lunes, 27 de abril de 2009

Ámame


Ámame decía el cartel. Ámame gritaba mi pecho. Me toca esperarte para poder tocar tu cuerpo y que mis ojos le pregunten a los tuyos que si me aman. Los míos brillan, tienen escarcha, se llenan de pólvora, reflejan el sol. Cuando estás a mi lado, cuando te tengo cerca, cuando pienso en ti, cuando me arrecho, cuando te acuestas en mi pecho, cuando me haces feliz.

Ámame me gritó el cartel otra vez. Se dedicaron a poner esas malditas vallas por la ciudad. No me puedo concentrar en las nubes, no me puedo burlar de los que están en el trancón mientras yo disfruto de una silla roja en un bus rojo. Cualquiera diría que esta es una ciudad liberal. Pobres ilusos. Ahora perdí el hilo, en qué estaba. Ah sí, ámame, ámame, ámame. Acabo de decidir que los ojos no son suficiente. Necesito que tu boca me lo confirme. Necesito que me desgarres con pasión, que me muerdas con locura, que me hagas sentir que el brillo de mis ojos es el simple reflejo de las estrellas en las que estamos caminando. Ahora me volví cursi.

A veces quisiera que mi memoria fue más organizada, que recordara las cosas con sentido y frecuencia, como que el primer recuerdo fuera el último y el último fuera el primero. Con eso podría decidir a qué horas pensar en amarte y en cuáles hablar conmigo mismo o hacer de mi mente un borrador de escritos. Ámame. Otra vez. Qué pasa, todos me miran. Grité, por un momento tuve una fantasía autista, no sé. Es probable, menos mal no estaba pensando en lo que hicimos anoche. Vibra el celular, lo contesto, volteo a ver y muchas señoras con gafas oscuras, típico en esta ciudad hace un minuto de sol y todos hacen el escándalo de la vida. -¿Dónde vienes?-. -Llegando-. -¿Lejos o cerca?-. -Ni fu, ni fa-. -Dime te quiero esperar en la estación, pero sólo si le apuras-. -Estoy en la 100, llego en 15 minutos-. -Entonces te espero, apúrale-. -No puedo, no soy el conductor-.

Losas rotas, besos furtivos en con los rayos rojos de un sol que está casi en el clímax del poniente, carros pinchados, peatones imprudentes, motos a toda velocidad, puentes, vendedores ambulantes, otros buses rojos, otras personas sentadas, sillas azules, sillas rojas, gente apretujada en las entradas, jóvenes sentados en el fuelle, mujeres recostadas contra los vidrios de las estaciones, niños corriendo atrás de una bomba, más puentes, más carros, más gente. Apure señor. otra vez todos me voltean a mirar. Otra vez lo dije duro. Necesito hacer algo para controlar estos locos impulsos de hablar cuando no se puede.

Te vi, estabas tan natural, con el pelo caído sobre tus hombros, un escote que deja ver esa deliciosa piel morena, una blusa apretada sin ser vulgar, unos jeanes ajustados deliciosos. El reflejo del sol te dejaba ver casi desnuda, al menos así te podía ver yo. Hermosa. Maldita sea, tengo que dejar de decir cosas al aire. Me levanté, caminé a la puerta y ahí, frente a mí, te quedaste parada. Los ojos te brillaban y eso que el sol estaba a tus espaldas, sí, sí me amas. Mentira me aman tus ojos. -Hola-. No respondes te quedas con esa cara hermosa, sonríes, me acerco y te doy un besito. -¿Sólo eso?-. -Ya sabes que no me gustan las demostraciones de amor en público-. -Pues demalas, hoy no me importa el público-.

Me desgarraste con cada diente, primero con los incisivos, después los caninos. No, no alcanzas con las muelas, pero vaya que tratas bien. Primero el labio de arriba, suavecito, desde la raíz, casi incluyendo la nariz. Después la lengua, esa misma, la que te explora cada cavidad, a ella también la muerdes, la tomas con suavidad y le das un mordisquito, dos, tres, uno más... y para rematar... el labio inferior, con este no tienes compasión, estás caliente, mi labio está. Sabe a sal, pero no me había sabido así antes. ¿Sangre? No puede ser. Es, lo lograste, me mordiste tan duro que me sacaste sangre, me mordiste tan duro y no me di cuenta. Sí, te amo. Sí me amas.

