia a lomo de mula. No, nada de eso, de repente habíamos llenado el llano de baños con cisterna y bidé, casas con ventanales y techos de zinc y Eternit. Toda una modernidad.

La primera vez que registramos un carro en la llanura vinimos todos a Corinto a ver el Wyllys bajarse de un avión, también creímos imposible ver finerías como las confiterías que llegaban a Las Brisas. De repente nuestra vida social volvió a la normalidad, sin interrupciones derivadas de las vacaciones y el trabajo de llano, en minutos, podía uno llegar, figúrate tú, a La Reforma, comerse unos chanchos asados y estar de vuelta en Santa Bárbara para la comida. Toda una maravilla.

Daba gusto ir a ese hato, es que los Morenos tenían tal aversión por la suciedad que allí no había peón que no estuviera de blanco inmaculado. Uno se sentaba al lado de Armando, que se echaba en un chinchorro y lo primero que este pisco preguntaba era si uno alcanzaba a ver el horizonte, con un esfuerzo uno trazaba una línea que separaba la redondez de la tierra por de capa eternamente azul del cielo. El viejo vivía debajo de esos mangos siempre que estaba en la casa y desde allí señalaba en un acento más rolo que el de cualquier Puyana que sus dominios llegaban hasta donde dieran los ojos, chatico querido, para arriba la sal, para abajo el ganado y los indios.

Siempre había mucho chicharrón allá, ni más faltaba que no, y plátano, yuca, papa. Para la navidad hacían un ajiaco que hacía lamerse los dedos. A mí me gustaba ir allá a encaramarme en las ramas de un guayabo, tan flexible como en todas partes y bajarle pepas hasta que me doliera el estómago. Los viajes antes de los aviones eran escasos, a veces de regreso a Sogamoso parábamos ahí para calmar una tos o tomar un descanso después de días de travesía, cuando la lluvia estaba muy recia en julio o cuando el verano no daba tregua a finales de enero.

Un día, después de tantas viandas y risas se nos hizo tarde, el sol ya estaba poniéndose rojo cuando fueron a prender los motores de la avioneta que nos iba a llevar de vuelta, llano adentro hasta Santa Bárbara. La travesía no era larga pero si caía la noche, en la inmensidad del llano nos íbamos a perder, con seguridad. Nos encaramamos a los tumbos, a los chiquitines no hubo tiempo de quitarles el cloro de los ojos de la piscina, las señoras no pudieron encerrar los canticos con propiedad, a nosotros, los adolescentes, no nos dieron ni pizca de probar alguna boca diferente a la nuestra, era la noche la cómplice que nos llevaba a los corrales o a los cuartos de las sirvientas.

Se quedó hasta la fiambrera que había llenado con tungos, me dio tanta rabia saberlos perdidos en esa casa donde nadie les daría un cariño, mucho menos un mordisco. Los motores nos llevaron a paso de apure hasta el punto donde deberíamos dar la vuelta, en frente el cerro de la virgen del Cravo, allá abajo donde aparece el Canacabare, pero ni rastros de la mata de monte que se le hacía al lado, nos volcamos todos a las ventanas a ver si reconocíamos algo. Si mis ojos no me engañaban a las 3 del piloto estaban el molino de La Victoria y su característico tanque rojo. Mi papá me regañó, siempre era así, si nos íbamos allí y no era habríamos perdido tiempo y gasolina. No, hombre que yo no proponía eso, solo usar esa casona tan conocida para seguir el rumbo entre el Cravo y el Seco para llegar a la pista de Santa Bárbara.

No daba el tiempo, ya se ponían los últimos rayos del sol de los venados, y ya empezaba a sonar por encima del motor los sonidos de los matorrales nocturnos, ni un aullador se escuchaba ya. Camine, córrale, por donde dijo el chino Rafael, a ver si llegamos. A Héctor la idea le pareció excelente, al piloto, un chato del que no recuerdo el nombre, le pareció que no había opción y papá se tuvo que callar y sentar allá adelante haciendo malas caras.

Mi preocupación no era que el plan no fuera a funcionar, claro que iba, el lío era que la gente no se acostara temprano porque íbamos a necesitar una luz de vela a lo lejos para poder localizar la casa, era la única forma de acertar un aterrizaje a esas locas horas de la noche. Seguimos en esa extraña línea recta que llevaban las matas de aceite y de moriche, hasta que allá al fondo alguien, no fui yo, tampoco podía ser el héroe siempre, vimos una lucecita prendida. Para allá encaramamos el avión, que fuera Santa Bárbara, que fuera. Aterrizamos en un claro que no era la pista, juemíchica, el regaño que me esperó.

