domingo, 1 de abril de 2012

Al cerro lo que es del cerro

Estoy sentado en la mitad de los dos, a mi derecha veo la cumbre verdolaga de uno de los Cerros Orientales de Bogotá y al otro unos árboles encaramados en edificios donde deberían estar las colinas de Suba. Me pongo a pensar en los cerros y descubro que Bogotá tiene en ellos, con la ciclovía, uno de sus íconos fundamentales.

Los Cerros Orientales de Bogotá son unas formaciones rocosas que rodeaban el famoso Lago de Humbolt, en sus faldas durante los años secos se formaba un gran valle que iba a terminar en las postrimerías de Guasca, al norte, en las planicies de Subachoque, al occidente, y en el cañón del Tequedama, al sur. Un lugar apacible, lleno de lagos y surcado por un río violento y curvo que lo atravesaba de sur a norte.

Los cerros siguen siendo parte fundamental de Bogotá aunque en los últimos 150 su fisionomía ha cambiado radicalmente. Por cuestiones del destino resultaron convertidos en un gran bosque protector de la ciudad sembrado de árboles locales de algún modo locales como nogales, magnolios, urapanes y araucarias hasta lejanos eucaliptos y pinos que importó el presidente Manuel Murillo Toro, entre los años 60 y 70 del siglo XIX.

Los cerros proveen a Bogotá de un gran terreno virgen que oxigena el territorio, son miles de hectáreas sirven de ubicación para cientos de capitalinos desorientados y llaman la atención de turistas desprevenidos que creen que por verlos a lo lejos con sus verdes resplandecientes se encuentran la mitad de algún tipo de selva tropical húmeda. No se equivocan, valga la aclaración, porque Bogotá está situada en un lugar estratégico en el que los páramos de Chingaza y Sumapaz se encuentran con corrientes tibias que suben por el cañón del Río Bogotá y forman una rara especie de bosque tropical húmedo de altura en el que prevalecen el frío, la neblina, la vegetación densa y los vientos cruzados.

Los cerros también son casi un modelo de estudio de crecimiento urbanístico. En un comienzo fueron casa de ricos y pobres que se asentaron bien en La Candelaria y Los Laches para evitar las aguas indomables del Lago de Humbolt. Al norte, han sido sinónimo de expansión y poderío de las clases más poderosas de la ciudad, los ricos se sentaron sobre los cerros para ver al resto y los pobres invadieron para ganarle terrenos a una ciudad que se antoja cara y densa.

Hoy los cerros son un escenario de disputa política. Sabemos que la cota de construcción máxima permitida está en los 2.700 metros sobre el nivel del mar. Como a constructores legales y piratas, a ricos y a pobres no les conviene la delimitación de este terreno que nos pertenece a todos, hoy tenemos que esperar a que el eterno derecho administrativo nos diga hasta dónde podemos seguir comiendo del cerro y hasta dónde nos podemos quedar con una ciudad que proteja su principal activo de protección del agua y el aire que respiramos.

Supongamos que el contencioso nos diga que podemos construir más allá de los 2700 msnm o que más bien debemos respetar el derecho adquirido de las familias asentadas sobre esa cota y prohibir cualquier nuevo asentamiento más allá del límite de los 2700msnm ¿Cómo le vamos a devolver a Bogotá ese espacio público perdido? Se me ocurren varias ideas, cada una más descabellada que la siguiente.

La primera es crear un parque de unas 600 hectáreas (lo que según estimativos de la Alcaldía ya está construido sobre los 2700msnm) que equivaldría a la extensión total de los espacios verdes más grandes de Bogotá, el Parque Metropolitano Simón Bolívar y la Universidad Nacional de Colombia ¿Dónde vamos a conseguir tal extensión de tierra? Podríamos comprar la fábrica de Bavaria en la 9 con Boyacá y hacer un primer parque de 100 hectáreas que después se conectaría con nuevos espacios verdes al tiempo que la ciudad se compacta y densifica. No es descabellado pero nos supliría apenas una sexta parte del problema.

La segunda es crear una impresionante alameda que haga las veces de parque protector del Río Bogotá. Esta alameda empezaría en los límites norte de la ciudad y llegaría hasta el extremo sur, deberá ser una acción conjunta de la capital y sus municipios vecinos y podría tener la equivalencia a unas 500 hectáreas de parque lineal que con materia viva mantuviera los jarillones del río y permitiera el desarrollo de la fauna y flora propias de las riberas de los ríos andinos. Idea loca, porque habría que reubicar a una buena porción de pobladores ribereños y además necesitaría un esfuerzo común de seguridad para que el río no se convierta en un corredor de violencia protegido por un bosque oscuro e impenetrable.

La tercera, que tiene que ver mucho con la primera, sería apoyar planes de densificación de la ciudad que nos permitan ubicar cuadruplicar la población de barrios como el 7 de Agosto o La Hortúa, para que una nueva concepción de la ciudad vertical permita liberar espacio público a través de pequeños parques locales que sumaran una buena cantidad de árboles y espacios verdes. Una idea que tendría que cambiar la concepción cultural de la propiedad de la tierra y la necesidad de condensar en espacios relativamente cercanos estratos que normalmente no se encuentran unos con otros en la ciudad.

La cuarta, se parece a la segunda, implica la intervención urbana de al menos cuatro o cinco ríos urbanos que atraviesan a Bogotá de oriente a occidente para proveerlos de alamedas largas y anchas que permitan crear parques para la protección de los ríos, para el disfrute de un ambiente sano y la creación de nuevos espacios de interacción social. Por supuesto, no es una tarea fácil, con excepción del Parque El Virrey y algunos espacios en el Río Molinos esta ciudad no ha protegidos los cauces de sus ríos y habría que reubicar a grandes porciones de pobladores para que fuera posible el sueño de recuperar las 600 hectáreas que ya le perdimos a los cerros.

La quinta, y última, parece ser la obvia. No obstante, los últimos gobernantes de Bogotá han tenido miedo de ponerla en marcha, es devolverle al cerro lo que es del cerro y tratar de recuperar a través de acciones de reubicación las 600 hectáreas que le han robado a nuestro patrimonio. Además, a las alcaldías les ha faltado voluntad política para promover la creación de un Parque Nacional Natural, regido por las leyes de conservación, en los terrenos de los Cerros Orientales y darle a Bogotá alguna tranquilidad de su futuro ambiental.

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