PD: Este cuento se inspiró en la imagen que lo acompaña. María Fernanda Lesmes es una lectora de este blog, una excelente diseñadora y una amiga muy especial (casi, casi prima, jeje). Mafe me mostró esa imagen y quedé con ganas impresionantes de darle una historia, le pedí permiso y lo hice. Ahora Mafe te toca diseñar una imagen para uno de los cuentos.

jueves, 23 de abril de 2009

Dos caras de la misma moneda

Para entender la globalización es necesario ver cómo le explican a uno el proceso. Por un lado está la experiencia de la derecha, a favor del capitalismo y del libre mercado. En la otra orilla ideológica está la izquierda radical que espera que esta crisis mundial sea el fin del sistema global como lo entendemos hoy. Personalmente creo que el libre mercado funciona siempre y cuando haya las suficientes regulaciones y los países puedan competir en cierta igualdad de condiciones (sin subisidios ni pendejadas de esas).

La historia empieza los miércoles a las 9 am en la Universidad Nacional. A esa hora, mientras los ejecutivos de los centros bancarios de Bogotá se alistan a trabajar en sus oficinas y cubículos y empieza la ronda de negocios de la Bolsa de Valores, es el momento de la verdad. El aula de clase dista mucho del escenario financiero, un salón con un promedio de 70 estudiantes. Nadie está encorbatado, todo lo contrario, pululan los taches, el pelo largo y los jeanes sucios. El profesor llega tarde, ya no se fija qué dicen los grafitis que promueven la revolución y piden seguir el ejemplo del comandante Manuel o proclaman que la muerte de Raúl (Reyes) e Iván (Ríos) no fue en vano.

La clase comienza con una triste revelación: el mundo se va a acabar. Lo dice con tanta convicción que los escepticos deben cerrar la boca y evitar discutir ese punto. Si lo hacen podemos desatar su ira y eso daría para un discurso de media en contra de los "intereses privados" y la "toma sistemática que hace la burguesía de la universidad pública para promover su privatización". Al finalizar la clase cuando él se monta en un carro de 50 millones de pesos muchos se preguntan quién es el burgués, él o los que creen que todo cambia para que siga igual. Teorías, sí hay. La mayoría son de conspiración, del fin del mundo, de como la humanidad se merece esto. A veces la clase es tan aburridora y predecible que los estudiantes duermen sin pudor, abren computadores portátiles para jugar o hacen el sudoku de la edición de ADN que les entregaron a la entrada de campus.

Nada nuevo hay debajo del sol cuando los estudiantes empiezan a salir. La sensación general es que no venir a clase y leer Voz o los escritos del Senador Robledo que auguran la caída del capitalismo y la construcción de un mundo para todos da igual. Muchos salen a clases donde el escenario es similar, otros se van a leer, a aprovechar el incipiente sol sabanero y unos más a planear cómo tumbar el sistema.

Los jueves el escenario es diferente. En un frío salón de la Javeriana se reúnen 45 personas a conversar temas de la globalización. Esta vez las lecturas están en inglés, las ediciones son tan recientes que no han sido traducidas al español. La dinámica evita las clases magistrales, como en un seminario, son los estudiantes los que hacen la mayoría del trabajo. Aquí se habla de crisis, de soluciones a la crisis, del devenir histórico del capitalismo, se habla del rol que jugaron las multinacionales y su diferencia conceptual con las transnacionales (concepto usado indistintivamente por el profesor de la Nacional), inversión extranjera directa y know-hows. Los ejemplos van desde lugares donde la globalización ayudó a implantar la democracia (Chile, URSS) hasta aquellos países donde la devastó (Polonia, Hungría, Bolivia). Al final de la discusión hay una actividad lúdica para poner los conocimientos en uso y ganar puntos en una de las calificaciones del curso, la competencia es entre facultades, se enfrentan los estudiantes de comunicación, economía, ciencias políticas y derecho.