Papá cálmese, esta es la mata de las guarichas, aquí cerquita está la casa, ya va a ver. Es que usted es muy terco, cree conocer esta tierra como yo. Pues claro, hombre, la cerqué a sol y lluvia, todos estos palos son míos, va a ver. Camine más bien, que el sereno lo va a coger, o pior, nos silba alguien por ahí. Las luces que veíamos al aire no eran de Santa Bárbara, debían ser marisqueros, pero sí, llegamos a la casa. El regaño pasó para la chinita, que por qué se había dormido, que las camas estaban mal tendidas, que teníamos sed, que esto y lo otro.




sábado, 30 de abril de 2016

Límpiame

Me gustaría que limpiarte de mi cuerpo fuera tan fácil como restregar el baño. Lo haría con la misma determinación, un poquito de clorox en cada poro, una dosis de límpido en todos los lugares donde todavía huele a ti, restregar con una esponjilla y un churrusco cada rincón de mi cuerpo. El problema es que todo todavía se siente ahí, muérete como las bacterias, córrete como el múgrete, bájate por el sifón, piérdete como los vapores del agua caliente con vinagre que uso para quitar la grasa. Límpiame de ti, para no tener que volver a tenerte aquí.

domingo, 10 de abril de 2016

El charco

El charco no se secaba, no había forma de acabar con su fuerza, podían pasar días de cielo azul y calor penetrante, allí seguía, como si alguien se encargara de llenarlo de a pocos en la noche. A veces, su tímida presencia apenas eran unas gotas al lado de la piedra mojada, a veces se chorreaba por ella. Ese era el centro de nuestros juegos. Por supuesto, el popular dicho de que el agua es más fuerte en la piedra terminó siendo cierta, allí se reunían perros y mirlas a tomar agua.

Éramos 5, como las mujeres nos superaban en número no podíamos sentar nuestra voluntad y debíamos dedicarnos a los juegos que ella prefirieran. Cuando eran los escondites, ese era el puesto privilegiado para contar y buscar a los demás. Estaba en pleno barranco, daba vista para arriba y para abajo, tenía pocos árboles alrededor pero sí cientos de piedritas, una carrera para salvar al resto de la cárcel parecía imposible. Era cerca a la entrada de la casa, garantizaba protección en el desafortunado evento de un aguacero repentino, entrada al baño y comida.

El favorito de todos era hacer sopas, porque incluía usar el agua que siempre estaba allí, no era un torrente, entonces apenas servía para ensuciar nuestras manos y bocas. Usábamos otras piedras como cuchillos y diversos tipos de hojas y pastos para simular ingredientes de las sopas que tomábamos en casa. El raygrass hacía las veces de la cebada, la sábila se nos antojaba parecida al apio y los coquitos de los eucaliptos eran perfectos crutones. El juego incluía un enorme esfuerzo por encontrar los ingredientes, decidir quiénes harían de cocineros, quién sería el solitario mesero y a quién habría que atender. Un bello ejercicio de democracia infantil, incluía votos y búsqueda de consensos, las mayorías no aplastaban a las minorías, toda una utopía.

Crecimos y cuando volvimos a revisar los pasos del pasado, la piedra había desaparecido, tampoco temo que haya sido el poder del agua, en años había apenas podido hacer un hueco en su superficie. Algún vecino seguramente encontró un mejor uso, un desbarranco, la necesidad de un parqueadero. La fuerza se secó, nuestra niñez, también.

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Les invito a leer este cuento, escuchando: https://www.youtube.com/watch?v=tOFVLybPeqk

domingo, 27 de marzo de 2016

Una de dos

Corría el año del señor de 1886, la guerra estaba a la vuelta de la esquina y el llano empezaba a llenarse de liberales santandereanos que sabían que la regeneración del presidente costeño buscaría eliminarles después de casi cuarto de siglo de paz y reconciliación. Al Estado de Boyacá lo habían convocado a la nueva Asamblea Nacional Constituyente y en el aire había un sentimiento de revancha, solo estaban convocados los godos tunjanos, ni un hacendado sogamoseño. El colmo del atropello.

Ese año los Chaparro construyeron la casona de El Edén, justo al lado del camino que llevaba a El Papayo y a la pirámide. Muchas personas habrían descartado ese recodo del Río Monquirá, allí iban muchos a bañarse los fines de semana, era justo eso lo que buscaban, un lugar para descansar, lejos del pueblo pero con suficiente movimiento para tener una vida social agitada, hasta donde fuera posible.

