lunes, 6 de junio de 2016

La plaza de las flores

La señora Tulia era madrina de prácticamente todo el piedemonte que va del Pauto al Cusiana, e incluso más. Todos en Recetor, Pajarito, Morcotes, Labranzagrande y Chámeza estaban emparentados con ella, en Sogamoso la historia era diferente, era amiga de todos, tenía una tienda que vendía sus famosos colados, envueltos, mantecadas y demás delicias. Además de sus dotes culinarias, de los que se hablaba hasta bien entrado el llano, allá en Maní y Trinidad, le atribuían el poder de predecir las cosas.

Por eso, todos sabían que alguna noticia bajaría de las montañas cuando ella se despertó diciendo que había soñado con la Plaza de la Villa llena de flores y gentes. No estaba segura de que fuera un acontecimiento festivo o de luto, solo que algo grande iba a pasar. Que sería doña Tulia, le preguntaron en el café de la madrugada, ese que se toma antes del ordeño. No supo dar razón con el caldo de papas y tampoco cuando Rafaelito le siguió preguntando con tanta insistencia hasta casi medio día. -Que no sé, no sé-.

Después de servido el guarapo que se acostumbraba a brindar después del almuerzo llegó un Uaz. -Y eso tan extraño-, a esa hora no era para que bajara hasta el hato un carro de esos. Que lleguen rápido don Rafael y doña Tulia, que se alisten viandas y cobijas, que toca salir para Sogamoso urgentemente. -Qué pasó, qué son esos afanes, quién viene a decir qué en estas tierras en las que mando yo y nadie más-, exclamó con molestia don Rafael, cuando le dijeron que del carro estaban dando órdenes, como si fueran los chulos de otrora.

-Don Rafael, es que se murió su compadre, su tocayo, Rafael Sandoval-. A Tulia se le doblaron las rodillas de la angustia y don Rafael no supo qué hacer con su sombrero.  -Apuren chinas con unos envueltos y unos baldes de agua, echen unas cobijas que habrá que dormir en el camino... y una montura completa, por si acaso, que sean dos porque a la señora no la podemos llevar en ancas-. Revuelo que se sintió en la casa de los peones y de los blancos, todos angustiados por arriscar cajas, por mover gentes y comidas, había que apurarlo todo, es que Sogamoso estaba por poco a 36 horas de camino y la premura no daba para más.

Al principio no hubo ni a qué horas rezar un rosario pero ya en el carro era lo único que distraía la mente. Rezó el alma del vecino y compadre. Rezó por la juventud de Gladys, por los niños, que apenas crecían barbas. Miércoles, que lío monumental, es que una muerte así, semejante hombre, risueño. Moreno, alto, querendón, con ese parado tan particular y esa carcajada que se escuchaba a leguas, que no se tomaba sino un whisky, que usaba unas grandotas gafas oscuras y que jamás de los jamás se expresaba con malas palabras.

Entraron a Sogamoso a las carreras, ni tiempo de una ducha, directo mijito para la Catedral, que las honras fúnebres ya empezaron. Al ver la plaza supo que eso era lo que el sueño le había querido decir, ella tan ingenua pensando que habría podido ser algo alegre, si era apenas el compadre diciéndole que adiós, que se verían muchos años después, casi 50, en otros mundos.

En ese gentío cómo llegar a donde la comadre. -Quedemos por aquí mamá, la ve a la salida- dijo alguna de las chinas, -ni de fundas, que uno aquí lo que necesita es el brazo recio de una como yo-. Llegó a la puerta de la iglesia no sin varias quejas de desconocidos que no entendían su afán de estar más adelante. No le pareció inapropiado caminar por el corredor central de la nave principal, en el atril el padre decía algunas palabras sentidas, de verdad, por ese hombre que se acababa de ir, es que Sogamoso le debía mucho a Rafico.

Gladys en perfecto luto estaba allá, en la primera fila, como ordenaba el protocolo y la básica lógica. Allá llegó apretando cada lágrima y con el único propósito de darle un abrazo. Gladys era fácilmente de la edad de sus hijas mayores, era apenas una niña, cómo dejarla sola. Un abrazo las fundió por tantos minutos que no se supo cuántas páginas pasó el cura, ni cuántos dele-señor-el-descanso-eterno-ybrilleparaéllaluzperpetua se dijeron, cuántos aplausos y cuántos llantos hubo de por medio. Cuando se soltaron fue como si el alma le volviera al cuerpo, tomó la mano de Tulia y juntas asistieron al resto de la misa, salieron juntas de la iglesia y mientras todos se agolpaban a dar pésames apenas sentidos, era la mano de Tulia la que la tenía amarrada a la vida, esa que tan pronto se le había ido a Rafico.

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