En las sillas javerianas sobresalen los vestidos de paño de quienes van a exponer y gente de todas las fomas y colores, unos con pinta de revolucionarios de clase media, otros con cara de niños ricos, unos más no salen del montón. Ellos terminan las sesiones con ganas de montar una empresa con integración vertical internacional y operaciones en las regiones más prometedoras del mundo (América Latina y Asia-Pacífico). Otros se preparan a hacer negociaciones en inglés. Se van a tomar café en Oma o a ver películas en la biblioteca.

A las 11 cuando las clases han terminado, las bolsas de Europa ya han cerrado, los negociantes de Forex ya tienen una idea de sus ganancias o pérdidas y los países importadores tienen una clara impresión de lo que serán los precios de las materias primas en los mercados internacionales.

domingo, 19 de abril de 2009

No me quejaré

Es cierto, cada vez que hablo del Alcalde Mayor de Bogotá y su equipo me invade una impresionante necesidad por hablar mal de ese(os) personaje(s) funesto(s). El caso es que hoy me puse a pensar que críticar sería un ejercicio meramente periodístico, obvio soy periodista entonces me quejo. El caso es que también soy politólogo y como tal debo ofrecer soluciones a los problemas que en mi ejercicio periodístico me gusta criticar.

Entonces señor alcalde le voy a proponer un par de ideas para que su administración mejore los índices de popularidad y pues de paso yo viva en una mejor ciudad. VOy a dividir mis propuestas en varios asuntos, cada uno en un subtítulo y allí le ocntaré soluciones que yo veo a los problemas suyos.

Movilidad

Como en este tema le ha ido tan mal le propongo lo siguiente: Primero entreguele la administración de la Autopista Norte al Gobierno Nacional para que ellos amplíen la concesión DEVINORTE y puedan arreglarla, que eso lo hace quedar mal con los alcaldes de Chía y Cajicá, demalas ud. no gobierna por ellos ni para ellos. Segundo, entregue en concesión la calle 63, haga que el concesionario compre predios entre la Av Caracas y la Carrera séptima y los que faltan entre la Rojas y la Boyacá para construir una doble calzada rápida y bien cuidada entre el centro financiero de la capital y el aeropuerto, eso despejaría un poco el tráfico que anda por El Dorado, ahora en estos tiempos de la construcción de Transmilenio. Tercero, contrate los estudios, diseños y la construcción de Transmilenio por la Boyacá, va a ver como mejora el tráfico por el occidente de la ciudad. Cuarto, construya (con el sistema que a ud mejor le parezca) la Avenida Longitudinal de Occidente, para que sirva de variante entre Torca y Chusacá y así nos evitamos el tránsito de camiones y viajeros incidentales en la ciudad. Quinto, haga que Transmilenio contrate la construcción de un intercambiador vial entre las troncales Calle 13-Américas y NQS, tal como el que existe en la Calle 80, para que los pasajeros que viajan del norte a Kennedy puedan ir directamente por la NQS, así descongestionar la Av. Caracas, servicios como el B14-F14 o el F61-B61 se podrían pasar a la NQS. Sexto, mejore los servcios alimentadores por los barrios de clase media, con buses verdes por Colina Campestre o Cedritos se evitaría los alimentadores ilegales que hacen trancón tanto en la autopista y en los respectivos barrios. Séptimo, Construya puentes vehiculares o pasos a desnivel en los puntos neurálgicos de la Caracas como las calles 76, 72, 67, 57, 63, 45 y 39, esto acabará con tantos semáforos, además puede cambiar las entradas semaforizadas peatonales a las estaciones con puentes peatonales. Octavo, construya las obras de valorización ya, no les de espera. Noveno, construya ya el terminal satélite del norte, para complementar al del sur y empiece las gestiones para uno en el occidente. Finalmente, dese la pela que ni Castro, ni Mockus, ni Peñalosa, ni Lucho se dieron y ponga en cintura a los buses, haga funcionar el Sistema Integrado de Transporte Masivo, licete las rutas, haga que las empresas mejoren la calidad de sus buses y conductores.

Vivienda

Por favor haga una limpieza en Metrovivienda, ese es el lugar más corrupto de la capital. Evite que las constructoras sigan haciendo VIS en Colina Campestre y Chapinero. Legalice los predios de barrios ilegales y haga que Metrovivienda compre todos los lotes circunvecinos de Bogotá, para evitar la proliferación de barrios ilegales y desordenados.

