martes, 1 de marzo de 2016

La tarde estaba gris, las cumbres de los cerros estaban cubiertas por esa bella neblina que en Bogotá casi siempre significa lluvia y frío. El parque todavía estaba en pleito y por eso apenas lo íbamos a estrenar. Los vecinos, nacidos en una burbuja que desprecia a la ciudad porque no la conoce, se habían opuesto al festival porque llenaría de frituras y conflictos un sector residencial, sí, esa constante ridiculez bogotana que quiere la ciudad pero la quiere lejos. El pasto estaba finamente cortado, olía a kikuyo recién podado y cuando llegamos los grupos, familiares, de amigos y de amor, ya estaban encima de sus mantas, rodeando sus viandas.

Era un bonito espectáculo. Se presentaba ante nosotros la Big Band, un ejercicio musical bellísimo que hacía gala de las mejores tradiciones musicales del río Misisipi, ah cosa bella. Lástima que ninguna de las canciones era de las orillas del Magdalena, de esas que Lucho Bermúdez interpretó a comienzos del siglo pasado. Después venía la gran presentación de la noche, por primera vez en Colombia estaría Hermeto Pascoal. Y ustedes no saben la dicha que a mí me daba ver a ese hombre que había hecho montajes locos en cada uno de los conciertos anteriores.

La psicodelia de la tarde empezó con la compañía, estaba con una de mis únicas amigas venezolanas y más tarde nos encontró una trieja de hombres maravillosos. A uno ya lo conocía, era una especie de compañero musical, nos compartíamos canciones y espacios musicales; los otros dos eran nuevos para mí, mucho más guapos que el primero, resultaron en el largo alcance más queridos.

Nos sentamos, como los demás, sobre lo más caliente que teníamos y nos dimos amor conjuntamente. A mí me correspondió arrunche con la panita y ellos entre todos se dieron besos y se hicieron caricias. Había uno muy alto y narigón, bellísimo, otro más bajo pero con el tipo de cuerpo que a mí me atrae. ¡Cuánta belleza a nuestro alrededor!

La música no detuvo la lluvia y después de estar en el patio, nos tocó movernos al tejado. Reímos corriendo a protegernos de los goterones y llegamos a un pastizal más pisoteado pero igual de bello. No compartieron los besos pero sí nos dimos un par de chupones de un porro picado en una pipa azul.

El concierto acabó y con él se fue la buena energía del lugar, nos tocó apretujarnos a la salida, conseguir transporte público a casa fue toda una odisea. Llegué a casa obnubilado por la queridura de estas personas y tomé la molestia de agregarlos a Facebook. Ahí todavía los tengo.
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