martes, 17 de enero de 2017

El gusto es mío

Apenas unas cuadras nos separaban del mar, llovía y nosotros nos quedamos viendo el frente frío desde el pequeño porche del Parque Coyula. El chaparrón no dejaba que se conectara y yo tenía ganas de contarle de mi día, la verdad es que lo que yo quería estar era en sus brazos. No nos habíamos visto pero los dos moríamos de emoción de sabernos juntos. Ese día logré tener internet apenas un par de minutos y pudimos apenas sentirnos un poco en la distancia. Le conté de mi día, admiró mis fotos, me dijo que quería enredarse en mi barba y le dije que estaba esperando volver para besarlo.

Se había vuelto parte de mi rutina, cada vez que aparecía yo sabía que tenía un par de minutos para sentirme a su lado, hacerlo reír, conocer sus intenciones y apenas mandarle un besito. Ese día estaba en la oficina, esperando un par de correos. La vida se nos había vuelto tan aburrida, nos pagan por ser correveidile de la peor manera. De vez en cuando, como esa mañana, recordaba que la única forma que escuchara algo de mí era compartirle una canción en una nota de voz. Su primer mensaje fue para recordarme que le encantaba que le cantara la oído y el segundo para hablarme de todos los turistas deliciosos que había visto en la playa antes de que empezara a llover. Me hizo reír por un par de minutos y después hablamos de asuntos más serios. El primero era planear nuestra primera cita, el segundo contarnos secretos íntimos.

Teníamos ganas de vernos tan pronto como fuera posible. En ese frío que estaba haciendo yo le propuse que nos diéramos una ducha, sin morbo, sin sexo, solo acompañarnos, darnos calor con el agua hirviendo. También a él le gustaba el agua que deja roja la piel y abre todos los poros del cuerpo. Él propuso dejarme bañar mientras se sentaba en el inodoro a verme lavarme, quitarme de encima el polvo guardado en medio de los caminos.

Me dijo que tenía ganas de agua caliente y hablamos de que cambiáramos todos nuestros planes y más bien nos bañáramos. Le propuse que llegara a mi casa, empelotarlo y verlo desnudo bañarse. Como es de rico ver a un hombre quitarse la ropa, entrar en ese estado vulnerable previo a la ducha, escucharlo gemir con el primer chorro de agua caliente y verlo ahí amarse, darse calor, pasar el jabón por la piel y que cada movimiento se convierta en un baile de vapor y agua. Maravilloso.

Antes de que se fuera me pidió que le hiciera un favor, traerle los recuerdos de varios hombres grabados en mi cuerpo. No era una tarea fácil, en Cuba los hombres parecen inaccesibles, nadie puede tocar nada. Por un lado, es turismo de familias, pura clase media alta latinoamericana que se cree izquierdista pero teme el olor del comunismo cuando se acaban sus privilegios, la social bacanería. Los pocos gays que se ven en la calle están buscando diversión a vuelta de dinero y yo no estoy para trotes de esos. Esta noche voy a un bar, le conté, estaré las famosas Escaleras del cielo y allá espero cumplir con su promesa. El caso es que eran las 11:30pm y yo seguía embelesado hablando con él, me refería a sus besos retrasados como mis inversiones.

Me dijo que cada beso que quedara en el aire sería una inversión. Yo le decía que las ganancias se contarían en besos en los oídos o en susurros en la madrugada. Antes de irse le dije que aprovechara la vuelta para conseguir un mancito que le enseñara algo más de lo que ya sabía, quería sentir en su piel el olor grabado de él y de otro hombre, del salitre y de la suciedad del camino. Era una forma de decirle que conmigo la vuelta no podía ser a las malas, tenía que ser a las buenas, cada quien con su vida, ambos compartiendo la nuestra. Las conversaciones que teníamos eran distantes en el tiempo, cada vez que me escribía sentía esa misma emoción lejana que daba recibir una carta en el correo.

