sábado, 4 de abril de 2015

Rosita

El privilegio era solo nuestro, habíamos aprendido a colear desde chiquitos. Rosita había llegado a la casa una mañana de enero, había entrado por el conuco que había camino al caño, había boredado la caballeriza y se había instalado allá cerca a las matas de jobo. Nadie dio razón de ella, le preguntamos a todo el mundo y mandamos un mensaje en la perenquera, si alguien sabía de una marrana perdida, que viniera, aquí estaba. 

Como en marzo, cuando el llano parece un sembrado de trigo, amarillo y seco, apareció doña Ana con unos envueltos y se dio cuenta que la que rondaba el patio era su marrana, la había refundido y pensó que unos marisqueros se la habían robado en el caño. Mentiras, había llegado aquí solita, no vimos a nadie empujarla. El problema es que Rosita, como la llamamos apenas la conocimos, ya era parte de la casa y convencimos a mi papá de que nos la regalara. 

Se hizo el negocio y la marrana se quedó en la casa. Era vagabunda, la condenada, le fascinaba meterse a la sabana y perseguir alcaravanes, los escuchaba gritar y más se emocionaba corriendo por el paradero o el mangón. Apareció preñada pero no supimos de quién, mi papá dice que debió ser un marrano salvaje, de esos que a veces aparecen al otro lado del Canacavare, a mí me olía que era el marrano de los Fonseca pero esa gente era muy peleona, mejor que no se enteraran que la bicha estaba embuchada.

Nacieron 5 lechones, nuestros primeros juguetes de verdad, antes apenas encaramarnos en los árboles o hacer castillos en la arena. Cuando estábamos de buenas, nos limpiaban la piscina y lográbamos meternos en ella por días antes de que la lama la consumiera nuevamente. No les pusimos nombre, nos daba angustia decirles como gente a los animales que sabíamos iban a terminar en un chuzo al calor de la brasa llanera. Con Rosita fue diferente, nunca supe descifrar por qué. El más bonito era un colorado con manchas negras, corría que daba gusto. 

Felipe pronto descubrió que subidos en el lomo del Ñañante podíamos perseguir a los lechones como si estuviéramos en una ganadería grande y lozana. Nos hicimos a la idea de colear marranos, como si fuéramos a tumbar mautes en el corral, miles de veces habíamos visto a mi papá y a todos los demás camaritas hacerlo en el corral y queríamos demostrar que también se nos daba bien el asunto, para que nos invitaran al próximo herraje, a la próxima vacunación.

A los marranos era fácil llamarlos, era como con las gallinas, escuchaban a lo lejos ¡tucutututucu! y venían corriendo, la primera vez el Ñañante no entendió bien el juego pero desde la segunda vez, corría detrás de esos marranos como si fuera su única oportunidad de estar vivo. En serio, a veces era, nos encaramábamos y sabíamos que teníamos dos correrías antes de que Rosita escuchara el llanto de sus bebés. Ñañante corría y nosotros con soltura cogíamos la cola del marrano para hacerlo brincar por los aires. Era maravilloso verlos saltar y de repente gritar de pánico. 

Pánico era el que nos daba cuando veíamos a Rosita venir, corra Ñañante, corra. Nos metíamos a la primera puerta que estuviera abierta y allá nos quedábamos hasta que no sentíamos más a la gorda por ahí. ¿Regaños? Casi nunca, nos estábamos mostrando hábiles para la ganadería, qué mejor premio que ese para los papás.

Hubo varias camadas y cuando el Ñañante se quedó chiquito pasamos a Florencio, que parecía marica, y al Mocho, que había nacido con una oreja cortada. Un día, llegaron los otros blancos, esos que no entendían las palabras aguajibadas ni los cánticos en la manga, con ellos también vino el final de Rosita. No había de otra, gorda linda, le dijimos la noche anterior, es que eran muchos y muy voraces. A la madrugada le pegaron con el mazo en la cabeza y apenas si alcanzó a chillar. La desangraron rápido y a mí me tocó, porque me gustaba, pelarla, con agua calientica para no dañar el chicharrón y un machete bien afilado le quité los pelos y esa primera capa de piel sucia de años andariegos. 

Comimos caldo con espinazo de desayuno y antes de la aguapanela de media mañana nos metieron a la cocina a hacer morcillas. En un balde estaba la sangre, al lado había arroz y arvejas ya cocinadas, encima del mesón estaban las tripas limpias y una pita delgadita, de esas que solo sirven para amarrar colchonetas o gallinas. Ni me di cuenta cuándo embutieron todo en las tripas ni cuando resultaron en el horno con los lomos que serían el almuerzo. 

Rosita acabó en un gran festín, con ella se fueron nuestra niñez y nuestros juegos. Con ella también se fue la abundancia y la visitas solitarias, a partir de ese día hubo que empezar a compartir, el llano compartido no es tan bacano, más lindo es verlo libre. 

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