lunes, 10 de julio de 2017

Todo estaba acabado. Mi vida estaba completa, me había enamorado, había encontrado a alguien que me iba a acompañar por el resto de mis días. Qué más podía querer. Por supuesto, el pez muere por la boca, con todo listo, se me enloqueció el corazón. De repente el corazón no palpitaba por el mismo, se encontró con un nuevo amor.

Les voy a contar un poco de ese nuevo amor, me hizo ir hasta los confines de la casa de mis papás a buscar un libro para hacerle saber que lo pensaba todo el tiempo. Mis horas se volvieron un frenesí, un profundo enloquecimiento, revisar su actividad online, imaginar a cada uno de sus amigos, pensar personalidades para extraños, echarle un par de besos al aire y morirme de miedo al creer que él podría estar a mi lado un día en la calle y yo no sabría cómo actuar.

Llevo dos párrafos tratando de pensar cómo describirlo a él. Tal vez, mi palabra favorita sea encantador. Sí, como en película de Disney un día él se dio cuenta de que yo existía. ¡Jesúscristo! En lugar de ser arrogante y usar toda la información que yo le había compartido en mi contra, la usó a mi favor, lo recordaba todo. Y me pidió incluso un favor, que le compartiera un merengón. Como si yo no supiera que ese es su postre favorito, ojalá esté relleno de esa asquerosa guanábana.

Llegué sin merengón a nuestra primera cita, tal vez un intento desesperado por encontrar el rechazo y volver a lo que ya estaba consumado. No se molestó, apenas me hizo un par de chistes, me robó un beso y minutos después éramos un reguero de ropa y babas por todas partes. Tuvimos una de las mejores experiencias sexuales de mi vida, yo no sabía que tantas partes del cuerpo se podían alcanzar ni que las arcadas de placer se sentían de manera descontrolada ante diferentes impulsos. Terminamos y me agarró una horrible culpa, me quería bañar y para evitar la ducha, que habría suscitado muchas preguntas posteriores, preferí acostarme en su pecho y decirle: -estoy casado-.

-¿Casado? ¿Cómo?-. -Bueno, pues casado, del verbo llevo conviviendo con un señor por 5 años-. -¿Y a usted no le pareció importante decirme eso antes?-. -Antes no, igual se lo estoy diciendo ahora-. -Ahora, cuando estamos todavía enloquecidos por el agite y el sudor, bonito, muy bonito-. -Hay más-. -¿Más?-. -Sí, me voy en unos días y necesito compartir mi tiempo entre ustedes dos-. -¿Si no quiero?-. -Quiere, se le nota-.

No quiso, algo se rompió con mis palabras. De repente dejó de ser ese hombre arrollador, se volvió un cuerpo frío y lejano, como una estatua. Me levanté, fui al baño, oriné y al volver me encontré con una frase inesperada: -entonces, ¿le pido un taxi o un uber?-.

lunes, 1 de mayo de 2017

Disculpe usted

Me habría gustado decirle que lo amaba pero eso de qué habría servido, para qué habría alguien querido escuchar eso en un bus. No habría sido capaz de escuchar su rechazo ni de ver su cara de asco al saberme confesado, era más fácil así, contemplarlo en la lejura de un transporte. Le vi sus facciones, perfectas: tres pelitos en la barba, unos anteojos cafés y una mirada perdida. Quise besar sus labios. Vaya que sí. Me detuve en su bufanda y un escalofrío recorrió mi espalda, como son de sexys los hombres que se atreven a vestir un poquito femenino. Bajé a su paquete, poco pero sustancioso, de esos que uno no sabe si será en serio o solo efecto de la costura del pantalón. Me volteé para verle las nalgas y ahí estaba, esa colita perfecta que me desencajó.

Me imaginé nuestra conversación: -disculpe usted, le he visto y me he enamorado-. Por supuesto, tenía que ser así, muy formal. Me respondería: -¡disculpe usted! ¿por quién me toma?-. -Solo por un hombre muy guapo, una belleza digna de admirar-. -Pues no más, déjelo hasta ahí-. Y me habría quedado ahí, yo, con mi carota de idiota.

domingo, 26 de febrero de 2017

Falta

Llegó a Bogotá en bus, estaba tan feliz de llegar a otro lado que ni se dio cuenta de los huecos. Se bajó en el terminal y caminó por un pasillo que le pareció simplemente eterno, después de notar que el clima cambiaba mientras se acercaba a la salida, notó por primera vez que la boca expedía un vapor helado que se parecía al de las películas navideñas que repetían en Venevisión cada domingo en la tarde. Lo estaba esperando, como habían hablado, el guajiro, un hombre grande que le había prometido un trabajo si era capaz de llegar a la capital de Colombia durante el fin de semana.

