lunes, 9 de mayo de 2016

Esto y lo otro

A las casas del llano las podíamos reconocer desde el aire, años atrás alguien había inventado traer un DC-3 lleno de pendejadas y desde entonces habría sido imposible no hacer una competencia por quién tenía más extravagancias en la mitad de la sabana. Por supuesto, nadie superaría jamás al General Arenas, con su larga narizota, que había encargado un piano de cola, lo había hecho traer por barco hasta Orocué y lo había subido hasta El Desecho y después a Venecia a lomo de mula. No, nada de eso, de repente habíamos llenado el llano de baños con cisterna y bidé, casas con ventanales y techos de zinc y Eternit. Toda una modernidad.

La primera vez que registramos un carro en la llanura vinimos todos a Corinto a ver el Wyllys bajarse de un avión, también creímos imposible ver finerías como las confiterías que llegaban a Las Brisas. De repente nuestra vida social volvió a la normalidad, sin interrupciones derivadas de las vacaciones y el trabajo de llano, en minutos, podía uno llegar, figúrate tú, a La Reforma, comerse unos chanchos asados y estar de vuelta en Santa Bárbara para la comida. Toda una maravilla.

Daba gusto ir a ese hato, es que los Morenos tenían tal aversión por la suciedad que allí no había peón que no estuviera de blanco inmaculado. Uno se sentaba al lado de Armando, que se echaba en un chinchorro y lo primero que este pisco preguntaba era si uno alcanzaba a ver el horizonte, con un esfuerzo uno trazaba una línea que separaba la redondez de la tierra por de capa eternamente azul del cielo. El viejo vivía debajo de esos mangos siempre que estaba en la casa y desde allí señalaba en un acento más rolo que el de cualquier Puyana que sus dominios llegaban hasta donde dieran los ojos, chatico querido, para arriba la sal, para abajo el ganado y los indios.

Siempre había mucho chicharrón allá, ni más faltaba que no, y plátano, yuca, papa. Para la navidad hacían un ajiaco que hacía lamerse los dedos. A mí me gustaba ir allá a encaramarme en las ramas de un guayabo, tan flexible como en todas partes y bajarle pepas hasta que me doliera el estómago. Los viajes antes de los aviones eran escasos, a veces de regreso a Sogamoso parábamos ahí para calmar una tos o tomar un descanso después de días de travesía, cuando la lluvia estaba muy recia en julio o cuando el verano no daba tregua a finales de enero.

Un día, después de tantas viandas y risas se nos hizo tarde, el sol ya estaba poniéndose rojo cuando fueron a prender los motores de la avioneta que nos iba a llevar de vuelta, llano adentro hasta Santa Bárbara. La travesía no era larga pero si caía la noche, en la inmensidad del llano nos íbamos a perder, con seguridad. Nos encaramamos a los tumbos, a los chiquitines no hubo tiempo de quitarles el cloro de los ojos de la piscina, las señoras no pudieron encerrar los canticos con propiedad, a nosotros, los adolescentes, no nos dieron ni pizca de probar alguna boca diferente a la nuestra, era la noche la cómplice que nos llevaba a los corrales o a los cuartos de las sirvientas.

Se quedó hasta la fiambrera que había llenado con tungos, me dio tanta rabia saberlos perdidos en esa casa donde nadie les daría un cariño, mucho menos un mordisco. Los motores nos llevaron a paso de apure hasta el punto donde deberíamos dar la vuelta, en frente el cerro de la virgen del Cravo, allá abajo donde aparece el Canacabare, pero ni rastros de la mata de monte que se le hacía al lado, nos volcamos todos a las ventanas a ver si reconocíamos algo. Si mis ojos no me engañaban a las 3 del piloto estaban el molino de La Victoria y su característico tanque rojo. Mi papá me regañó, siempre era así, si nos íbamos allí y no era habríamos perdido tiempo y gasolina. No, hombre que yo no proponía eso, solo usar esa casona tan conocida para seguir el rumbo entre el Cravo y el Seco para llegar a la pista de Santa Bárbara.

No daba el tiempo, ya se ponían los últimos rayos del sol de los venados, y ya empezaba a sonar por encima del motor los sonidos de los matorrales nocturnos, ni un aullador se escuchaba ya. Camine, córrale, por donde dijo el chino Rafael, a ver si llegamos. A Héctor la idea le pareció excelente, al piloto, un chato del que no recuerdo el nombre, le pareció que no había opción y papá se tuvo que callar y sentar allá adelante haciendo malas caras.

Mi preocupación no era que el plan no fuera a funcionar, claro que iba, el lío era que la gente no se acostara temprano porque íbamos a necesitar una luz de vela a lo lejos para poder localizar la casa, era la única forma de acertar un aterrizaje a esas locas horas de la noche. Seguimos en esa extraña línea recta que llevaban las matas de aceite y de moriche, hasta que allá al fondo alguien, no fui yo, tampoco podía ser el héroe siempre, vimos una lucecita prendida. Para allá encaramamos el avión, que fuera Santa Bárbara, que fuera. Aterrizamos en un claro que no era la pista, juemíchica, el regaño que me esperó.

Papá cálmese, esta es la mata de las guarichas, aquí cerquita está la casa, ya va a ver. Es que usted es muy terco, cree conocer esta tierra como yo. Pues claro, hombre, la cerqué a sol y lluvia, todos estos palos son míos, va a ver. Camine más bien, que el sereno lo va a coger, o pior, nos silba alguien por ahí. Las luces que veíamos al aire no eran de Santa Bárbara, debían ser marisqueros, pero sí, llegamos a la casa. El regaño pasó para la chinita, que por qué se había dormido, que las camas estaban mal tendidas, que teníamos sed, que esto y lo otro.




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