La señal estaba intermitente. Era como hablar por radio teléfono. Me copiaba, le escribí para pedirle una canción de Carlos Vives para poder cambiar el mood, me sorprendió que a tan pocos kilómetros de Colombia aquí ese señor no se oyera en ningún lado. Me habló que uno de sus discos favoritos era de un jugador de fútbol convertido en sambista cantando en la Plaza de la Revolución. Me senté por minutos a esperar sus mensajes y escucharle la voz. Le conté que me había dado besos con otros hombres pero que no había tenido tiempo de impregnarme de su olor.

Me pareció tierno que quisiera cumplir con su palabra y se hubiera dado besos con otros hombres. Le mandé una canción de Carlos Vives cantada por mí y le dije que si había algo que me hiciera pensar en Cuba, a parte de él, era esa belleza de canciones que el señor Diogo Nogueira había cantado bajo la estela del Ché. Hasta ese momento, no se me había ocurrido nunca que a la Plaza de la Revolución también la protegía una gigantesca imagen del Ché, como a la plaza Santander en la Universidad Nacional y recordé por qué Colombia siempre será un país tercermundista, hasta para rendirle tributo a la lucha por libertad hay que hacer las cosas en pequeño, nada puede ser grande ni majestuoso.

Me robaron la billetera y me sentía absolutamente indefenso en Cuba, casi sin acceso a internet era un lío logístico bloquear las tarjetas y cuidar que mi identidad no fuera mancillada en la isla. ¿Ir a la embajada? ¿Para qué? Si Colombia al menos tuviera un sistema diplomático decente, nada que hacer, caminar al parque, conectarme y aprovechar los minutos de desespero para escribirle. Le dije que mi vida parecía una serie en Netflix, con capítulos largos, como este interminable paseo a Cuba, y le insistí en que él sería uno de los capítulos.

Uno de los capítulos, tan ridículo. A mí no me pone al nivel de cualquier personaje de segunda en una serie que nadie sabe qué tanta gente ve, no lo he sido de nadie, mucho menos de él. Iba manejando y no había suficientes semáforos para leer toda la aventura que había sido ser robado en una extraña isla donde todo parece controlado y donde el tiempo, según él, paró hace tiempo. Le dije un par de palabras y le mandé otra canción, ni pude ofrecerme para bloquearle nada pero le dije que podría usar mis buenos oficios si eran necesarios. Uno nunca sabe.

Afortunadamente, ya se estaba acabando el viaje, por suerte no me habían robado el celular, podía seguir comunicándome con el mundo. Lo que es mucho decir porque apenas unos días antes de viajar a Cuba fui a dar una vuelta por Chapinero y allí había perdido mi teléfono, lo cual demostró ser una desgracia de talla mayor, con números refundidos y con la obligada necesidad de dejar atrás a iPhone y pasar a un aparato diseñado y fabricado en China. A qué horas China se había vuelto tan importante. Organicé la maleta y casi arrastrándome fui al parque a recordarle el vuelo y la hora de llegada.

Ofrecí recogerlo antes de su desgracia y la mantuve ahora que sabía que estaba simplemente varado en el mundo. Como cualquier otra vez seguí la ruta de su avión y supe el momento exacto en que aterrizó, segundos después recibí sus primeros mensajes y leí con asombro el amor que sentía por el capitalismo. Arranqué para el aeropuerto con la certeza de verlo a la llegada.

Ojalá el baño sea tan maravilloso como llega de nuevo a la civilización. Tener internet, ver gente vestida de acuerdo a su personalidad, comer lo que uno quiera, hacer el amor. Que dicha verte Bogotá, quién habría pensado que yo sería capaz de pronunciar tales palabras. Mis maletas demoraron suficiente para que él tuviera que esperarme frente a la salida internacional. Ahí estaba, con un chaquetón azul y una sonrisa en sus labios. Un gusto, por fin nos conocemos.