Por supuesto, llegar a Bogotá no era una tarea fácil, había que viajar a San Cristóbal, atravesar el puente a pie, conseguir una casa de cambios en Cúcuta que tuviera intención de comprar sus desvalorizados bolívares y por unos miles de pesos tomar un bus, que sale casi cada 3 horas a la capital y que después de serpentear por tres departamentos por 15 horas llega a su destino.

Su primer cliente fue un hombre callado, que pidió que le arreglaran la barba. Lo recostó en la camilla, le puso una toalla húmeda y caliente, preparó la espuma y con una cuchilla tan afilada como era posible le quitó cada uno de los pelos que cubrían parte de su cara y cuello. Se fue sin decir muchas palabras y siguió un más alto, con más pelo y con menos ganas de hablar.

La verdad es que sí quería hablar, porque no puede mantener la boca cerrada pero sabía que la mejor forma de decir muchas cosas sin casi hablar es hacer preguntas. No fue capaz de entender su acento, a pesar de haber estado miles de veces en Venezuela antes de la revolución, y preguntó de dónde era, cuando escuchó la respuesta, se dio cuenta de su ridiculez, era maracucho.

La siguiente pregunta fue de cuántos días llevaba en Bogotá y la respuesta fue que ni siquiera una semana. Le espetó que entonces no había visto un verdadero aguacero y el veneco le preguntó que si era peor que el de la noche anterior. ¿Peor? En esta sabana puede llover una semana sin parar y nadie se inmuta. ¿En serio? Si ya así estaba en problemas, había lavado a mano su ropa y todavía no estaba seca, cuánto se demoraría si el aguacero era eterno. Después le contó la travesía por el páramo de Berlín y la tristeza que había sentido de dejar a su familia.

Se levantó, le dio la mano y sonrió al salir. No tuvo que hacer fila en un banco o montarse a un sucio bus para poder descargar las ganas de hablar con alguien, a veces eso hace mucha falta.

lunes, 20 de febrero de 2017

Cómo proceder

-No estoy bravo-, dijo poco minutos después de que sonó el despertador, era el saludo más honesto que había dado en mucho tiempo, no era furia lo que lo consumía en ese momento, apenas desespero, ganas de salir corriendo. Qué había pasado, pues no mucho, la verdad. Solo que no sus cuerpos habían dejado de conectarse y las mentes, siempre fugaces, lo habían notado muy tarde. -No estoy bravo, solo quiero salir de aquí-. -¿Cómo así?-. -Pues sí, quiero salir-. El problema es que tampoco sabía para dónde se quería ir, no quería estar ahí pero no tenía las ganas, o la energía, para irse. Cómo proceder.

-Pues si se quiere ir, váyase-. -Sí, me quiero ir, pero no sé cómo-. -Deme un beso y váyase-. -No puedo, no le quiero dar besos, no quiero irme, quiero que me sienta por una última vez, que me mire con ojos de piedad, que me ruegue con las caderas que me mueva más rápido, qué sé yo-. -Usted es todo un personaje-. Ahí se le hincharon los ojos y el orgullo, quería decirle todas las cosas que estaban bien, las ganas de penetrarlo, lo oscuro de sus ganas de ahorcarlo la noche anterior cuando en medio su borrachera había encontrado la forma de hacerle ver todos sus defectos con sus amigos, el desespero que le causaba tener que estar siempre rodeado de otros, la forma como se sonreía cuando pensaba en sus canas. Cómo proceder.

No, mil veces no. Así no se podía ir, no quería dejar las cobijas calientes detrás suyo. Y a la vez sentía que era la única forma correcta de decir adiós. Cómo proceder. Se levantó, se puso la ropa, escribió en una tarjeta de presentación que tenía en la billetera un simple "chao" y dejó la habitación sin más protocolos.

domingo, 29 de enero de 2017

Para vivir

Me despertó un sonido que me aturdió, quedé de pronto sentado en la cama, a pesar de que su brazo y su cabeza estaban descansando en mi pecho. Era domingo, hacía ese frío típico de las primeras horas de la mañana, había pocas nubes en el cielo y el pronóstico era de gente muy guapa en la ciclovía, tal como pasaba en cualquier otro soleado día del señor. Un segundo me demoré para pensar que un avión nos iba a estrellar. Nunca sentí la muerte tan cerca ni tan aterradoramente sobre mí.