Ambiente

Póngase a sembrar árboles, yo sé que suena idiota, pero es necesario. Compre terrenos donde haya casas en lugares de riesgo de deslizamiento y conviertalos en parques ambientales. Obligue a las empresas de transporte que van a licitar en el Sistema de Transporte Integrado a usar buses de menos de 10 años de rodamiento y que cumplan con estándares internacionales de contaminación ambiental y auditiva. Organice como en Santiago un sistema de monitoreo ambiental que advierta al ciudadano dónde y cuándo hacer deporte sin sufrir complicaciones de salud.

Juventud

Olvídese que teniendo a los jóvenes en la casa a partir de las 10 la calidad de vida de los capitalinos va a mejorar. Todo lo contrario cree mecanismos que mejoren las condiciones sociales de estos muchachos, parques, actividades recreativas, deportivas y culturales que los mantengan lejos de la violencia. Si los jovenes mayores de edad quieren ir de rumba hasta las 6 am, que lo hagan, el Estado está para permitir mejores condiciones no para prohibir todo.

domingo, 12 de abril de 2009

me hizo trizas

Llegó y me enloqueció. No era la primera vez que lo veía, era la primera vez que lo quería. Me encantó su mirada cómplice, me relajó su sonrisa discreta. Hablamos de mil cosas, callamos minutos enteros. No éramos capaces de dar otro paso, ambos conocíamos las reglas, los dos estabamos con miedo, los dos queríamos parecer una simple amistad, no queríamos arruinar la posibilidad de tener una longeva amistad por una pasión repentina y desenfrenada. La excusa, mejor el pretexto. No, me quedo con la excusa, fue el frío.

Por fin pude decir bendito seas viento bogotano, por fin pude alabar las propiedades del clima sabanero. Fue el frío un amigo, un hermano, un conocedor de las necesidades de las parejas, de los deseos guardados en lo más profundo de nuestro ser. Dimos los pasos como un ballet sincronizado, con calma, con suavidad. La apertura fue el comienzo de un desenfreno casi enfermo. Fue difícil encontrar un punto de equilibrio donde se balancearan la levedad del deseo con la pesadez de la conciencia. Maldita conciencia, déjame en paz. Maldita conciencia ni se te ocurra abandonarme.

Te odio conciencia, me abandonaste en el peor momento, aquel en el que nuestras manos se unieron, en que mi brazo rozó sus hombros para poder hacerle una leve caricia. Me abandonaste cuando sus labios tocaron los míos y mi lengua se aventuró entre sus dientes. Ay pero que bien se siente, gracias conciencia por tomarte unas merecidas vacaciones.

No hubo intermedio, no podía haber, no había espacio para cambio de ropa o de maquillaje. No había como ver un espejo. Nada, todo así al natural. La orquesta de besos fue acompañada de una espectacular danza de caricias, de búsquedas del cuerpo ajeno, de tratar de entender el propio cuerpo. Mi corazón bailaba, el suyo, espero también.

Bailaban los dedos, bailaba la lengua, bailaban los dientes, bailaba la mente, bailaban las piernas, bailaba la entrepierna. El final tenía que llegar. Fue una sumatoria entre un apoteósico concierto de besos, un aria de gritos, una ovación interna, una platea de pie, aplaudiendo, unos balcones felices.

Estaba también el miedo de ser descubiertos, el miedo a ver alguien pasar la puerta de nuestro escenario. Ver a alguien repentinamente observar el mercurio subir y bajar en nuestra frente, ver a esa cama saber qué puede venir después, callar lo que ya pasó.

Final, final. No se pudo más. Hasta ahí tocó. El público pidió otra, como en los conciertos. El público recibió uno más, un besito, chiquito, de pocos años, de poca envergadura, un besito que dejó sabor, que dejó emoción, que dejó miedo, que dejó mariposas y caníbales. Un beso de despidida. No de adiós, de hasta luego. Un beso de calma, de ganas. En fin un beso sentido.


