domingo, 8 de noviembre de 2015

Me voy

El cuarto tenía una forma rara, en L. Era la segunda vez vivía en un espacio así, la primera, había sido un amplio altillo al que le crujía el cielorraso con el sol de la tarde y al amanecer con el viento frío que corría desde las montañas. Estaba en una casa vieja, en el centro, en una calle empinada con los andenes rotos y una alcantarilla que, durante los dos años que estuvimos ahí, nadie arregló. Estuvimos, digo porque era nuestro espacio. La segunda vez era sin ti, y me daba un poco de angustia pensar que justo el espacio en el que tú hacías falta tenía una forma igual aunque no idéntica del espacio en el que nos vimos juntos.

El techo esta vez apenas estaba cubierto de pintura blanca, pintura que yo mismo había puesto para reemplazar esos horrorosos colores crema y verde-seguro-social que tanto me molestaban. El cuarto se veía amplio y la ventana daba a un par de copas de los árboles. Al menos no tenía que ver sobre un par de tejas que me recordara el temor que sentías por la posibilidad de que un ratón te saludara en las mañanas. Las puertas del baño y de la casa eran paralelas, esas extrañas formas en que los arquitectos organizan sus cosas y entonces, en una acertada decisión, habían creado un pasillo que escondía el clóset y ponía la puerta del cuarto paralela a las ventanas, era una pequeña maravilla que dejaría orinar con la puerta abierta o salir en toalla del baño sin preocuparme por el área social o una pequeña indiscreción de los vecinos. Siempre me han gustado las puertas abiertas, por eso disfrutaba tanto los balancines que hacían las veces de separador entre el cuarto y el baño que compartíamos.

Ya no había escaleras, o bueno, sí, estaban detrás de una odiosa puerta gris que se cerraba automáticamente con un portazo, al único lugar que llevaban era a la azotea donde habían instalado un piso artificial que simulaba ser pasto pero al que le habían prohibido llevar perros o hacer asados. Era como un lugar para leer o para sentarme en la lluvia, así lo iba a asumir. El ascensor tenía un espejo delgado pero completo, perfecto para tomarle fotos a mi pinta y mandarla por las redes sociales buscando aprobación. El portero, como la señora allá, tenían esa terrible costumbre de hablar de más, la ventaja de este es que no iba a llegar al olor de comida, espero, a pedir un poco.

Nunca entendí esa rara costumbre de la gente de hablar de sus vidas aunque debo reconocer que gracias a sus relatos le di sentido a muchas de esas noches en las que preferías el televisor o la pulcritud de tus camisas que tu piel. Ahora tendré que buscar algo para pensar antes de dormir, sabes que me gusta sentarme a escribir justo antes de dormir, muchos de los papelitos se fueron contigo, los enterré como enterré tu cuerpo para no tener que extrañarlos, para poder visitarlos, para que en unos años cuando allí construyan un edificio o un parque y alguien te encuentre, sepa que a ti te amaba alguien con todo el corazón.

No te había visitado porque no sabía qué decirte. Te imaginas que yo llegara aquí y no supiera qué decirte. Hoy quería pedirte perdón por no aprovecharte, por no saber que a través de los juegos también me pudiste amar, que seguramente después de tantos años de amarte no supe qué había ahí detrás de las caras que hacías. Apenas reconocía el dolor de mis palabras cuando me daba por regañarte y la alegría que te daba que recordara esos pequeños detalles que tanto te hacían feliz. No puedo quitarme de la cara la sonrisa que ponías cuando descubrías un papelito en el bolsillo que decía algo bonito para ti. Para ti.

Te describí mi nueva casa porque no sabes lo difícil que es llegar a ella y calentarla, no hay té ni café en el mundo suficiente para sentir algo más que la soledad, que cada chiflón que se cuela por una hendidura de la pared me hace pensar en ti, me acostumbré con mucha facilidad a tu cuerpo, a tus gestos, a tus pocas palabras, a tus locuras.

Aquí pienso si debería rezar, nunca me dijiste cómo querías descansar, nunca hablamos de dios, nunca te dejé. Nunca me dijiste si querías funeraria ni una misa, me tocó juntar fuerzas para pelear con tu mamá y decirle que no, que no íbamos a hacerlo como todos lo hacen, que yo te quería fresco y libre. Te metimos en esa caja porque no soporto pensar que te iba a quemar, las llamas son infinitas no podrían consumir tu eternidad, te enterré porque al menos me parece bonito saber que tu falta de vida alimenta a otros. Espero que no me odies por eso.

No me acuerdo de la última vez que recé, no fui capaz de hacerlo en tu entierro, estaba muy concentrado conteniendo las lágrimas, me acuerdo muy bien la forma brusca con la que me las limpiabas, no te gustaban, la última vez contigo no quería derramarlas. Me levanté y dije las palabras de rigor, lo sabes, fui fuerte, te recordé feliz y malgeniado, hice un recuento de los momentos más bonitos que compartimos. Recordé ese espacio que tan rico compartimos y por un segundo tuve que respirar con calma para que no me vieras llorar, hoy no, me lo repetí un montón de veces.

Esto de que vivas aquí tan lejos tiene complicaciones logísticas, es muy difícil tomar fuerzas para levantarme en mañanas frías, es muy mamón tener que enjabonarme solito o no poder darte una nalgada mientras me visto. Imagínate ahora el tedio que me da tener que montarme una hora en el carro con la certeza de que voy a verte y cuando llego aquí apenas me encuentro con un pedazo de piedra y con un pasto delimitado que el gobierno de Bogotá asegura que es mío. Mío eras tú y me dejaste. Me angustia la vuelta, será que voy a llorar, será que voy a ser capaz de dar con el sitio donde dejé estacionado el carro, será que voy a saber el camino a casa.

Te voy a dejar esta notica aquí, al lado de la lápida, espero que la lluvia derrita las palabras y lleve la tinta hasta donde tú estás, que te impregne de ellas porque es la única forma que se me ocurre posible para darte un abrazo ahora. Te envidio un poquito, aquí la gente parece quererse como tú y yo nos queríamos, al menos verás mucha gente dándose abrazos y besos, aquí hay un montón de árboles, hay mucho. Me voy.  Te quiero, siempre.

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