Salió con cara de cansado y ojos de sueño, menos mal que nos propusimos solo tomar una ducha. Hola, gracias, el gusto es mío.

jueves, 5 de enero de 2017

Mierda

Cuando Camilo se quedó quieto, por un instante, se dio cuenta de que estaba solo. No había parado, no había podido dedicarse a nada en concreto pero lo había intentado todo. Se inventó una excusa, a mí me gustan los marcianos y los uribistas. Ambos, en vía de extinción. Los primeros porque no se encontraban hacía tiempos, los segundos porque, a pesar de ser buen polvo, estaban tan reprimidos que no aparecían en su panorama.

Tuvo hijos pero los dejó de ver cuando crecieron y vieron un universo más allá de sus paredes, nunca pudo con los perros ni con los gatos, nunca escuchó una palabra de aliento de su familia, no tuvo amigos porque tener amigos implica una cantidad de negociaciones que no estaba dispuesto a hacer. Solo tenía sexo, harto, pero igual de inútil, igual de ramplón. 

Su rutina empezaba temprano, con un computador entre las piernas para escribir un rato. Lo hacía por costumbre, habría un documento nuevo, lo citaba con la fecha del día y escribía como si le escribiera una carta al amante desaparecido, al amigo perdido, al papá incomprendido. Siempre, empezaba con la misma frase: les aplasto la caquita pero no me les como la mierda; era su forma de reivindicar que su soledad correspondía a la extraña confesión que había llegado con la crisis de la edad media, había descubierto, casi por error, que le gustaban los hombres y no las mujeres. 

No fue algo que él se imaginaba, había pasado al escuchar a un hombre masturbarse en una ducha de la piscina. Ese día, contra todo pronóstico, se le paró durísimo la verga, como no le pasaba casi nunca con su esposa. Esa noche, decidió contarle a ella lo que le había pasado, con una sonrisa picarona, como de aprovecha que estoy arrecho. Ella le dijo despectivamente algo como -me vas a comer ahora como si fueras un marica o qué-, se dio la vuelta y se durmió. Él se hizo una paja en la cama y untó las sábanas con su semen para que amanecieran con su olor. 

Después vinieron una serie de acontecimientos que no supo entender muy bien, espiar hombres en la piscina, sentirse halagado con cada comentario en los vestieres, ver paquetes y culos en la calle. Un día la curiosidad lo mató y terminó en un cuarto oscuro empeloto participando en un bukake. Y todo se fue a la mierda, se despidió de la esposa, les contó a los hijos, les dijo a los papás y hermanos, se confesó con los amigos. Vio como todos encontraron excusas para abandonarlo, el tiempo siempre fue el mejor aliado de todos, nadie tenía cómo sacarle un par de minutos en Bogotá, y quién los podría juzgar, él también sabía que en esta ciudad es imposible moverse. 

Vinieron tiempos de desenfreno, una productividad macha en el trabajo, una altísima capacidad de convencer a chicos de cualquier edad que valía la pena hacerle compañía o pasar la noche con él. Poco tiempo para pensar, mucho menos para leer, apenas un espacio chiquitico para escribir. El día que paró y vio a su alrededor y se vio solo le dio alegría. No necesitaba a nadie en su vida, no quería a nadie en su vida, no podía imaginarse otra vez estar preocupado por terceros para saberse decepcionado, no sabía cómo entablar una relación larga, no entendía cómo se había enamorado cuatro veces en su vida: la primera de su esposa, a quien realmente había amado y las tres siguientes cada vez que había visto llorar a sus hijos por primera vez.

Escribió y se quedó ahí en la cama, sonriente, como si el mundo, todo, girara a su alrededor. 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Morir

La última vez, le dio tanto miedo como la primera. Espera, pensó en voz alta y alguien le respondió algo parecido a no hombre, no hay espera. Se amarró la cuerda a su cintura y se puso un pedazo de cuero para evitar una herida en la parte lumbar de su cuerpo. Metió las manos a los bolsillos para comprobar que había dinamita en uno y en el otro fósforos, dio un rodeo antes de lanzarse a ese vacío que se veía en el fondo. El Río Cusiana sonaba durísimo, a pesar de que en enero hacía ya varias semanas había dejado de llover su ímpetu seguía impresionante, las rocas le daban un color amarillo oscuro, teñido de rojo y ocre, era un espectáculo difícil de comparar con algún otro. al otro lado, la montaña estaba todavía verde y allí, donde ellos quisieran estar trabajando había una calma que no se sentía en este acantilado.

