miércoles, 23 de marzo de 2016

Invisible

El chaparrón los tomó a todos por sorpresa, tanto que al instante varias cabezas asomaron por las ventanas. Era el milagro de la vida, después de tantos días de amagues, después de tantos meses de sequía, esos goterones se recibían como una fiesta. Los primeros en asomarse eran la pareja del cuarto piso, recién mudados, estaban cuidando unos helechos en su ventana que se apresuraron a quitar para evitar que los primeros pepazos del granizo dañaran. Él estaba con calzoncillos rojos y ella tenía puesta una batola indígena, ambos se veían calientes y contentos. Les siguió el de las cortinas blancas, desde las 6 de la mañana, todos los días cada veinte minutos ahí estaba él, fumándose un cigarrillo, a veces la colilla que lanzaba tenía suficiente tabaco para que yo le diera dos o tres aspiradas más, a veces era un filtro solitario que se escurría por las alcantarillas; esta vez no vino con cigarrillo sino con el ceño fruncido, se le notaban las ganas de compañía, él no era bueno en los dotes de conseguir una chica y mantenerla, muchas noches vi su silueta con alguien más pero eran visitas efímeras que no duraban más de reglamentarios 45 minutos, tiempo máximo que él podía alejarse de la ventana. Por estar concentrado en él no había visto a los viejitos empelotos del último piso, la última vez que había andado empeloto me había ganado una paliza de un policía, no era mi culpa, había quemado los pantalones en un intento desesperado por mantener el calor, no había sido intencional, claro, se los había consumido una fogata que por poco y me mata, en el pulgar derecho me quedó la marca del botón hirviendo que me quité a trompicones para salvarme. Los viejitos vivían en un invernadero, como el que tenía mi abuela en la finca, allí se la pasaban mascando cosas y gritando groserías por la ventana, detestaban con ahínco que orinara en el poste -entonces qué hijueputas, ¿me meo encima o qué?-. Era nuestra pequeña rutina. Al doctor del balcón con las sillas lo saludaba siempre que salía con su uniforme verde y su carita de pendejo, a veces me soltaba una moneda, a veces le pedía que parara en la droguería y me comprara una bolsa de leche, es que para uno es muy difícil a veces comprar, a mí no me dejaban entrar ahí ni por equivocación. Él se había asomado con una taza humeante, qué no daría yo por poner mis manos alrededor del pocillo y sentir ese escalofrío que sube por la piel, que acaba por encoger esta espalda que hace tanto tiempo dejó de sentir. Los de las ventanas se fueron escondiendo, uno a uno, me quedé solo otra vez, me puse encima dos periódicos que había guardado para esta lluvia que se venía desde hace días y encima de ellos puse una bolsa plástica que le robé a un chino ahí bajando el semáforo, quién lo manda ponerse a vender pendejadas en mi esquina, que busque la suya propia. Cómo diablos terminé aquí, conversando con fantasmas a través de las ventanas, cómo fue que de repente el mundo se me vino abajo. No fue el vicio, eso siempre lo controlé, no fue el desamor, eso nunca tuve. Por qué putas me perdí en esta ciudad que me conozco todita pero que no soy capaz de recorrer, cómo hago para recoger mis pasos y volver a ver una sonrisa amable, una cara que no sea de desprecio, cómo hago para volver a sentir, lo que sea, dolor, hambre, desespero. Es que vivir aquí es muy difícil, en este interregno donde uno no es nadie, termina uno convencido de que uno vale tan poco como cada uno de los demás seres humanos se apresura a contarle a uno con una palabra, con una cabeza que busca desesperadamente otro punto que no sean los harapos sucios que uno lleva encima, con la ventana cerrada del carro, con el pequeño piso en el acelerador que lo quiere atropellar a uno, que lo vuelve insignificante, invisible. Ninguno me vio, todos volvieron a sus matas y sus televisores, sus camas y sus bebidas calientes, así es siempre, así es todo los días, así solo me quedan letras, pensamientos y un cuerpo que, a pesar de los aporreos, se resiste a darse por vencido, a cansarse a morir.

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