lunes, 4 de enero de 2016

El burro

Todo empezó en una fiesta, el bar quedaba sobre la carrera 15 y allí nos reuníamos hombres a bailar en la oscura noche de Bogotá, al lado había una tienda de ropa de un diseñador que patrocinaba noticieros y era a pocos pasos del Parque El Virrey. Él había venido con nosotros pero yo no lo había siquiera determinado. Bailamos un reggaeton, no podría decirles cuál, y su movimiento de caderas pronto me conquistó. Su principal problema era que tenía un nombre feito, esto de ser snob es muy complicado. 

Resultó que había llegado con nosotros porque también estudiaba en la Nacional y también había compartido en el Freud y en Stonehenge; realmente no recordaba su cara pero confié en que fuera un efecto de la marihuana mi falta de interés por este personaje. Lo invité a un café y resultamos viendo los techos en la terraza de posgrados de Humanas. Desde ese día empezamos a parchar un montón y nos pusimos apodos, a mí me empezó a decir burro. En pocos meses, por los pasillos de Humanas, en especial los manes de psicología me conocían así. No fue algo bonito. 

No asumimos el amor como algo sexual, más bien nos dedicamos a conversar horas. Un día nos fumamos un porro y él se sentó encima mío mientras yo estaba acostado en el parquecito del Museo de Arte. Ay, él sintió las ganas que yo le tenía y las disimuló bien pero al día siguiente me hizo saber que él también tenía ganas. Estábamos tomándonos un café en el León y bajamos corriendo las escaleras al baño para darnos una mirada. La mirada derivó en varios besos y un corre-corre por toda la universidad buscando un lugar solitario para continuar la faena sin los ojos de extraños. 

Resultamos en el baño de diseño, toteados de la risa. Para los que no conocen la Universidad Nacional, diseño queda en la entrada de la 26, al lado de posgrados de economía y del museo de arquitectura. Los baños son antiquísimos, o eran en esa época, y uno de sus mejores referentes es que los muros que separaban los inodoros no tenían más de un metro de alto, esto quiere decir que a la gente no le gustaba ir allá porque casi todos iban a ver sus vergüenzas. Perfecto, quién iba a pensar que en ese lugar nos iban a interrumpir, nadie. 

Llegamos con ganas de darnos besos por todas partes y pronto descubrimos que ese lugar también era usado por mucha gente para pasar droga. Ya estábamos ahí, los demás estaban llevados, qué más daba quitarnos la ropa y hacer lo que veníamos a hacer. Lo hicimos ahí, frente a todo el que entraba, en efecto nadie dijo nada, nosotros tampoco parecíamos estar pendientes de los demás transeúntes, finalmente ¿qué nos iban a hacer? ¿echarnos de la universidad? No hubo mucha adrenalina ni tampoco mucho compromiso, solo ganas, ganas. 

Descubrimos pronto que la universidad sí estaba llena de lugares desocupados: las aulas abandonadas de economía, las destrozadas de biología, las selladas de agronomía, las cajas de tenis junto a la concha, la misma concha, el bosque al lado de geología, muchos baños de ingeniería, genética y hasta algunos rincones de medicina. Solo nos bastaba un mensaje de texto para encontrarnos y desencadenar una conocida rutina de besos y caricias. Como toda rutina pronto se nos acabó la energía y de repente dejé de ser el burro y volví a mi nombre de pila. 

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