viernes, 22 de marzo de 2013

De cuándo dejamos de sentir frío


Ya en el avión nos miramos y, sin ocultar nuestra ansiedad, reímos recordando la complicidad entre los dos. Habían pasado catorce meses de ahorro dedicado y otros cuántos más pensando en los detalles de un viaje en el que intentaríamos conocer los lugares a través de las personas. Un golpe fuerte, una gran fuerza, poco común en el planeta, y una dulce voz anunciando la llegada nos hizo saber que era el momento de materializar todas las expectativas. 
El frío descomunal sólo era la puerta a ese nuevo mundo: glaciares imponentes frente al mar, musgo floreciente, una columna de agua y gas que escupía el suelo con toda la fuerza de sus pulmones y un pueblo sacado de la comarca de las aventuras épicas del origen de los tiempos. Una casa abandonada en el medio de una montaña, en perfecto estado y con la puerta abierta para recibir a quien lo necesitara. Toda la fuerza del agua esculpiendo valles entre rocas milenarias que luego serían verdes: esmeraldas, manzanas, pinos, peras, mostaza y todos los colores en un solo horizonte. Las mentes abiertas y acogedoras de las personas, con sangre más caliente de lo normal para sobreponerse al helaje gobernante, con la energía sacada de las entrañas de la tierra, debajo de las fumarolas ya comunes. Las voces de mujeres de cabello rubio siempre en el fondo. Volcanes nunca antes vistos. Una carretera sin principio ni fin invadida de sus dueños, cubiertos de lana, cuero y crin. Hielo, lava endurecida, agua golpeando las rocas, campos de granos dorados, tierra árida, sin vida, y más hielo.
Parecíamos estar solos en el mundo. En ese refugio construido para huir de los dioses que llegaban del norte en la noche sólo se escuchaba el crugir del agua y la respiración fuerte de dos personas que se miraban, por primera vez, frente a frente. Al final de una aventura llena de deseos de escapar sólo pude encontrar sus ojos viéndome, luego sus manos frías, su espalda helada, su pecho caliente y su corazón acelerado. Sus labios suaves, su pelo enredado, su barba ya frondosa, su abdomen tenso, su mentón delicioso. Descubrimos que nuestros brazos y manos y piernas eran mejor herramienta que cuatro cobijas gruesas y que nuestras bocas juntas eran las mejores para recordar siete días de imágenes, olores, sabores y temperaturas en pocos segundos. Y en largos minutos. Después de siete días por fin supimos lo que no pudimos en seis años juntos riéndonos cada segundo.
Después de ese beso, el más cálido que nunca nadie había dado, supimos que, aunque quisimos conocer un lugar, llegamos para, por fin, conocernos. No yo a él, sino a mí mismo y él a sí mismo. Nada había cambiado; pude leer lo que el universo, la vida o el destino me habían dicho y finalmente comprender que cada segundo había llevado a ese planeta lejos de todo, a la carretera solitaria, al faro que nadie vigilaba, a la carpa en el medio de la nada, a su espalda, a sus manos. A él completo.
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Gracias Francisco por esta historia

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