lunes, 18 de mayo de 2015

Un bocado

Años atrás, la novillada ya no era criolla, apenas un par de vacas mantenían los cachos grandotes y las orejas cortadas, signo de otros tiempos. La Mariposa era la matrona de las fundadoras, su figura esbelta y huesuda se veía a lo lejos, no había forma de confundirla, no cabía en la manga, embestía hasta el mejor jinete, le gustaba pastar en el morichal y no se molestaba en pegarle al que fuera con tal de coger un buen puesto en la poceta, las únicas veces que venía a la casa con voluntad propia era cuando olía los mangos caídos, que le fascinaban.

La Mariposa era madre de un montón de becerras, casi todas mañosas y altivas, como si el cambio en el fenotipo no hubiera podido borrar las marcas de cuando el llano le temía tanto a las cercas como al silbador. Había una chiquitina que era especialmente brava, no hubo forma de enseñarla a no romper, ni amarrada al Yopo, ni con un palo de guafa en su cuello, nada valió.

En la trabajada de llano de mayo, no apareció, se perdió como los rayos del horizonte, no se le vio en ninguna de las vacadas, se la robaron, dijeron los mensuales, el que haya osado llevársela tendrá serios problemas, esta no se le va a amanecer. No, la dicha no era tanta, pa' eso no habíamos vivido todavía.

Apareció en julio, la vieron primero con los mautes, les rompió cerca al estero y los soltó a los surales, fue casi imposible atraparlos. No hubo forma, se puso recompensa al que la encontrara y amarrara. El domingo, todos desaparecieron, hasta Pedro Nel, que estaba enguyabado ensilló y se perdió en la neblina del invierno.

No vimos, claro, pero supimos que la novilla la habían agarrado entre todos, prefirieron dividir los 10 reales entre todos, que volver con las manos vacías, la engañaron dentro de los surales y le tendieron una trampa para que no se pudiera volar por el bajo, quedó intentando subir un barranco sin fuerzas. La trajeron con cuatro rejos, maniada, arrastrada, humillada. La Mariposa no estaría orgullosa. 

Nos preparamos para darle materile, afilamos los cuchillos, hicimos arroz y arvejas, dejamos la yuca pelada y las papas chalequiadas para el caldo. Picamos la cebolla y el cilantro, dejamos los baldes en la carretilla limpieciticos y hasta se orearon unas hojas de bijao en la hoguera, la novilla solita no iba a hacer un buen asado. José le pegó pasadas las cuatro y empezó el jaleo: en dos baldes se recogió la sangre, se despellejó rápido, con el hacha se cortaron las agujas y las presas se fueron organizando con facilidad.

En una carrera la brasa ya estaba lista y nosotras estábamos fritando un pedazo de chunchullo para servir con el caldo, bien tostado como gusta allá arriba. A mí me tocó la tarea más triste, montar el entreverado, corté todas las visceras en cuadros, me provoqué con el hígado y pensé en una buena torta de sesos, lo dejé listo para la hoguera. 

La media mañana se nos fue entre limpiar el menudo y moler un arroz. Me alcancé a asustar cuando nos sirvieron agua y el almuerzo no tenía cara. Carne con carne no se puede, por más fino que uno sea. No había mucho puchero, tocó rendirlo con leche y echarle harta panela antes de meter los tungos en los conitos para cocinar, que se sirvan de postre, con el tinto, al final del almuerzo.

Los muchachos llegaron del corral con las malas noticias, el trabajo se había pasado rápido. Limonada para allá, guarapo para acá, nada estaba listo. Pedir permiso para servir más tarde, entretener el hambre con unas patillas picadas, más trabajo. ¿Y las rellenas? Nadie estaba a cargo. Corra pa'la cocina, deje los tungos quietos que esos no se van pa'ningún lado. 

La sangre estaba en el balde azul, meta el arroz, pase las arvejas, limpie otra vez lo que quedó de la tripa (a quién se le ocurrió fritarla esta mañana) que quede perfecta, empiece a embutir. Las manos quedan como corocoras, rojitas. Toca embutir con cuida'o no vay'sea que se rompa la tripa, amarre de vez en cuando con pita para que no se estire y meterla en una olla con agua hirviendo. Cómo que la china no tenía agua ya en el fogón, espere mientras está lista y corra a revisar los tungos, que tengan agua pa' no endurecerlos. Estuvo en la cocina, meterlas un rato, hasta que se pongan negras, con la piel medio blanca, que se puedan meter al aceite a la hora de servir.

Subimos bandejas con yuca, rellenas, arroz, tungos una ensalada que se picó en un momentico, papa, les dimos limonada y tinto. Les dieron carne hasta el cansancio y a nosotros nos sirvieron un bocado. Así es siempre, nosotros trabajamos y ellos comen, no nos alcanza la vida pa' tener nuestra fundación ni pa' decir que este es mi hato. 

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