El vacío lo hacía sentir mariposas en el estómago, las mismas que había sentido la primera vez que se había masturbado y cuando vio a su cuñada sentada en un chinchorro a media cuadra de la iglesia de Pajarito. La tarea parecía simple pero podía ser mortal: había que lanzarse por un acantilado que llamaban la Peña de Gallo, cuidarse de no caer, hacer un hueco en la roca, poner unos palos de dinamita, estirar la mecha hasta lo inimaginable y cuando no diera más prender un fósforo que le podría dar el último aliento, tocaba correr hacia arriba y después lo más lejos del borde posible para ver cómo las rocas se rompían y se iba formando un espacio apto para hacer un paso de vehículos que conectaría a Aguazul con Sogamoso de manera directa, nada de ir hasta Labranzagrande o Nunchía.

El anhelo de ver un carro pasar, de sentir el aire frío de la cordillera y el seco calor de la sabana lo emocionaban. Al caer gritaba varios nombres, en especial el de su mamá y su cuñada, suponía que si se moría en ese momento por un mal golpe en las piedras o que la cuerda se rompiera, al menos tendría la bendición de aquellos por quienes se echaba cuesta abajo. En general, pensaba que quería morir, era la única forma de quitarse el sino del adulterio que lo rondaba con esos oscuros que lo miraban cada vez que estaba quitándose garrapatas o limpiando el conuco.

Esta vez no fue la excepción. Se lanzó y sintió cómo las ráfagas de viento que venían del páramo se encontraban con las del gran cañón, le dio pena los meados que estaba a punto de echar al río porque dios sabe en qué momento hace que uno quiera orinar y le da siempre una pared o un palo para hacerlo realidad. Estaba apenas desabrochándose los pantalones cuando se desestabilizó y la fuerza de la tierra se lo llevó muy duro, más de lo que pudo haber esperado y la cuerda le cortó un brazo de un tajo y de repente estaba zampado contra una piedra. Su cuerpo no demoró en llegar a una vega en Quebrada Negra. Cumplió su deseo y su única misión en la vida, morir.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El llano se va a acabar

Usted qué piensa. Qué pienso, qué pienso, qué pienso. Pues que el llano se va a acabar, o lo vamos a acabar, porque fíjese usted que antes era más difícil entrar pero también era más difícil salir, uno se quedaba aquí para siempre, a pesar de las enormes culebras y los escurridizos faras, uno siempre volvía, y mariscaba, y cachilapeaba, voleaba peinilla y castraba, ahora no, ahora las cosas son complicadas, primo, nadie sabe lo que es montarse en un potranco recio y que ese bicho lo tumbe a uno por toitico el paradero varias veces hasta que coja juicio, a nadie le toco echarle aceite a las orejas de las yeguas ni desarmar trenzas de los duendes, el llano se va a acabar cuñao. Se puso serio camarita. Ni eso, la enfermedad de la neurastenia también se acabó, se volvió otra joa, allá arriba le dicen dizque al mal de los que aguantan el trancón y el sereno, aquí era apenas el disgusto, que se pasaba con tinto tempranero o un vaso de guarapo refrescante. El llano se va a acabar. El llano se va a acabar.