Los aviones que salen de El Dorado muchas veces cogen la ruta hacia el oriente y se enfrentan a los cerros antes de girar al sur o al norte. Miles de veces lo he visto de frente a mi casa antes de hacer el cambio para salir de la sabana. Esta mañana, me imaginé, un avión no había podido coger altura en el ligero aire bogotano y se dirigía de frente a nosotros. Que mala forma de morir, pensé, quién me mandó vivir tan cerca a las montañas, qué necesidad el aire puro de las madrugadas y el sonido de los pájaros de las montañas.

Dejé de estar sentado y me paré a la ventana, reacción que varios vecinos tuvimos, uno de al lado estaba vestido con unos boxers rojos que yo pensé que ya no vendían y otra estaba con una pijama que parecía una batola como las que usan las gringas para dormir. Los tres buscábamos en el cielo lo que nos iba a acabar.

De repente, a toda velocidad, pasó un avión militar, como entrenando para el desfile y me acogió una furia sobrenatural. ¿No podían jugar con sus avioncitos en otro momento? ¿No podían entrenar en algún otro lugar? No, tenía que ser en la única mañana en la que podíamos dormir arrunchados.

Él apenas si se inmutó, el sonido lo despertó pero no lo afectó tanto como a mí. Volví a la cama, le di un beso con aliento de dragón y lo abracé, me tomó mucho tiempo volver a dormir, a pesar de que él estaba ahí, acostado al lado mío, escuchando mi corazón latir, como si eso fuera lo único en la vida que necesitara para vivir.

martes, 17 de enero de 2017

El gusto es mío

Apenas unas cuadras nos separaban del mar, llovía y nosotros nos quedamos viendo el frente frío desde el pequeño porche del Parque Coyula. El chaparrón no dejaba que se conectara y yo tenía ganas de contarle de mi día, la verdad es que lo que yo quería estar era en sus brazos. No nos habíamos visto pero los dos moríamos de emoción de sabernos juntos. Ese día logré tener internet apenas un par de minutos y pudimos apenas sentirnos un poco en la distancia. Le conté de mi día, admiró mis fotos, me dijo que quería enredarse en mi barba y le dije que estaba esperando volver para besarlo.

Se había vuelto parte de mi rutina, cada vez que aparecía yo sabía que tenía un par de minutos para sentirme a su lado, hacerlo reír, conocer sus intenciones y apenas mandarle un besito. Ese día estaba en la oficina, esperando un par de correos. La vida se nos había vuelto tan aburrida, nos pagan por ser correveidile de la peor manera. De vez en cuando, como esa mañana, recordaba que la única forma que escuchara algo de mí era compartirle una canción en una nota de voz. Su primer mensaje fue para recordarme que le encantaba que le cantara la oído y el segundo para hablarme de todos los turistas deliciosos que había visto en la playa antes de que empezara a llover. Me hizo reír por un par de minutos y después hablamos de asuntos más serios. El primero era planear nuestra primera cita, el segundo contarnos secretos íntimos.

Teníamos ganas de vernos tan pronto como fuera posible. En ese frío que estaba haciendo yo le propuse que nos diéramos una ducha, sin morbo, sin sexo, solo acompañarnos, darnos calor con el agua hirviendo. También a él le gustaba el agua que deja roja la piel y abre todos los poros del cuerpo. Él propuso dejarme bañar mientras se sentaba en el inodoro a verme lavarme, quitarme de encima el polvo guardado en medio de los caminos.

Me dijo que tenía ganas de agua caliente y hablamos de que cambiáramos todos nuestros planes y más bien nos bañáramos. Le propuse que llegara a mi casa, empelotarlo y verlo desnudo bañarse. Como es de rico ver a un hombre quitarse la ropa, entrar en ese estado vulnerable previo a la ducha, escucharlo gemir con el primer chorro de agua caliente y verlo ahí amarse, darse calor, pasar el jabón por la piel y que cada movimiento se convierta en un baile de vapor y agua. Maravilloso.