Montaron una pared de adobe y a su alrededor le acomodaron unas habitaciones. Adentro, esas habitaciones daban a un pasillo central que rodeaba a un patio y de ese jardín se separaba del río otro muro de adobe. A diferencia del otro, no había habitaciones en ninguno de sus lados, afuera, se instalaron unas columnatas para rodearlas enredaderas y así crear una especie de porche y pórtico para atender a los bañistas. Apenas había un camino de unos 100 metros hasta la garabatera y allí se sembraron un par de sauces, al mejor estilo de las pinturas que entonces estaban de moda.

Lejos de las habitaciones, y de los muros, pero no del patio, se ubicaba el gran salón, allí se instaló una moderna cocina, una enorme chimenea y unos muebles tallados que debieron cargar varias mulas por el estrecho camino que iba más allá de Monquirá. Más allá del salón, al otro lado de las habitaciones, donde los muros se encontraban, se hizo una especie de taller para la señora, era un cuarto de costura y pintura, con ventanas a casi todo lo que rodeaba la casa, los potreros, el camino y el recodo. Bellísimo y calmado lugar para que se entretuviera con actividades propias de su género.

No había grandes cenas ni reuniones propias de las casonas de Mochacá, mucho menos era el paradero obligado que El Revés se había convertido para todo viajero que llegaba del llano con sal, ganado o negocios desde Venezuela o Europa. Apenas canapés para pasar la tarde y terminar de secar las ropas o las vergüenzas, antes de volver al pueblo con el cuerpo y los equipajes limpios.

En uno de esos paseos, la ventana mostró a la señora una visión de ensueño. Por supuesto sus ojos se desviaron más de lo común con la visita del joven hijo de una de sus amigas, casada con un Gómez ganadero, tratando de disimular el descontento de sus entrañas, se asomó a la ventana angustiada por una nube oscura que se asomaba desde la lejura. Tuvo unos minutos para ver un cuerpo blanco como la harina pero formado como el de cualquier escultura censurada que a ella le habría gustado detallar en uno de los libros que reposaban en el salón, para demostrar la cultura de la familia, no para ser leídos.

No hubo mayor forma de conseguir una audiencia privada con el joven ese día, apenas la oportunidad de verlo más cerca al dar un paseo para tomar papelón en el pórtico y de mostrarle el camino a los aposentos de la visita, donde podría ponerse ropas limpias y echarse talcos o simplemente afeitarse frente al espejo. No pudo tocar ni uno solo de esos músculos que tan llamativos le parecían.

A los pocos días inventó de ir al mercado con las criadas, de repente se lo encontraba por las calles, incluso pensó en entrar a la confesión, los Gómez eran una familia mucho más pía que la suya propia y un joven así tendría con seguridad muchos pecados que confesar, ella podría agregarle al "no recé anoche, padre" un par de frases de pecado por pensamiento y omisión. Si la Biblia no lo decía, el sentido común sí, uno no podría dejar pasar una oportunidad como aquellas de estar con un hombre de verdad y no hacer nada para que aconteciera.

Los meses pasaron y la imagen del joven bañista no abandonaba a la señora, sin embargo, como buen Gómez había ido a cuidar de sus ganados en el llano, probablemente a espantar algunos indígenas y hasta a cobrar algunas cuentas por el Piedemonte. Las noticias de las escaramuzas del inicio de la guerra se acumulaban en los telégrafos y pronto nadie se atrevía a ir tan lejos por un simple baño, era la época del miedo y mejor no ofrecer razones para acabar con la vida de nadie o la propia, si no era absolutamente necesario. Su marido, como buen comerciante, no detuvo los recorridos, salió con sus mulas temprano después de las pascuas con la intención de durar al menos un mes en la bajada a Pore, un tiempo igual llegando a Orocué y unos cuarenta y cinco días de vuelta con el contrabando, la sal y la carne oreada para vender en el altiplano, de pronto también se le escurrían entre los baúles algunos cachivaches indígenas que tanto gustaban a los curas para demostrar que en esos desdichados cuerpos no había alma, apenas vivía el demonio.

En el entretiempo, el muchacho Gómez pasó con una caballería por el camino de Labranzagrande, no reconoció su cara pero sí su hidalguía al lomo de ese caballo rusio y el corazón, como nunca hacía con su marido, se enloqueció de alegría. Invitó a unas damas a tomar té y hacer unos patrones de croché, les pidió traer la ralea para hacer todos juntos un día de campo, todavía no llegaban las historias de mujeres violentadas ni de niños masacrados, qué mal podría tener pasar el día, y quizá la noche, al calor de unas hogueras y con un par de viandas bien servidas, como en otras casas.