martes, 29 de noviembre de 2016

Gabriela

-Solo unas palabras, Gabriela Clavo y Canela-.
-¿Disculpe usted?-.
-Que pena, lo he visto antes, leyendo Gabriela Clavo y Canela-.
-¿Ah sí? Es uno de mis libros favoritos, lo he leído miles de veces-.
-En una de ellas lo vi. Estaba en Transmilenio, me pareció muy curioso siempre verlo llegar al paradero leyendo, como si el mundo a su alrededor no existiera-.
-Cuando me concentro me transporto-.
-Se nota, lo vi reírse muchas veces. He tenido curiosidad, ¿sabe? Es que siempre se le veía más contento que de costumbre leyendo-.
-¿Cómo así?-.
-Lo he visto mucho, más de las veces que me gustaría, siento una atracción profunda por su forma de leer-.
-Vea usted, gracias-.
-¿Qué lee?
Que le importa, señor, estamos en una fila, por el amor a Cristo, déjeme leer en paz. 
-Ha vuelto-.
Le mostré la carátula del libro y rematé con un "en Netflix está la película".
-No lo había escuchado, ¿Hitler?-.
-Sí, bueno, léalo-.
-Después de Gabriela, lo he buscado millones de veces y no aparece en ninguna parte-.
-Yo lo encargué en una librería de Chapinero pero siempre está Amazon, ¿no?-.
-Pues sí, tiene razón, podría pedirlo por internet pero siempre me ha gustado tener un libro en las manos antes de comprarlo-.
-En eso nos parecemos-.
-Siguiente, ¿Tiene puntos?-, dijo otra voz.
-Pues sí, chao-.

lunes, 6 de junio de 2016

La plaza de las flores

La señora Tulia era madrina de prácticamente todo el piedemonte que va del Pauto al Cusiana, e incluso más. Todos en Recetor, Pajarito, Morcotes, Labranzagrande y Chámeza estaban emparentados con ella, en Sogamoso la historia era diferente, era amiga de todos, tenía una tienda que vendía sus famosos colados, envueltos, mantecadas y demás delicias. Además de sus dotes culinarias, de los que se hablaba hasta bien entrado el llano, allá en Maní y Trinidad, le atribuían el poder de predecir las cosas.

Por eso, todos sabían que alguna noticia bajaría de las montañas cuando ella se despertó diciendo que había soñado con la Plaza de la Villa llena de flores y gentes. No estaba segura de que fuera un acontecimiento festivo o de luto, solo que algo grande iba a pasar. Que sería doña Tulia, le preguntaron en el café de la madrugada, ese que se toma antes del ordeño. No supo dar razón con el caldo de papas y tampoco cuando Rafaelito le siguió preguntando con tanta insistencia hasta casi medio día. -Que no sé, no sé-.

Después de servido el guarapo que se acostumbraba a brindar después del almuerzo llegó un Uaz. -Y eso tan extraño-, a esa hora no era para que bajara hasta el hato un carro de esos. Que lleguen rápido don Rafael y doña Tulia, que se alisten viandas y cobijas, que toca salir para Sogamoso urgentemente. -Qué pasó, qué son esos afanes, quién viene a decir qué en estas tierras en las que mando yo y nadie más-, exclamó con molestia don Rafael, cuando le dijeron que del carro estaban dando órdenes, como si fueran los chulos de otrora.

-Don Rafael, es que se murió su compadre, su tocayo, Rafael Sandoval-. A Tulia se le doblaron las rodillas de la angustia y don Rafael no supo qué hacer con su sombrero.  -Apuren chinas con unos envueltos y unos baldes de agua, echen unas cobijas que habrá que dormir en el camino... y una montura completa, por si acaso, que sean dos porque a la señora no la podemos llevar en ancas-. Revuelo que se sintió en la casa de los peones y de los blancos, todos angustiados por arriscar cajas, por mover gentes y comidas, había que apurarlo todo, es que Sogamoso estaba por poco a 36 horas de camino y la premura no daba para más.

Al principio no hubo ni a qué horas rezar un rosario pero ya en el carro era lo único que distraía la mente. Rezó el alma del vecino y compadre. Rezó por la juventud de Gladys, por los niños, que apenas crecían barbas. Miércoles, que lío monumental, es que una muerte así, semejante hombre, risueño. Moreno, alto, querendón, con ese parado tan particular y esa carcajada que se escuchaba a leguas, que no se tomaba sino un whisky, que usaba unas grandotas gafas oscuras y que jamás de los jamás se expresaba con malas palabras.

