lunes, 2 de noviembre de 2015

Miedo

Miedo de ti, claro. De tus locuras, de tus palabras, de tus curvas, de tus gemidos, de tus besos. Miedo.

-Miedo de qué-, me preguntó Juanita apenas me vio.
- Miedo de qué-, le respondí.
-Miedo de mí, claro, se te nota cada vez que me miras a los ojos-.
-No es miedo-.
-Claro que sí, tienes miedo de mí porque tienes miedo de ti-.
-Cómo voy a tener miedo de mí si eres tú la que dices que a veces parezco inexpugnable, que me siento allá arriba flotando, miedo de mí no es, es a ti a quién temo-.
-Miedo de ti, obvio, sabes que la vas a cagar, que me vas a llenar el corazón de razones y la cabeza de emociones y en ese momento, cuando estés pleno y satisfecho con tu obra vas a salir corriendo, tienes miedo porque eres un cobarde-.
-No me quiero ir-.
-Pero te vas a ir porque sabes que tu ego no te dejaría vivir con tu creación, vas a tener que salir a buscar otra, a hacerle lo mismo-.
-Que cantidad de cosas locas puedes decir por minuto, me aterra-.
-No son locuras, o de pronto sí, pero tu personalidad no te deja ser, tu personalidad no te deja estar. Deja de tener miedo de ti, deja de tener miedo de mí-.
Se acercó, metió la mano en el pantalón, justo donde están la cremallera y el botón y me jaló, como me gusta que me acerque así, me siento violentado y profundamente deseado, me puso las caderas justo al lado de las suyas y se movió con esa sensualidad que solo ella podía derramar. Miedo, que miedo iba a tener de mí, miedo era de que ella me embaucara, me hiciera justo lo que acababa de relatar. Me dio un beso y la interrumpí.
-El que las usa las imagina-, susurré.
-De pronto, miedoso-.

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