sábado, 23 de marzo de 2013

Soledad



Todas las tardes en que entierran a un muerto, son iguales. No las mañanas, no las noches, sólo las tardes. El sol, inclemente, pareciese que se volviera en contra de los rostros dolientes que lloran al fallecido. Este es mi segundo entierro, pero parece que fuera el primero. Y pensar que mientras miles descienden a un mundo lleno de insectos y de putrefacción, otros tantos nacen condenados a vivir. Este mundo es de locos, pues hay quienes estando vivos, viven como si desearan morir. Y hay quienes estando muertos, mueren anhelando la vida. La vida es una locura completa, casi irónica. Lo digo, por que aquellos rostros que hoy lloran a un difunto en un cajón un poco claustrofóbico, antes lo reprochaban, algunos otros lo odiaban, pero la mayoría que están aquí, ni siquiera deseaban cruzar una palabra con él. Algunos se acercan a la familia doliente. Mi sentido pésame. Lo acompañamos en su pena. Cuántas de esas frases en realidad son reales. Cuantas hipocresías. Cuantos en realidad lloran a sus muertos por que lo quieren. Cuantas personas en un entierro y tan pocos lamentos verdaderos. Cuantas lágrimas derramadas y gemidos lanzados al vacío. Hay una niña. Corretea, mientras unos rezan y otros lloran. Por aquí. Por allá. Por qué se mueren los muertos. Pregunta indeseada. A dónde van los que se mueren. No al cielo, creo. Nunca se está tan seguro. Lo que sí es cierto es que todos reposamos bajo la tierra, tarde que temprano. Aquí la tierra es negra. Mal augurio. Es normal que los vivos entierren a sus muertos. Es anormal que mientras se entierra a uno, los afortunados pisen vilmente las tumbas de otros. No hay respeto. Hoy, un difunto encabeza la marcha fúnebre. Una hilera de vivos, que recorre un camino lleno de hileras de muertos. De nuevo, la ironía. Es acaso la muerte una ironía constante. Se cerraron para siempre sus ventanas. Un grupo de mujeres llora. Rezos. Sollozos. En silencio. Cuando se entierra a un muerto no se escucha nada. Pero se escucha todo. Se escuchan los pensamientos de quienes lo siguen. 

Ojalá lo siguieran hasta la tumba. Cuando estamos a punto de morir podemos verlo todo. Una vez un hombre vio una luz, pero algo lo trajo de vuelta. Un ángel según la madre creyente. No era su momento pensó el hermano ateo. Cuándo es el momento adecuado para morirse. Uno nunca se muere en la víspera, afirma la abuela yerbatera que siempre tiene un agua para cualquier enfermedad. Habrá una cura para la muerte. Es una enfermedad, afirma el doctor. No le queda mucho tiempo. La noticia desgarradora que nadie quiere escuchar. Yo no quiero morir. Siempre hay ansias de aferrarse a la vida. Cuanta gente quiere seguir viviendo. Cuantos que yacen muertos desean fervientemente estar vivos. Un mundo lleno de redundancias. Se diría que sus puertas se cerraron para siempre. Hemos llegado al fin. El camino parecía corto. Lo es. Pero el paso al que íbamos retraso el momento. Pareciese que el tiempo se detuviera. El calor no ayuda. Las lágrimas se terminan confundiendo con gotas de sudor. En frente de nosotros, un hueco. Fue hecho con anterioridad. La última morada. Tierra. Mucha tierra. Cavar. Cavar mucho. Que sol tan hijueputa que está haciendo. Ojalá lloviera un poquito. Pero cuando se entierra a un muerto no llueve. El que cava presiente a quien irán a enterrar hoy. Hay algunas cosas que no logró comprender. El amor es una de ellas. Pero morir es la que más me desconcierta. Algunas caras se asoman impávidas. Curiosas. El féretro ya está sobre la tumba. Pero no lo bajan. Es masoquismo. Es el último adiós de quienes en verdad lo querían. Es la oportunidad de los oportunistas que gozan con el sufrimiento ajeno. Es el último chance de quienes no sienten nada por la muerte de aquel, derramen algunas lágrimas para no quedar tan mal. Y en el viento, en los aleros desmoronanse las tapias. Una mujer se desploma sobre el ataúd. Creo conocerla. Es de esas a la que la muerte en realidad les duele. Un dolor enorme por la pérdida de quien ya nunca volverá a estar. Es de las que nunca superará que haya muerto antes que ella. Lo vio nacer. Hace unos pocos días, lo vio morir. Unos ojos temerosos se asoman sobre la multitud que se arremolina junto al cajón. Se va a desmayar. No la dejen acercar. Mientras eso algunos alistan flores. Hay que tirarlas mientras el féretro empieza a descender. Es tradición. Es de buena suerte. Para quién. No para el muerto. Estamos preparados. Permiso. Los enterradores apartan a los dolidos. Apartan el sentimiento. Ya es hora de despedirse. Un puñado de flores vuelan. 

De nada sirvió haber comprado el más caro de los arreglos florales. De todas maneras iban a terminar con unos cuantos kilos de tierra encima. En realidad pesa. No debía ser muy joven, mínimo un viejo gordo que se daba buena vida. Poco a poco se acerca el momento de decir adiós. Algunos más por agüero, tocan el ataúd. Otros le dan unos cuantos golpecitos. Unos pocos derraman unas cuantas lágrimas. Curiosos se asoman mientras el muerto sigue bajando. Algunas miradas se cruzan. Yo no conozco a ese. Será algún oportunista. Se marcharon unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma. Hay quienes aprovechan la muerte de alguien. No importa si lo conocen o no. Comida. Helados para el calor. Párrocos. Administradores. Vendedores de muerte. Muchos se benefician de ella. Y qué beneficio hay para el muerto. Nuestro sentido pésame a toda la familia. Que el difunto sea recibido en el lecho del señor. La cama en la que el muerto murió hoy, es ocupada por uno que probablemente correrá con la misma suerte. Agradecemos a quienes puedan colaborarnos por las canciones. Cuánto dinero. Tantos billetes y el muerto mientras tanto a su destino. Un trabajador desciende al hueco y un cuerpo bajo él, guarda las esperanzas de que un vivo lo pueda acompañar. Se siente frío acá abajo. Unas lozas de concreto cubren el féretro café. Hace juego con la tierra que espera ser vertida sobre él. Siguen lloviendo flores, las últimas, lagrimas. La última visión del exterior. Una pala. Tierra. Varias manos. Algunas desconocidas. Unos caminan. Se van. Se liberan. Cumplieron. Bien o mal. Más tierra. Menos culpas. Hay que dejarlo ir. Pero los que se van, son otros. Hay que superar la perdida. Pero los que han perdido, son ellos. Perdieron su tiempo. Perdieron su dinero. Perdieron sus recuerdos. Todo se hace más pesado. Al final de un entierro, alrededor, sólo quedan quienes verdaderamente han llorado. 

El resto se marcha, cansados, dolidos, pero no del alma, sino del cuerpo. De esperar. De fingir. Tanto tiempo. Falta poco. Otras manos. La misma tierra. Los vivos que lloran la partida. Los muertos que celebran la llegada. Sólo un puñado de personas, se resignan. Se dan las últimas gracias. A-Dios. Al muerto. A los acompañantes. Al dolor. Las últimas recriminaciones. Las últimas compensaciones. Resignación. Se marchan con paso triste. Firme. Al fin. Se marchan. Poco a poco. Dan la espalda. Los últimos vivos. Pero al final. Solo, sólo yo me quedo.
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Gracias Vnsh por esta historia

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