Entraron a Sogamoso a las carreras, ni tiempo de una ducha, directo mijito para la Catedral, que las honras fúnebres ya empezaron. Al ver la plaza supo que eso era lo que el sueño le había querido decir, ella tan ingenua pensando que habría podido ser algo alegre, si era apenas el compadre diciéndole que adiós, que se verían muchos años después, casi 50, en otros mundos.

En ese gentío cómo llegar a donde la comadre. -Quedemos por aquí mamá, la ve a la salida- dijo alguna de las chinas, -ni de fundas, que uno aquí lo que necesita es el brazo recio de una como yo-. Llegó a la puerta de la iglesia no sin varias quejas de desconocidos que no entendían su afán de estar más adelante. No le pareció inapropiado caminar por el corredor central de la nave principal, en el atril el padre decía algunas palabras sentidas, de verdad, por ese hombre que se acababa de ir, es que Sogamoso le debía mucho a Rafico.

Gladys en perfecto luto estaba allá, en la primera fila, como ordenaba el protocolo y la básica lógica. Allá llegó apretando cada lágrima y con el único propósito de darle un abrazo. Gladys era fácilmente de la edad de sus hijas mayores, era apenas una niña, cómo dejarla sola. Un abrazo las fundió por tantos minutos que no se supo cuántas páginas pasó el cura, ni cuántos dele-señor-el-descanso-eterno-ybrilleparaéllaluzperpetua se dijeron, cuántos aplausos y cuántos llantos hubo de por medio. Cuando se soltaron fue como si el alma le volviera al cuerpo, tomó la mano de Tulia y juntas asistieron al resto de la misa, salieron juntas de la iglesia y mientras todos se agolpaban a dar pésames apenas sentidos, era la mano de Tulia la que la tenía amarrada a la vida, esa que tan pronto se le había ido a Rafico.

jueves, 2 de junio de 2016

Una oportunidad perdida



El gobierno Nacional anunció un cambio en la reglamentación del transporte público particular para hacer una diferenciación entre los servicios básicos, que serían los taxis tradicionales, y los servicios de lujo, como los que ofrece Uber. A pesar el revuelo causado en redes sociales y en medios de comunicación el decreto no resuelve los principales problemas y se enfoca en el negocio de los empresarios y no en las soluciones para los taxistas ni mucho para los usuarios.

Alrededor de los taxis, el decreto se concentra en establecer que el servicio que estos prestan es considerado “básico”, en palabras del decreto esto quiere decir que se enfoca más en la frecuencia en la que uno puede conseguir el un vehículo en la calle y un precio bajo que garantice acceso para la mayoría de las personas. Por su parte, para los servicios de lujo, establece condiciones de calidad y accesibilidad diferenciadas que se cargan a la tarifa final del usuario.

Hoy en día, el sistema de prestación de servicio de taxi no genera rentas para el Estado y deja en completa vulnerabilidad a los usuarios y a los conductores. Por un lado, en una ortodoxa interpretación de las leyes del mercado, el Estado no tiene cómo regular el número de taxis que circulan en una ciudad y tampoco tiene muchas herramientas para corregir las fallas en su servicio. En Bogotá, por ejemplo, los cupos están congelados, lo que quiere decir que no deberían entrar a circular nuevos taxis a no ser que estos vengan en reemplazo de uno anterior. Los dueños de los taxis pueden entonces mantener un monopolio que controla los cupos o venderlos al mejor postor.

