viernes, 19 de febrero de 2016

Tocua

La primera iglesia la habían construido unos misioneros jesuitas que esperaban cortar el tráfico de mercancías entre la capital y Monguí. También, era una forma de redimir a las pobres almas en desgracia que erróneamente rendían tributo al sol. ¡Al sol! Unas mulas, esos indios. Una iglesia parecida, en tamaño e importancia fue construida con la puerta paralela a dos cuadras de la original y otra más en lo alto de una colina. Cada una tenía un campanario, una sola nave y un confesionario, no se necesitaba más en ese pueblo de paganos que se sentían centauros al andar por las planicies persiguiendo ganados, no había peor castigo para los curas que los mandaran a Sogamoso, ¡ah tierra complicada, gente bravía!

Ignacio, no podía tener otro nombre, había querido ser franciscano, es que era más bonita esa hipócrita opulencia pacífica de los frailes que las mentiras y las traiciones de los jesuitas pero su padre lo había prometido a un cura en su Extremadura natal y después de años recorriendo conventos en Europa y México lo habían mandado para este fin del mundo. Le tocó el país justo después de la regeneración de los jesuítas, la dicha de abrir cajones empolvados, mover puertas, oler a guardado, fueron buenos esos tiempos.

La primera iglesia se quedó pequeña pronto, había que demostrar que de alguna forma el valle reinaba sobre las montañas. Al principio pensaron hacerlo en la plaza fundacional, ese rincón empedrado de Mochacá. Después, con renuencia decidieron tumbar la que ya tenían y hacer otra allí, en la Plaza de la Villa, orgullo de ese pueblo republicano y masón. Cuanta desgracia podía vivir en un solo lugar. Se hizo un plano con tres naves y dos capillas misioneras, dos grandes torres -una para el campanario y otra para el reloj-, un gran altar y para rematar un vitral enorme de Nuestro Señor.

A Ignacio no le tocó la época de los indios, sí era cierto que por todo el piedemonte había aguajiba'os pero para ver a los de verdad, los empeloticos tocaba meterse llano adentro y él se había opuesto a pasar más allá de La Reforma. Se tuvo que tragar sus palabras, claro, porque en una travesía que él recordaría como el viaje al infierno, resultó yendo hasta El Desecho para convencer al general que le regalara el reloj, ese hueco en la torre sur se veía feo.

La gran iglesia se dedicó a San Martín, el de Tours, no el héroe de la revolución como a muchos les habría gustado. Para su inauguración vino el obispo de Tunja encaramado en una mula bellísima, bajaron gentes desde el nevado y subieron otros expectantes desde las orillas del Río Meta. Todo un espectáculo. En sus primeros años se dijo que era la iglesia más grande del mundo porque parecía imposible llenarla, no se imaginaban esos curitas cómo la gente no habría de caber ni siquiera en la Plaza cuando se reunieron décadas después para asistir a grandes eventos, como la boda de la reina Gladys o el entierro del doctor Julito.

El primer evento social que le tocó organizar a Ignacio fue un bautizo colectivo, los hijos del general serían todos dedicados al señor como era debido. Estaban los de los dos matrimonios, es que todos sabían que el viejo había matado de amor a su señora para irse con la vieja Armira pero nadie dudaba de que todos esos futuros príncipes tendrían un futuro brillante. Así fue, dicen, porque la mayoría terminó sus días lejos de Sogamoso y del Desecho.

Failache llegó a Sogamoso buscando fortuna y vaya si la encontró, hizo un rancho en las estribaciones cerca de Recetor y allá montó un fundo que resultó estar encima de unas minas de sal. Se volvió rico y con sus reales se disiparon las preguntas de su pasado. El acento italiano, como el de los Rosello que vivieron en Monguí le hacía ver más importante que el resto de los demás mortales, volvió al gran pueblo a establecerse cuando ya estaba viejo. Su nombre era motivo de habladurías, seguramente a ese hombre le gustarían las contranatura porque alguien tan buen mozo y rico no podía ser soltero. La verdad es que tampoco se le conocía un posible amante furtivo, en Sogamoso -y en el llano entero-, todo se sabía. Nadie, nunca, jamás, había despertado la menor duda, nadie había recibido la más insípida insinuación del hombre.

