domingo, 20 de mayo de 2012

Una última vez

La primera cita siempre fue la más fácil de relatar, hay besos, caricias, sentimientos nuevos. La segunda y la tercera también. Las siguientes se vuelven rutina, hay poco por explorar. La primera vez que uno tira también es la que más se recuerda, el cuerpo ajeno es un mapa único e irrepetible que hay que recorrer con ganas y desespero. La segunda, cuando uno ya lo conoce es mejor, la tercera empieza a descubrir uno puntos claves, empieza a sentirse el dueño de la vía, empieza a detenerse en los mismos lugares y a tomar los mismos riesgos. La última vez se hace con la convicción del cansancio y la pereza.

Pereza como la que tenía cuando te invité a mi casa a despedirnos. Todo estaba consumado, lo sabías tú, lo sabía yo, lo olían los vecinos y se reían los porteros. Entraste con tu caminar pausado y te olí por última vez, aprendiste que no me gustaba que usaras colonia y te habías acostumbrado a oler a ti cuando estabas conmigo. No hubo saludos ni caricias, seguiste, esta de alguna forma era tu casa. Te acomodaste en el mismo sillón de siempre donde podías evadir mis preguntas mirando por la ventana y en la que podías controlar el equipo de sonido.

Debo darte el gusto del arrepentimiento, nunca entendía tu música y como tu casa era un lugar evadido, en mi casa siempre tenías que escuchar cosas que no te gustaban y de las que ni siquiera podías entonar sus estribillos más simples. Mientras yo terminaba de cocinar tú te quedaste complaciéndome con la música y jugando con la decoración algo pagana de mi casa. Te vi como simulabas que san Pedro jugaba con los largos y delgados retirantes que se sentaban a tomar agua y la barriga llena de parásitos.

Cuando la comida estuvo servida llevaste las figuras al comedor, sí, esas actitudes de niño chiquito que tanto me hacían reír en una época ese día me sacaron de quicio. Esa noche quería disfrutar de tu cuerpo con una pasión voyerista, como para poder recordarte diferente, no con los ojos tediosos de los últimos días.

Terminamos, y como siempre, te fuiste a la cocina a lavar los platos, decías que el sexo, con cosas sucias en la casa, te sentaba mal. Debe ser alguna estupidez católica que yo nunca quise entender como esa horrible costumbre de bañarte después de que te penetrara o de limpiarte las manos después de meterlas en mis pantalones. Tú ni te imaginabas lo que te esperaba y te postraste en mi cama con la parsimonia eterna que me estaba empezando a pintar canas en mi cabeza.

Saqué un par de juguetes, vi tu cara de sorpresa y sentí como tu cuerpo se relajaba dispuesto a hacerme feliz, como si al menos tu cuerpo se lo creyera. Te desnudé con lentitud, sistemáticamente, no te dejé que me quitaras la ropa, hoy no me ibas a untar el cuerpo con tus olores y sudores, si era necesario desabrochaba la cremallera. Te di un par de besos conocidos, te vi estremecerte y en un momento con ojos tristes me rogaste que te penetrara. -Hoy no-, te dije, hoy es diferente.

Empecé con un pene de plástico pequeño, de unos 18 centímetros, te lo metí hasta el fondo, temblando me dijiste que te dolía mucho, lo saqué despacio y te lo volví a meter hasta el fondo, esta vez te estremeciste dos veces y empezaste a sudar. Algo empezaste a susurrarme y te dije que te callaras. Volví a sacarlo y meterlo completo tres veces. A la quinta vez me dijiste que parara. Te dejé descansar un rato y cogí un crucifijo de plata que había comprado un día antes y que en tu afán no habías visto en mi mesa de noche, lo puse helado sobre tu pecho y te dije adiós.

Te sentaste de repente y me preguntaste que cómo así, que qué era eso, que a qué estaba jugando. No es un juego, frente a tu dios te estoy diciendo que no te amo más, que no te necesito más, que no quiero volver a verte. Lloraste, típico. Entré al baño a lavarme las manos y cuando salí estabas boca abajo suspirando con el crucijo al lado. Lo cogí con sigilo y aproveché tu descuido para metértelo por el culo. Te demoraste unos segundos en reaccionar y cuando lo hiciste algo gritaste. -Cágate en tu dios, a mí no me jodas la vida-, fue lo último que te dije. Salí del cuarto y esperé en la cocina a que te fueras, nunca más te volví a ver.

8 comentarios:

  1. En un momento pensé que el comentario a esta entrara iba a comenzar con un qué triste! Pero al final me reíny sentí algo de asco! Ahora me río!! Eres malo mal!!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hacía tiempos no escribía algo así. Te mando muchos besos

      Eliminar
  2. Tremenda la trama y tremendo también el final!

    ResponderEliminar
  3. Retorcido! Encantador...

    ResponderEliminar