viernes, 8 de marzo de 2013

Sin título

Esta es una historia real, no le pasó al amigo de un amigo, sino que me pasó a mí a comienzos de este año. Una noche de domingo me quedé sin cigarrillos, pedí el carro en la casa y me fui al Olímpica más cercano a comprar unas cuantas cajetillas. Después de realizar las compras, iba caminando por el parqueadero cuando me topé con la mirada de un hombre. Un metro setenta de estatura, cuerpo moldeado por años en el gimnasio, y una no tan agraciada cara, pero que en conjunto no molestaba a la vista. Me sonrió, le sonreí. Me acerqué y comenzamos a hablar. Pasó 1 hora y 42 minutos hasta que la hermana comenzó a molestarlo para que llevara a casa lo que había venido a comprar. Intercambiamos números y nos despedimos esperando seguir en contacto.

Los días pasaron, nos llamamos y salimos unas cuantas veces. Con cada momento que iba compartiendo con él, me iba dando cuenta que su forma de ser era muy agradable y que tal vez, por allá a lo lejos se vislumbraba la posibilidad de una relación. De mi parte, no estaba muy seguro de querer una, pero como dice el dicho “Al que no quiere sopa, se le dan dos tazas”, y un domingo en la noche recitándome un poema al oído, no me pidió que fuéramos novios, sino que me fue “cuadrando” sin que yo pudiera decir o hacer algo al respecto. Sé que hubiera podido decirle que parara, que lo discutiéramos o que por lo menos lo habláramos, pero aunque suene cursi, me derritió el que me declamara un poema al oído. Nadie lo había hecho antes y me dejé llevar, así de simple.

Los días que siguieron fueron algo bizarros. Me sentía muy raro pensando que tenía novio y que todo se hubiera dado tan rápido, incluso hasta la misma palabra no salía bien cuando la intentaba pronunciar. Estaba muy predispuesto en esta relación, porque había llegado alguien que se portaba como el hombre perfecto, demasiado perfecto para ser verdad y de mi parte, sabía que en cualquier momento la iba a cagar.

Como a las 2 semanas de ser novios, un martes en la noche no le vi problema a que “tiráramos”. Generalmente, yo espero mucho antes de estar (sexualmente) con alguien, pero en vista de que las cosas se habían llevado como en un ritmo tan rápido, me dejé llevar por el momento. Aunque me arrepiento y no se imaginan cuánto. No quiero decir que él fuera un mal polvo, a pesar de que no se movía mucho y que casi todo el trabajo recaía en mi desempeño. La verdad, yo no le veía mucho problema a eso, sino que de la nada se le salió un: “¡TE AMO!” a grito herido y en pleno orgasmo. Yo no sabía que hacer o que decir, no sabía si reírme o quedarme callado, si continuar o parar. Con un esfuerzo sobrehumano por el shock en el que estaba, pude terminar. Me quedé mirando el techo, al rato me bañé, me vestí, y me fui para mi casa.

Lo demás es historial. A los días le comenté lo que me había molestado de esa noche e intenté salvar la “relación” desde diferentes ángulos. Traté de que nos diéramos nuestros espacios, de cambiar de rol sexual, de hacer cosas diferentes, pero a él siempre se le escapaban los “TE QUIERO” y “TE AMO” en los peores momentos. Terminarle no fue tan difícil, pero que él lo aceptara fue algo bastante duro. Suplicas, lágrimas, y muchos “te quiero” y “te amo” fueron lo que más escuché, pero la decisión estaba tomada y mi forma tan drástica de ser no iba a cambiar de opinión.

Ya han pasado varias semanas, no hemos tenido mucho contacto y es mejor así. Yo sigo mi camino, él sigue el suyo. Y constantemente me acuerdo de lo que pasó y me sigo preguntando ¿Cómo alguien puede querer y/o amar a alguien en TAN poco tiempo?

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Gracias Sebastián por esta historia

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