martes, 17 de enero de 2017

El gusto es mío

Apenas unas cuadras nos separaban del mar, llovía y nosotros nos quedamos viendo el frente frío desde el pequeño porche del Parque Coyula. El chaparrón no dejaba que se conectara y yo tenía ganas de contarle de mi día, la verdad es que lo que yo quería estar era en sus brazos. No nos habíamos visto pero los dos moríamos de emoción de sabernos juntos. Ese día logré tener internet apenas un par de minutos y pudimos apenas sentirnos un poco en la distancia. Le conté de mi día, admiró mis fotos, me dijo que quería enredarse en mi barba y le dije que estaba esperando volver para besarlo.

Se había vuelto parte de mi rutina, cada vez que aparecía yo sabía que tenía un par de minutos para sentirme a su lado, hacerlo reír, conocer sus intenciones y apenas mandarle un besito. Ese día estaba en la oficina, esperando un par de correos. La vida se nos había vuelto tan aburrida, nos pagan por ser correveidile de la peor manera. De vez en cuando, como esa mañana, recordaba que la única forma que escuchara algo de mí era compartirle una canción en una nota de voz. Su primer mensaje fue para recordarme que le encantaba que le cantara la oído y el segundo para hablarme de todos los turistas deliciosos que había visto en la playa antes de que empezara a llover. Me hizo reír por un par de minutos y después hablamos de asuntos más serios. El primero era planear nuestra primera cita, el segundo contarnos secretos íntimos.

Teníamos ganas de vernos tan pronto como fuera posible. En ese frío que estaba haciendo yo le propuse que nos diéramos una ducha, sin morbo, sin sexo, solo acompañarnos, darnos calor con el agua hirviendo. También a él le gustaba el agua que deja roja la piel y abre todos los poros del cuerpo. Él propuso dejarme bañar mientras se sentaba en el inodoro a verme lavarme, quitarme de encima el polvo guardado en medio de los caminos.

Me dijo que tenía ganas de agua caliente y hablamos de que cambiáramos todos nuestros planes y más bien nos bañáramos. Le propuse que llegara a mi casa, empelotarlo y verlo desnudo bañarse. Como es de rico ver a un hombre quitarse la ropa, entrar en ese estado vulnerable previo a la ducha, escucharlo gemir con el primer chorro de agua caliente y verlo ahí amarse, darse calor, pasar el jabón por la piel y que cada movimiento se convierta en un baile de vapor y agua. Maravilloso.

Antes de que se fuera me pidió que le hiciera un favor, traerle los recuerdos de varios hombres grabados en mi cuerpo. No era una tarea fácil, en Cuba los hombres parecen inaccesibles, nadie puede tocar nada. Por un lado, es turismo de familias, pura clase media alta latinoamericana que se cree izquierdista pero teme el olor del comunismo cuando se acaban sus privilegios, la social bacanería. Los pocos gays que se ven en la calle están buscando diversión a vuelta de dinero y yo no estoy para trotes de esos. Esta noche voy a un bar, le conté, estaré las famosas Escaleras del cielo y allá espero cumplir con su promesa. El caso es que eran las 11:30pm y yo seguía embelesado hablando con él, me refería a sus besos retrasados como mis inversiones.

Me dijo que cada beso que quedara en el aire sería una inversión. Yo le decía que las ganancias se contarían en besos en los oídos o en susurros en la madrugada. Antes de irse le dije que aprovechara la vuelta para conseguir un mancito que le enseñara algo más de lo que ya sabía, quería sentir en su piel el olor grabado de él y de otro hombre, del salitre y de la suciedad del camino. Era una forma de decirle que conmigo la vuelta no podía ser a las malas, tenía que ser a las buenas, cada quien con su vida, ambos compartiendo la nuestra. Las conversaciones que teníamos eran distantes en el tiempo, cada vez que me escribía sentía esa misma emoción lejana que daba recibir una carta en el correo.