PS: Este cuento estaba en mi facebook hace tiempo, es posible que muchos de ustedes lo hayan leído ya. Un abrazo

No entiendo

Esta fue la primera semana santa que pasé en Bogotá, por varios motivos: la finca del llano estaba llena de gente, mi abuela no iba a estar en su casa en Sogamoso, mis primos vinieron a Bogotá, no tenía plata para escaparme al Tairona con mis amigas de la Javeriana. En fin, parafraseando al libro-película, una serie de eventos desafortunados me dejaron metido aquí en la capital.

No sabía que esperar de la ciudad en semana santa. Bueno pues me tocó vivir algo como lo que una vez dijeron Tola y Maruja, en Bogotá solo quedamos los bobos y los gamines, el resto se fue. O eso parecía a simple vista. Las vías descongestionadas, los buses vacíos, Transmilenio desocupado, los andenes sin vendedores ambulantes, menos contaminación, menos ruido, las zonas verdes sin popó de perro, el messenger con poca gente conectada y la televisión con la peor programación de la vida.

Lo que no entiendo es el cuento de la crisis. En serio, primero no entiendo cómo los medios hablan y hablan de la crisis y todo el mundo tiene plata para viajar, así sea una o dos noches, y escapar de la rutina. No es que viajar sea necesariamente caro, pero un viaje de 4 días viajando en bus y gastando lo mínimo (tal como planeaba hacer yo en la casa de mi abuela) ronda los 100.000 pesos. Eso es la quinta parte de un salario mínimo, es mucha plata. Ni se diga si uno va en carro propio y además debe sumar gastos como hospedaje y alimentación.

La gente que tenía plata y tiempo salió, eso fue evidente para los que nos quedamos aquí y para los que desde ayer estaban haciendo de tripas corazón para encontrar puestos en los buses o gastan horas en las interminables filas de carros que salen de los principales destinos turísticos a las capitales más pobladas. Equivocado estaba yo al pensar que los pocos que nos quedamos era porque no teníamos plata para hacer algo mejor. Error, craso error.

Dije antes que mis primos vinieron de Sogamoso a la capital y con ellos decidimos hacer algo que allá no se pueda hacer, ir a cine. Bueno pues nos pusimos a la tarea de averiguar dónde estaban dando Slumdog Millionare, porque ellos querían verla y yo repetirla. Fuimos a Santafe, considerando que tiene muchas salas y no está tan lleno como Unicentro, además que el tiempo estaba jugando en nuestra contra y pues por la ubicación de mi casa, era más fácil llegar al primero. Llegamos allá y vaya sorpresa, no había dónde parquear, así es, ya todo el mundo se había ido de Bogotá, pero todavía miles de carros abarrotaban el parqueadero del centro comercial. Mala señal, efectivamente adentro todo estaba lleno, había fila en Crepes, en Burguer King, la plazoleta de comidas estaba imposible y no fue posible comprar con tranquilidad un buen rollito de canela en Cinnabon. No pudimo ver promociones en Fallabela ni entrar a Sony Style, todo estaba lleno. El cine ni hablar, duramos más de 20 minutos haciendo fila para comprar primera fila porque el resto de la sala, general y preferencial, estaba vendido.

Al salir de las salas, muchas familias con bolsas llenas de compras, otra vez filas en los restaurantes, más fila para que nos dieran el tiquete de salida del parqueadero, otra fila para salir del parqueadero. Impresionante. Si creía que la experiencia del centro comercial era porque a la gente le gusta salir a gastar la plata que no tiene, pues dos actividades más de semana santa me dejaron con la boca abierta. Primero, ir al centro fue una total pesadilla, gente y gente y más gente caminando, comprando pendejadas, miles de vendedores ambulantes, parecía un escenario de una capital árabe o india. Que viva el tercer mundo congestionado y caótico.

El centro, bueno era de esperarse, estaba el Señor Caído en la Catedral Primada. La gente que debería estar haciendo desorden, rezando y demás en Monserrate estaba abarrotando el centro de la capital. Lo otro que me sorprendió fue ir al club de mis tíos. A mí el plan de club me parece chévere, pero pues detesto que Arrayanes siempre está lleno y toca pedir turno hasta para ir a orinar. Pensé bueno pues rico Arrayanes sin gente. Pobre mi mente obtusa, los ricos también se quedaron en la ciudad y estaban gastando a manos llenas en su club. Impresionante, la piscina, el campo de golf, los bolos, los restaurantes, las canchas de tenis, todo, absolutamente todo estaba lleno.

