jueves, 9 de julio de 2015

Con lo difícil que es

Empezamos a hablar hace tantos años que no podría contarlos con certeza. Nos vimos por primera vez en una estación de buses, los dos nos quedamos mirando y sonreímos como si fuéramos amigos desde hace tiempo. La sonrisa siguió a una conversación cualquiera que continuó con una cerveza en la terraza de un centro comercial adjunto. No estoy seguro de qué hablamos pero recuerdo que mencionamos a Harry Potter y del viento helado que corre en las noches decembrinas, de esos que hacen que las señoras recuerden el desierto que atravesaron María y José para llevar a Jesús a la casa de David.

Por supuesto, era época de natilla y buñuelos, resultamos andando por los maltrechos andenes de la avenida que desembocaba en la mole de ladrillo en la que estábamos encaramados y con el rumbo fijo, la panadería famosa por los buñuelos. Cómo me gusta eso de Bogotá, la gente sabe que en tal lugar de Cedritos hay unas buenas empanadas, en tal negocio de la 45 está la veci vendiendo sus famosos sánduches y que el mejor pan hojaldrado se compra en El Tintal, allá cerquita a donde se acaba el Río Funza. 

De repente nos encontramos con eses terrible predicamento, íbamos o no a darle rienda suelta a las hormonas, que después de un chocolate y muchos buñuelos se habían calentado. No, yo nunca he sido moralista para decirle que no al sexo a primera vista pero cómo habría uno de explicarle a un extraño que las tradiciones morales no habían hecho eco en mi cabeza. ¡Promiscuo pero con vergüenza! Ese siempre fue, obvio, mi eslogan.  

No tanta, aparentemente porque nos metimos en un lugar clandestino de mala muerte, rodeados de putas y taxistas en otros planes. Nos dimos besos, nos hicimos pocas caricias y de repente, sin ropa lo penetré. Sin pensar en él, por supuesto, pensando como un japonés me masturbé en su cuerpo y cuando estuve satisfecho me acosté a dormir a su lado. Apenas recuerdo los calzoncillos blancos que estiraban su figura, nada más de esa noche pasa por mi cabeza, un fantasma. 

A la mañana siguiente, me recriminó, con un beso, lo brusco que había sido y cuánto le había dolido. Gallina, pensé yo, en principio no había hecho nada diferente a lo que estaba acostumbrado a hacer. Tomamos un bus y nos despedimos en una mañana con resolana, de esas fuertes que hacen en Bogotá. Llegué a mi casa y después de ducharme sentí un terrible escalofrío. Le dolió porque no había pensado en él, no hubo una sola caricia que recorriera su cuerpo para conocerlo sino apenas para acercarlo al mío, no hubo un momento en que sintiera la calentura de su piel ni el roce adecuado de mis labios con sus pelos. 

¡Esa era la costumbre! Carambas, algo no estaba bien. Con lo difícil que es, me puse a indagar y sí, había un dejo de brusquedad y lejanía que varios amantes previos habían sentido. Ninguno, claro, había sido capaz de decirlo sin pena, como si fingir que habían sentido profundos orgasmos para mi satisfacción personal fuera más importante que el reconocimiento de que el placer del cuerpo propio y ajeno son igual de importantes. 

Llevo años de prueba error, de tratar de entender el cuerpo del otro y de entender también el mío. Sé cómo llegar al éxtasis con que apenas me pasen las yemas de los dedos o las puntas de la barba por algunas áreas de mi cuerpo. Aprendí que eyacular más no me hacía más macho, era tomarme el tiempo para explorar cuáles eran las cosquillas perfectas, dónde el retorcijón de la espalda era más profundo y cuándo la verga se mojaba con más intensidad. 

Un solo comentario hizo que mi actitud cambiara, no es fácil admitir que algo no nos gusta, mucho menos simple es reconocer que hay que cambiar. 

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