martes, 8 de marzo de 2011

¿Atazagorafobia?



Sentía cómo las partículas de ese denso aire chocaban contra sus rojos pómulos y se deslizaban por los lados de su cuerpo dejando atrás el calor que producía; el inestable suelo era semejante a pequeñas hojas sobre una película de hielo, sus pies perdían estabilidad tras cada paso, y no podía ver absolutamente nada a su alrededor; por lo que se dedicó a correr, corría sin rumbo buscando cualquier señal que indicara la existencia de algo diferente a la oscuridad.

Su reloj biológico le indicaba en qué momento debía dormir, pero cuando se tendía en el suelo no lo lograba, sus ojos permanecían abiertos a pesar de su inutilidad mientras llegaban a su mente todas las pesadillas de su niñez, ¿Qué podía hacer si no seguir corriendo?.

Mientras huía, tropezaba con lo que suponía eran rocas de esa materia inestable que no lograba comprender, caía y volvía a levantarse sin pensar si quiera en detenerse por un instante. Solo seguía corriendo mientras empezaba a sentir como se desplomaba el techo de aquel lugar, sin viso alguno de luz; pronto el tono negro se tornó rojo, verde, azul, amarillo y luego blanco, podía ver entonces las heridas en su cuerpo, unas heridas mal cicatrizadas, sin sangre, sin costras, solo eran evidentes marcas en su piel como si hubiesen pasado años tras los tropiezos.

Llevó sus manos al rostro y sintió como su piel se había transformado, las llagas eran ahora grandes y carnosos cúmulos de piel arrugada y roída por los años, tenía una larga y enmarañada barba amarilla que hacía contacto con lo que quedaba de su ropa, una camisa consumida por la fricción y el tiempo. De pronto llevó sus manos al frente y vio la suciedad acumulada en sus largas uñas solo opacada por sus grandes dedos oscurecidos aparentemente por el sol, y múltiples secuelas de lucha en sus muñecas; no tenía pelo en sus brazos, pero si en sus raquíticas piernas, parecía imposible que semejante delgadez pudiese soportar el peso de todo su tronco.

Luego de horas de examinar su cuerpo, se sentó en el ahora frío y sólido piso, intentó recordar algo anterior al oscuro lugar pero no lo logró, en su mente solo se repetían las imágenes de pesadillas que no lograba entender, quizás no solo por lo confusas que eran si no porque en el fondo no deseaba hacerlo. Sin más que hacer, se acostó e intentó dormir, pero como en ocasiones anteriores, no pudo ni siquiera cerrar sus párpados; quiso llorar pero solo brotó una pequeña lágrima que después de hacer esfuerzos por no caer, se desintegró en el suelo; en ese momento sus músculos se contrajeron y todo se apagó.

- Tranquilo, no llores más-, le decía la mujer al niño mientras este intentaba evitar que el ataúd fuese dejado en el fondo del agujero.
- ¿Pretende Dios castigarme con esto?- preguntó el pequeño a la mujer.
- ¿Dios? ¿De qué hablas?, alégrate, ahora no sufrirá mas.

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La entrada de hoy es de un niño, un bebé casi, Juan Manuel (@jamanelher) es un pichón de médico que ni siquiera ha llegado a la mayoría de edad y que tiene un gusto literario exquisito.

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