Entonces me pregunto yo, dónde está la crisis. No hay, nos mienten los medios. Hay pero la gente no la quiere sentir. No hay porque eso es complique de los bancos o de los realmente pobres. Hay y la gente no se quiere preparar para afrontarla. No entiendo

miércoles, 8 de abril de 2009

Ojalá tuvieras el culo más chiquito


Me agaché a tomar una foto de la hilera de árboles que sirven de calle de honor a los estudiantes que entran por la alameda principal. Me dieron ganas de llorar. Nunca antes había admirado los pliegues de las cortezas. Nunca había pensado siquiera un segundo en las apretadas hojas de maleza que salían por los rotos del concreto. Nunca había reparado en los pies de los demás transeúntes, unos con cotizas, otros con zapatos de la última colección, algunos más con sandalias y un par de desquiciados descalzos. Nunca había reparado en la simbología de lo urbano. Nunca había visto que otros personajes acompañan nuestro devenir académico, pájaros, hormigas, perros, cucarrones y una singular gatica pasaron por mi lado en cuestión de segundos.

Me paré nostálgico, el mundo pasa por mi lado y los libros no me dejan ver más allá de sus letras. El alcohol me distrae los sentidos y cubre de neblina mis ganas de conectarme con el mundo. Mi corazón, siempre emproblemado, se fija más en las figuras humanas que en las demás criaturas de la naturaleza. Mi mente, demasiado racional, no es capaz de dejarse llevar por un instante a detectar lo curiosa que es la creación arquitectónica.

Me senté en un escalón de cemento, saqué un cuaderno, comencé a escribir unos versos. No pude, mi mente, mi corazón, mi alma no están conectadas. Necesito ponerlas a trabajar en armonía. No puedo comer, últimamente no tengo apetito. No puedo tomar, apenas son las nueve de la mañana y a esta hora todavía no venden licor. Necesito energía. Con una molesta cotidianidad busco la cajetilla de cigarrillo y el encendedor, cojo un cigarro que está arrugado, me quedo mirandolo, parece un pipí flaquito. Me dio risa pero no lo prendí, me dio pesar, sentí pena por los hombres con los pipís chiquitos. Después de la sonrisa volvió la nostalgia. Necesito un porro. Esculco, no tengo.

Caminar, eso también puede servir, me pongo a dar vueltas sin rumbo fijo, otra vez demasiado desconcentrado para fijarme en el mundo. Mis pies siguiendo una orden extraña se dirigen a la esquina en la que siempre está mi hermano y sus amigos hippies, ellos deben tener un porrito. No me demoré 5 minutos en conseguir lo que ellos calificaron como el cannabis de mejor calidad. Nuevamente me puse a caminar, de vuelta al escalón de antes. El sol mañanero alumbraba su desnivel y estaba protegido por la incipiente sombra de un urupan, si me daba mucho calor, estaría allí para deleitarme con el frío bogotano.

Lo prendí y di dos sorbos fuertes, como si quisiera acabar con los cinco centímetros del cigarrillo en menos de un minuto. Por qué diablos se demora tanto en hacerme efecto. No entiendo, debo haber perdido experiencia. Sopla un viento suave, frío, refrescante, aprovecho su triste susurrar y en el tiempo que me fumo un pielrroja termino con mi porro. La brisa me empieza a tambalear, el sol me ciega. Cierro los ojos y veo una explosión de colores pasar por mi mente, me embargan los corazones, quiero gritar pero no tengo voz.