Hoy en Bogotá se negocia el cupo de un taxi en alrededor de $110 millones, la transacción no pasa por el Estado, no paga impuestos ni genera recursos para fondos que permitan dignificar el trabajo de los taxistas o garantizar su salud o pensión. Cuando alguien tiene el cupo y el taxi para operar puede aparecer ante una empresa afiliadora para que esta expida las tarjetas de operación a sus conductores, un solo taxi puede tener hasta tres turnos diarios, por ende, puede operar hasta con tres tarjetas diferentes. Las empresas afiliadoras además de cobrar por el servicio de afiliación prestan tiene diferentes tipos de garantía de usuarios: vales, radioteléfonos, aplicaciones web. Si un taxi usa alguno de estos servicios debe cancelar un valor adicional. Finalmente, un taxi puede estar afiliado a varias empresas, lo que le permite usar varias frecuencias de radio y tener mayor radio de alcance de clientes, por ejemplo, un solo taxi puede prestar el servicio a través de TaxExpress, tener radio teléfono de Taxis Libres y usar EasyTaxi y Tappsi para conseguir clientes.

Los taxistas, no las empresas, son los responsables del servicio. Esto quiere decir que es potestad suya llevar o no clientes, mantener en buenas condiciones el taxi y además son quienes deben hacer frente a accidentes, robos y otros asuntos. Normalmente un taxista arrienda a un propietario el taxi por un determinado número de horas (un turno varía entre 8 y 16 horas) y paga el equivalente del arriendo, en promedio para un turno de 8 horas debe cancelar $65.000 pesos diarios y ponerle combustible al vehículo (a gas $30.000, a gasolina $60.000). Esto quiere decir que para generar ganancia un taxista con un carro a gasolina debe hacer carreras por valor equivalente por lo menos a $130.000.

Los usuarios no tienen formas para protegerse de las malas prácticas de los taxistas que dependen del anterior sistema. Por ejemplo: no cuentan con un sistema de verificación de los taxis que les permita saber que todo taxi que toman es seguro; tampoco pueden exigir calidad en el servicio, el decreto es claro en establecer que esta solo se puede obtener en el servicio de lujo; no existe una sanción para quien se niegue a prestar el servicio; no hay botones de pánico que permitan evitar robos o paseos millonarios.

Lo ideal sería que algunos de estos problemas se resolvieran: los cupos deberían ser propiedad del Estado y deberían ser subastados cada cierto tiempo, 5 años (la vida útil normal de un taxi) estaría bien. En las subastas solo deberían participar empresas dueñas de los vehículos o con promesa de compra del número de vehículos por los que participarían en las subastas, con conductores empleados con contrato formal.

Con los recursos provenientes de la subasta, el Estado podría fortalecer el sistema de vigilancia y control para establecer sanciones más robustas a las empresas que no cumplan con requisitos de calidad, que hayan prestado servicios inseguros o que se hayan negado a prestar el servicio. Las sanciones podrían ir desde multas hasta la revocatoria de la tarjeta de operación.

Para los usuarios generaría un sistema con una empresa responsable que podría ser sancionada y que podría tomar acciones para garantizar que los conductores no cometieran imprudencias ni abusos. Para los conductores podría generar condiciones de seguridad física y laboral. Para los empresarios, sería una forma de fortalecer y formalizar sus negocios y crear incentivos para invertir y crecer. Para la ciudad, la subasta de los taxis podría ser un generador importante de recursos, con el estimado que hay 50.000 taxis en Bogotá y cada cupo cuesta $110 millones, en una subasta el Estado podría quedarse con $5,5 billones, más que el valor de lo que la ciudad debe poner para la Primera Línea de Metro o la mitad de los recursos estimados para arreglar la malla vial de Bogotá.

Un esquema similar podría funcionar para el servicio de Uber y sus pares, una subasta de cupos en la que podrían participar empresas legalmente constituidas y dueñas de vehículos. En este caso, podrían exigirse características de mejor desempeño, por ejemplo, mínimo de horas de capacitación para los conductores, especificaciones técnicas más altas para los carros, entre otros.


Como las realidades de las ciudades son diferentes, el Gobierno Nacional podría delinear algunos asuntos de manera general y darle la potestad a la ciudades de más de 100.000 para que resolvieran cuestiones propias de sus particularidades.