Antes de que se fuera me pidió que le hiciera un favor, traerle los recuerdos de varios hombres grabados en mi cuerpo. No era una tarea fácil, en Cuba los hombres parecen inaccesibles, nadie puede tocar nada. Por un lado, es turismo de familias, pura clase media alta latinoamericana que se cree izquierdista pero teme el olor del comunismo cuando se acaban sus privilegios, la social bacanería. Los pocos gays que se ven en la calle están buscando diversión a vuelta de dinero y yo no estoy para trotes de esos. Esta noche voy a un bar, le conté, estaré las famosas Escaleras del cielo y allá espero cumplir con su promesa. El caso es que eran las 11:30pm y yo seguía embelesado hablando con él, me refería a sus besos retrasados como mis inversiones.

Me dijo que cada beso que quedara en el aire sería una inversión. Yo le decía que las ganancias se contarían en besos en los oídos o en susurros en la madrugada. Antes de irse le dije que aprovechara la vuelta para conseguir un mancito que le enseñara algo más de lo que ya sabía, quería sentir en su piel el olor grabado de él y de otro hombre, del salitre y de la suciedad del camino. Era una forma de decirle que conmigo la vuelta no podía ser a las malas, tenía que ser a las buenas, cada quien con su vida, ambos compartiendo la nuestra. Las conversaciones que teníamos eran distantes en el tiempo, cada vez que me escribía sentía esa misma emoción lejana que daba recibir una carta en el correo.

La señal estaba intermitente. Era como hablar por radio teléfono. Me copiaba, le escribí para pedirle una canción de Carlos Vives para poder cambiar el mood, me sorprendió que a tan pocos kilómetros de Colombia aquí ese señor no se oyera en ningún lado. Me habló que uno de sus discos favoritos era de un jugador de fútbol convertido en sambista cantando en la Plaza de la Revolución. Me senté por minutos a esperar sus mensajes y escucharle la voz. Le conté que me había dado besos con otros hombres pero que no había tenido tiempo de impregnarme de su olor.

Me pareció tierno que quisiera cumplir con su palabra y se hubiera dado besos con otros hombres. Le mandé una canción de Carlos Vives cantada por mí y le dije que si había algo que me hiciera pensar en Cuba, a parte de él, era esa belleza de canciones que el señor Diogo Nogueira había cantado bajo la estela del Ché. Hasta ese momento, no se me había ocurrido nunca que a la Plaza de la Revolución también la protegía una gigantesca imagen del Ché, como a la plaza Santander en la Universidad Nacional y recordé por qué Colombia siempre será un país tercermundista, hasta para rendirle tributo a la lucha por libertad hay que hacer las cosas en pequeño, nada puede ser grande ni majestuoso.

Me robaron la billetera y me sentía absolutamente indefenso en Cuba, casi sin acceso a internet era un lío logístico bloquear las tarjetas y cuidar que mi identidad no fuera mancillada en la isla. ¿Ir a la embajada? ¿Para qué? Si Colombia al menos tuviera un sistema diplomático decente, nada que hacer, caminar al parque, conectarme y aprovechar los minutos de desespero para escribirle. Le dije que mi vida parecía una serie en Netflix, con capítulos largos, como este interminable paseo a Cuba, y le insistí en que él sería uno de los capítulos.

Uno de los capítulos, tan ridículo. A mí no me pone al nivel de cualquier personaje de segunda en una serie que nadie sabe qué tanta gente ve, no lo he sido de nadie, mucho menos de él. Iba manejando y no había suficientes semáforos para leer toda la aventura que había sido ser robado en una extraña isla donde todo parece controlado y donde el tiempo, según él, paró hace tiempo. Le dije un par de palabras y le mandé otra canción, ni pude ofrecerme para bloquearle nada pero le dije que podría usar mis buenos oficios si eran necesarios. Uno nunca sabe.

Afortunadamente, ya se estaba acabando el viaje, por suerte no me habían robado el celular, podía seguir comunicándome con el mundo. Lo que es mucho decir porque apenas unos días antes de viajar a Cuba fui a dar una vuelta por Chapinero y allí había perdido mi teléfono, lo cual demostró ser una desgracia de talla mayor, con números refundidos y con la obligada necesidad de dejar atrás a iPhone y pasar a un aparato diseñado y fabricado en China. A qué horas China se había vuelto tan importante. Organicé la maleta y casi arrastrándome fui al parque a recordarle el vuelo y la hora de llegada.