Algo vibra, me da ataque de risa de pensar en el comercial de la emisora, pero no creo que sea mi corazón el que dejó de latir. El movimiento se siente con más fuerza en mi pierna. El celular, qué putas querrá Jaime en este momento, estoy ocupado. Se cuelga, otra vez me da risa, me lo imagino furioso escuchando que su llamada ha sido transferida al correo de voz. Intenta otra vez, ahora sí le contesto, si no lo hago esta noche no podré disfrutar de su cuerpo. Me dice dos pendejadas, odio los hombres intensos. Me dice que me ama, me da risa. Me pregunta que si lo amo, me da risa. Me pregunta qué me pasa. Me quedo mudo unos segundos. -Ojalá tuvieras el culo más chiquito-, le digo entre dientes. Se pone furioso, me cuelga y yo me pongo a pensar en su culo, transfiguro su cara y por alguna razón ahora tiene el rostro del marrano de mi alcancía de cerámica. El hueco de las monedas es su culito, sólo que ya no es redondo, ahora parece un CD con hueco en la mitad y lo demás plano.

Música, necesito música. Dónde hay un puto CD cuando uno lo necesita. Pienso en mi iPod, hoy amaneció descargado, culpa de mi hermano. Maldito mi hermano, siempre hace las cosas mal, si no fuera por él yo no estaría viendo colores en mis párpados. Música otra vez, me acuerdo de la iglesia y del conservatorio. Ninguno está cerca, ninguno me gusta. Me levanto y siento que el desayuno se me va a devolver. No importa, como decían los Romanos, lo que no sirve que se quede afuera. Otra vez la vibración, otra vez Jaime. -Amor, ¿estás bien?-, pregunta. -Amor estoy loco-, respondo. -Amor te amo-, dice. -Amor yo quiero escuchar música- replico. Me dice una cantidad de cosas extrañas, se queda callado, debe estár esperando una respuesta. -Amor, hazme el amor- le digo. Otra vez se emputa, me dice que él siente que yo sólo lo quiero para sexo y me cuelga. Sexo, maldito sexo, me dieron ganas. Me pongo a correr y como el encuentro con mi hermano, accidental pero necesario, llego a la capilla.

Tengo una increíble voluntad de gritar contra los curas, contra las monjas, contra Jesús, contra los judíos que mataron a Jesús, contra la Santísima Trinidad, contra Buda, contra Oxum y Olodum. La música me llama, entro y me siento en un rincón oscuro. Otra vez los colores, otra vez las ganas de vomitar. Qué pensará el Espíritu Santo si le vomito su hogar, yo creo que me perdona, para eso está. Me gusta la oscuridad, la oscuridad es positiva. Jaime me dejó con ganas, qué fue lo que me dijo, no me acuerdo. Me dan ganas de agrandarle el culo para que en vez de CD parezca DVD, con más capacidad. Me toco y estoy parolo y mojado, a qué horas. Maldita sea me dan unas ganas enormes de venirme. Qué pensará el Espíritu Santo, a todas estas el onanismo está prohibido en la ley de Dios. No me importa, él me va a perdonar, para eso está. Me empiezo a tocar, me dan ganas de tener a Jaime aquí y demostrarle lo que es bueno, de lo que se está perdiendo. Se me tuercen los ojos, los abro, no veo nada, me quedé ciego como Herodes, qué gran chiste Dios, si eso es lo que quieres, pues bien, entonces te voy a llenar tu casucha de un poco de semen.

Una mano, la derecha, la de los conservadores, se ejercita de arriba a abajo mientras la otra hace caricias leves en las tetillas y las güevas. El coro sigue cantando, como si nada, igual no hay nadie más, deben estar ensayando. Me quiero venir, pero no sale nada, es culpa del hijueputa cannabis, que me retrasa siempre. Me embaracé o me está llegando la menopausia, no me sale nada de mis genitales. Trato con la cabeza no más, como le gusta a Jaime, con movimientos suaves desde la base. Nada. Dios déjame tener un tris de placer, ya te quedaste con mi visión. Abro los ojos otra vez, ya puedo ver, entonces debe ser que me va a quitar el placer. Maldito Dios, siempre haces las cosas a tu manera. De pronto un chorro de esperma sale disparado del orificio de mi pene, unta una banca, el piso, el pedazo de espuma para poner las rodillas. Los ojos se pierden en sus órbitas, la mano se queda quieta. Mi cuerpo uno, Dios cero. Cierro el pantalón y salgo corriendo, atravieso la universidad, parezco gamín de Medellín buscando escondedero de a peso. Me acuesto un pasto soleado y me quedo dormido.