Por supuesto, ella puso a disposición de cada familia, una habitación, no había tantos baños como habitaciones, tendrían que compartir, los jóvenes uno, las mujeres y los niños otro, ella se quedaría en el que por derecho propio le correspondía, faltaba más. A los mayorcitos les hizo guindar hamacas en el cuarto de costuras, allí estarían más lejos de las tentaciones de las criadas, y esperaba ella, más fácil de atraer para una aventura al joven Gómez que tanto la hacía suspirar.

Llegada la noche, decidió dar un paseo por la casa, una ronda para revisar que todo estuviera en lugar y como debería ser, iluminó la cara de casi todos con un espejo, revisó los portones y las ventanas, apagó las últimas velas y le dio la vuelta a la Virgen de la gruta para que protegiera la casa. El espejo iluminador entró por la ventana del joven Gómez y lo asustó, por un minuto su cuerpo se llenó de adrenalina y emoción, la sangre tentó su cabeza y tratando de no hacer ruido también salió a dar una vuelta.

Por supuesto, él no imaginaba que fuera la señora, la artífice de las luces en su cabeza. Pensó que era una criada, o alguno de los primos más jóvenes buscando cómo escapar río abajo para encontrar prostitutas con quiénes demostrar su hombría. Al salir lo recibió una mano temblorosa y un susurro indecente, ni él se atrevería a hablar así con otros hombres. La garabatera era cerca y segura pero tal vez volver a la casa habría resultado complicado, la señora ofreció su propio cuarto de baño para una sacudida. Al final, sí era su hombría la que estaría a prueba, solo que con otro tipo de mujer y con un propósito claramente diferente.

Las primeras caricias demostraron que la imaginación y las visiones del año anterior se habían quedado cortas, el joven Gómez era mucho más hombre de lo que parecía. Así como la ropa iba acortando distancias, los gemidos y los besos aumentaban en número e intensidad. En el momento de consumar el acto en ella pasó de ser mujer a adúltera y él dejó de ser el hijo de la amiga al amante hubo un segundo en el que ella pensó que era imposible no gritar, hizo un esfuerzo y con toda su intención se tragó el dolor y lo convirtió en trémulos de placer que duraron por las horas o minutos, quién podría calcular en ese frenesí, en los que duraron hasta que ella sintió el fuerte olor de su hombre y en su interior se llenaba de ese elixir que podría ponerla en problemas.

Por supuesto, no tuvieron tanta suerte como aquella noche para que nadie se diera cuenta que habían estado juntos. Esa noche todos pensaron que habían dormido como lirones y no era cuestión de ella o del jovencito para insinuar otra cosa. El problema es que la regla no llegó y al marido le hacían falta varias semanas para empezar el camino de vuelta, no podría inventar una enfermedad para simular algún tipo de regreso apresurado. Lo único era hacer que el bebé se demorara, simular una y otra vez un parto que no se daba a término con los tiempos de su marido o buscar una matrona de esas que resolvían los asuntos.

La ventaja de la primera es que habría un hijo, alguien para traer alegría a ese caserón enorme pero con mejores genes, el problema es que si mostraba mucho de quién era habría de ser el hazmerreír de todo el pueblo y toda la llanura, más grave todavía. No tuvo coraje para llamar a alguien, se metió miles de veces a la garabatera con la intención de ahogar al bebé pero no hizo más que crecer la barriga. Prohibió los baños en el recodo y no se dio a ver por meses, el marido llegó y al verla encinta celebró con júbilo, ni se le pasó por la cabeza que su mujer le hubiera querido estoconar la cabeza ni comprarle una lima para hacerle menos visibles los cachos que le nacían del cráneo.

No hubo muchas sorpresas, nació una niña, blanca como todos, linda y sonriente. Si llevaba los rasgos del papá a nadie le importaría, burra ella que se le había olvidado que había dos opciones y solo una la ponía en riesgo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Invisible