La señal estaba intermitente. Era como hablar por radio teléfono. Me copiaba, le escribí para pedirle una canción de Carlos Vives para poder cambiar el mood, me sorprendió que a tan pocos kilómetros de Colombia aquí ese señor no se oyera en ningún lado. Me habló que uno de sus discos favoritos era de un jugador de fútbol convertido en sambista cantando en la Plaza de la Revolución. Me senté por minutos a esperar sus mensajes y escucharle la voz. Le conté que me había dado besos con otros hombres pero que no había tenido tiempo de impregnarme de su olor.

Me pareció tierno que quisiera cumplir con su palabra y se hubiera dado besos con otros hombres. Le mandé una canción de Carlos Vives cantada por mí y le dije que si había algo que me hiciera pensar en Cuba, a parte de él, era esa belleza de canciones que el señor Diogo Nogueira había cantado bajo la estela del Ché. Hasta ese momento, no se me había ocurrido nunca que a la Plaza de la Revolución también la protegía una gigantesca imagen del Ché, como a la plaza Santander en la Universidad Nacional y recordé por qué Colombia siempre será un país tercermundista, hasta para rendirle tributo a la lucha por libertad hay que hacer las cosas en pequeño, nada puede ser grande ni majestuoso.

Me robaron la billetera y me sentía absolutamente indefenso en Cuba, casi sin acceso a internet era un lío logístico bloquear las tarjetas y cuidar que mi identidad no fuera mancillada en la isla. ¿Ir a la embajada? ¿Para qué? Si Colombia al menos tuviera un sistema diplomático decente, nada que hacer, caminar al parque, conectarme y aprovechar los minutos de desespero para escribirle. Le dije que mi vida parecía una serie en Netflix, con capítulos largos, como este interminable paseo a Cuba, y le insistí en que él sería uno de los capítulos.

Uno de los capítulos, tan ridículo. A mí no me pone al nivel de cualquier personaje de segunda en una serie que nadie sabe qué tanta gente ve, no lo he sido de nadie, mucho menos de él. Iba manejando y no había suficientes semáforos para leer toda la aventura que había sido ser robado en una extraña isla donde todo parece controlado y donde el tiempo, según él, paró hace tiempo. Le dije un par de palabras y le mandé otra canción, ni pude ofrecerme para bloquearle nada pero le dije que podría usar mis buenos oficios si eran necesarios. Uno nunca sabe.

Afortunadamente, ya se estaba acabando el viaje, por suerte no me habían robado el celular, podía seguir comunicándome con el mundo. Lo que es mucho decir porque apenas unos días antes de viajar a Cuba fui a dar una vuelta por Chapinero y allí había perdido mi teléfono, lo cual demostró ser una desgracia de talla mayor, con números refundidos y con la obligada necesidad de dejar atrás a iPhone y pasar a un aparato diseñado y fabricado en China. A qué horas China se había vuelto tan importante. Organicé la maleta y casi arrastrándome fui al parque a recordarle el vuelo y la hora de llegada.

Ofrecí recogerlo antes de su desgracia y la mantuve ahora que sabía que estaba simplemente varado en el mundo. Como cualquier otra vez seguí la ruta de su avión y supe el momento exacto en que aterrizó, segundos después recibí sus primeros mensajes y leí con asombro el amor que sentía por el capitalismo. Arranqué para el aeropuerto con la certeza de verlo a la llegada.

Ojalá el baño sea tan maravilloso como llega de nuevo a la civilización. Tener internet, ver gente vestida de acuerdo a su personalidad, comer lo que uno quiera, hacer el amor. Que dicha verte Bogotá, quién habría pensado que yo sería capaz de pronunciar tales palabras. Mis maletas demoraron suficiente para que él tuviera que esperarme frente a la salida internacional. Ahí estaba, con un chaquetón azul y una sonrisa en sus labios. Un gusto, por fin nos conocemos.

Salió con cara de cansado y ojos de sueño, menos mal que nos propusimos solo tomar una ducha. Hola, gracias, el gusto es mío.

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