El cura español y el emprendedor italiano llegaron al pueblo casi al mismo tiempo y se hicieron amigos, ambos recordaron con terror la travesía en mar desde la civilizada y organizada Europa, las lomas de la Toscana donde ambos habían vivido, la angustia del calor que de repente los iba consumiendo a pesar de la fuerte brisa que los arrastraba, el horror de ver gente desnuda, la feura de los negros, el estado animal de los indios. Ambos habían buscado un lugar tranquilo y se habían reservado a este fin del mundo.

Después de que dijeran que era marica sin pruebas, a Failache le tocó enfrentarse a los comentarios que decían que en una guerra le habían cortado el miembro viril. El rumor no tenía fundamentos y de repente una puta recordó que lo había atendido una vez en el camino a Tibasosa -no vengan con cuentos, ese hombre la tiene tan grande que la sentí en las tetas cuando me la metió-. El rumor llegó al oído de las estudiantes del Colegio de la Presentación, las niñas hacían rodeos para pasar por su casa, las solteronas se apuraron a organizar bailes, le hicieron cortejos.

La vida era cómica de esa forma, no se enamoró de una local. Mejor, sí, pero no. Es que le gustó una señorita Rosello, mona como el sol que los paganos adoraron en ese valle, la tal era guapa pero ensimismada, no había escuchado jamás del adminículo viril del hombre este y le gustaba era aferrarse a los libros, pasaba largas horas en Venecia esculcando la biblioteca con permiso del general. El cortejo empezó con una invitación a tomar té y siguió con cartas y serenatas en la ventana. Gran dicha tenía esta gente por ver que pronto habría boda. La verdad es que a ella los escritos del paisano de sus ancestros no le era indiferente y leía las cartas con ansias.

Hubo compromiso y se llenó de flores el pueblo para celebrar tan magno compromiso, los italianos se iban a casar en Boyacá. La iglesia se decoró con grandes velos blancos y se pintaron todas las fachas de la plaza, se sacaron a los niños de las bancas, se hicieron adornos y vestidos. Ignacio preparó a los novios en las implicaciones del matrimonio y un par de monjas le explicaron a la niña cómo el hombre, bárbaro como siempre, la penetraría y la haría sangrar. Esas pobres monjas tan faltas de imaginación.

El día del matrimonio Ignacio recogió al novio, para que no se volara, en la casa y lo llevó en un caballo hasta la Casa Parroquial. La novia se preparó y pidió que la dejaran un ratito a solas, quería leer algunas palabras antes de entregarse al marido, las monjas le habían dicho que una mujer casada no podía leer ni dedicarse a las letras, que tenía que estar para el marido, sobre todo para penetrarla, esa acción que las novelas describían como algo delicioso y las religiosas habían descrito como el propio acabose.

La noticia llegó a las bancas de la iglesia antes de los primeros mensajeros, la novia se había volado. Prácticamente todos la supieron antes de que pasaran los 15 minutos reglamentarios de espera que por cortesía se ofrece a las damas. El novio estaba muy nervioso, de pie frente al altar, sintió que una eternidad pasó a su lado y cuando sonó la multitud en la plaza pensó que había llegado su hora. Apenas era el carruaje con el padre de la novia que había venido a dar la cara, la desvergonzada se había ido vestida de blanco a dios sabe dónde.

No hubo risas como uno habría esperado. No hubo más que un grito ¡Esto me pasa por tocua! que retumbó en los consecutivos arcos de la iglesia mientras él se escondía avergonzado en la casa parroquial.

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