Ofrecí recogerlo antes de su desgracia y la mantuve ahora que sabía que estaba simplemente varado en el mundo. Como cualquier otra vez seguí la ruta de su avión y supe el momento exacto en que aterrizó, segundos después recibí sus primeros mensajes y leí con asombro el amor que sentía por el capitalismo. Arranqué para el aeropuerto con la certeza de verlo a la llegada.

Ojalá el baño sea tan maravilloso como llega de nuevo a la civilización. Tener internet, ver gente vestida de acuerdo a su personalidad, comer lo que uno quiera, hacer el amor. Que dicha verte Bogotá, quién habría pensado que yo sería capaz de pronunciar tales palabras. Mis maletas demoraron suficiente para que él tuviera que esperarme frente a la salida internacional. Ahí estaba, con un chaquetón azul y una sonrisa en sus labios. Un gusto, por fin nos conocemos.

Salió con cara de cansado y ojos de sueño, menos mal que nos propusimos solo tomar una ducha. Hola, gracias, el gusto es mío.

jueves, 5 de enero de 2017

Mierda

Cuando Camilo se quedó quieto, por un instante, se dio cuenta de que estaba solo. No había parado, no había podido dedicarse a nada en concreto pero lo había intentado todo. Se inventó una excusa, a mí me gustan los marcianos y los uribistas. Ambos, en vía de extinción. Los primeros porque no se encontraban hacía tiempos, los segundos porque, a pesar de ser buen polvo, estaban tan reprimidos que no aparecían en su panorama.

Tuvo hijos pero los dejó de ver cuando crecieron y vieron un universo más allá de sus paredes, nunca pudo con los perros ni con los gatos, nunca escuchó una palabra de aliento de su familia, no tuvo amigos porque tener amigos implica una cantidad de negociaciones que no estaba dispuesto a hacer. Solo tenía sexo, harto, pero igual de inútil, igual de ramplón. 

Su rutina empezaba temprano, con un computador entre las piernas para escribir un rato. Lo hacía por costumbre, habría un documento nuevo, lo citaba con la fecha del día y escribía como si le escribiera una carta al amante desaparecido, al amigo perdido, al papá incomprendido. Siempre, empezaba con la misma frase: les aplasto la caquita pero no me les como la mierda; era su forma de reivindicar que su soledad correspondía a la extraña confesión que había llegado con la crisis de la edad media, había descubierto, casi por error, que le gustaban los hombres y no las mujeres. 

No fue algo que él se imaginaba, había pasado al escuchar a un hombre masturbarse en una ducha de la piscina. Ese día, contra todo pronóstico, se le paró durísimo la verga, como no le pasaba casi nunca con su esposa. Esa noche, decidió contarle a ella lo que le había pasado, con una sonrisa picarona, como de aprovecha que estoy arrecho. Ella le dijo despectivamente algo como -me vas a comer ahora como si fueras un marica o qué-, se dio la vuelta y se durmió. Él se hizo una paja en la cama y untó las sábanas con su semen para que amanecieran con su olor. 

Después vinieron una serie de acontecimientos que no supo entender muy bien, espiar hombres en la piscina, sentirse halagado con cada comentario en los vestieres, ver paquetes y culos en la calle. Un día la curiosidad lo mató y terminó en un cuarto oscuro empeloto participando en un bukake. Y todo se fue a la mierda, se despidió de la esposa, les contó a los hijos, les dijo a los papás y hermanos, se confesó con los amigos. Vio como todos encontraron excusas para abandonarlo, el tiempo siempre fue el mejor aliado de todos, nadie tenía cómo sacarle un par de minutos en Bogotá, y quién los podría juzgar, él también sabía que en esta ciudad es imposible moverse. 

Vinieron tiempos de desenfreno, una productividad macha en el trabajo, una altísima capacidad de convencer a chicos de cualquier edad que valía la pena hacerle compañía o pasar la noche con él. Poco tiempo para pensar, mucho menos para leer, apenas un espacio chiquitico para escribir. El día que paró y vio a su alrededor y se vio solo le dio alegría. No necesitaba a nadie en su vida, no quería a nadie en su vida, no podía imaginarse otra vez estar preocupado por terceros para saberse decepcionado, no sabía cómo entablar una relación larga, no entendía cómo se había enamorado cuatro veces en su vida: la primera de su esposa, a quien realmente había amado y las tres siguientes cada vez que había visto llorar a sus hijos por primera vez.

Escribió y se quedó ahí en la cama, sonriente, como si el mundo, todo, girara a su alrededor.