El chaparrón los tomó a todos por sorpresa, tanto que al instante varias cabezas asomaron por las ventanas. Era el milagro de la vida, después de tantos días de amagues, después de tantos meses de sequía, esos goterones se recibían como una fiesta. Los primeros en asomarse eran la pareja del cuarto piso, recién mudados, estaban cuidando unos helechos en su ventana que se apresuraron a quitar para evitar que los primeros pepazos del granizo dañaran. Él estaba con calzoncillos rojos y ella tenía puesta una batola indígena, ambos se veían calientes y contentos. Les siguió el de las cortinas blancas, desde las 6 de la mañana, todos los días cada veinte minutos ahí estaba él, fumándose un cigarrillo, a veces la colilla que lanzaba tenía suficiente tabaco para que yo le diera dos o tres aspiradas más, a veces era un filtro solitario que se escurría por las alcantarillas; esta vez no vino con cigarrillo sino con el ceño fruncido, se le notaban las ganas de compañía, él no era bueno en los dotes de conseguir una chica y mantenerla, muchas noches vi su silueta con alguien más pero eran visitas efímeras que no duraban más de reglamentarios 45 minutos, tiempo máximo que él podía alejarse de la ventana. Por estar concentrado en él no había visto a los viejitos empelotos del último piso, la última vez que había andado empeloto me había ganado una paliza de un policía, no era mi culpa, había quemado los pantalones en un intento desesperado por mantener el calor, no había sido intencional, claro, se los había consumido una fogata que por poco y me mata, en el pulgar derecho me quedó la marca del botón hirviendo que me quité a trompicones para salvarme. Los viejitos vivían en un invernadero, como el que tenía mi abuela en la finca, allí se la pasaban mascando cosas y gritando groserías por la ventana, detestaban con ahínco que orinara en el poste -entonces qué hijueputas, ¿me meo encima o qué?-. Era nuestra pequeña rutina. Al doctor del balcón con las sillas lo saludaba siempre que salía con su uniforme verde y su carita de pendejo, a veces me soltaba una moneda, a veces le pedía que parara en la droguería y me comprara una bolsa de leche, es que para uno es muy difícil a veces comprar, a mí no me dejaban entrar ahí ni por equivocación. Él se había asomado con una taza humeante, qué no daría yo por poner mis manos alrededor del pocillo y sentir ese escalofrío que sube por la piel, que acaba por encoger esta espalda que hace tanto tiempo dejó de sentir. Los de las ventanas se fueron escondiendo, uno a uno, me quedé solo otra vez, me puse encima dos periódicos que había guardado para esta lluvia que se venía desde hace días y encima de ellos puse una bolsa plástica que le robé a un chino ahí bajando el semáforo, quién lo manda ponerse a vender pendejadas en mi esquina, que busque la suya propia. Cómo diablos terminé aquí, conversando con fantasmas a través de las ventanas, cómo fue que de repente el mundo se me vino abajo. No fue el vicio, eso siempre lo controlé, no fue el desamor, eso nunca tuve. Por qué putas me perdí en esta ciudad que me conozco todita pero que no soy capaz de recorrer, cómo hago para recoger mis pasos y volver a ver una sonrisa amable, una cara que no sea de desprecio, cómo hago para volver a sentir, lo que sea, dolor, hambre, desespero. Es que vivir aquí es muy difícil, en este interregno donde uno no es nadie, termina uno convencido de que uno vale tan poco como cada uno de los demás seres humanos se apresura a contarle a uno con una palabra, con una cabeza que busca desesperadamente otro punto que no sean los harapos sucios que uno lleva encima, con la ventana cerrada del carro, con el pequeño piso en el acelerador que lo quiere atropellar a uno, que lo vuelve insignificante, invisible. Ninguno me vio, todos volvieron a sus matas y sus televisores, sus camas y sus bebidas calientes, así es siempre, así es todo los días, así solo me quedan letras, pensamientos y un cuerpo que, a pesar de los aporreos, se resiste a darse por vencido, a cansarse a morir.

jueves, 17 de marzo de 2016

Dieta

-El problema contigo-, te dije de una, -es que estás adicto-. -¿A qué?-, respondiste con esos ojos tristones que ponías siempre después del sexo, cuando me acostaba encima tuyo. -A él, al sufrimiento, qué se yo-.

Minutos antes de esa pequeña conversación te había dicho que extrañaba tus besos. Me quitaste la mirada y me dijiste que a ti te hacía falta sentir que eras mi persona favorita. Eras, ahí está la clave.

Fuiste mi persona favorita desde que me diste esos besos que me gustaría repetir todos los días de mi vida. Te negaste a ver que podías ser algo más de lo que eras antes. Dijiste no a la posibilidad de explorar la compañía de manera diferente, sin paranoias ni incruentas búsquedas para saber que todo estaba bien.

-Adicto, a las cosas que te hacen daño-, parafraseé después de un silencio largo y diciente. -Es como si solo comieras carne o mantequilla, sabe deli pero hace mucho daño-. Otra pausa para organizar mis ideas. -Y yo fui tu dieta, te hice sentir bien comiendo frutas, fibra, balanceado, pero eso aburre, es demasiado bueno, tenías que volver a la mantequilla o el azúcar. No quiero ser más tu dieta, a mí ya no me sabes a nada-.