sábado, 17 de marzo de 2012

Miedo

Llevo días pensando en escribir una carta de agradecimiento, he pensado a quienes incluiría,
he pensado en los pequeños detalles hippies de la vida que quiero agradecer, he pensado en
dedicarle un párrafo entero a mi mamá, he pensado mucho y nunca lo he escrito, todo por una
simple razón: el miedo.

Yo relaciono las cartas de agradecimiento con la muerte, con el final, siempre pienso que
agradecer a la gente que quiero por estar ahí, a los amigos por apoyarme, es sinónimo de punto
final, una especie de discurso previo a mis últimos días y la verdad es que todavía no me quiero
morir. Hace unos años, debo confesarlo, no vivía con mucha alegría, no sentía esa sensación
hermosa que me produce el despertarme, así tenga un millón de problemas por enfrentar.

El miedo no solo me ha inmovilizado para escribir mi carta soñada de agradecimiento a la vida,
el miedo ha sido una constante arma de doble filo que se quedó a vivir conmigo. Un amigo fiel
durante mis siete años viviendo en Bogotá.

Yo vengo de una ciudad pequeña, tranquila y sobre todo llena de guayabas, solteritas y arepas,
o por lo menos esos son los sabores que más recuerdo de mi niñez. Cuando tenía como 8 años
y vivía con mis padres en Armenia, mis pesadillas reflejaban mis grandes temores. Tenía una
recurrente: un robot gigante me abría el pecho para sacar mi corazón, mientras yo me encogía
hundiéndome en un pastizal verde limón. Sí, cuando niña le tenía miedo a las cirugías de corazón
abierto, a los extra terrestres, al apocalipsis y a la oscuridad.

Pero fue solo al llegar a Bogotá que empecé a experimentar el verdadero miedo del que hablaba
Jean Delumeau, libro que me puso a leer alguien muy cercano para entender que no soy solo yo
la miedosa, que toda la civilización occidental ha sido creada sobre las bases del miedo. Vivir en
Bogotá me volvió una persona temerosa, temo me roben o me desaparezcan, temo enfermar,
temo que tiemble y quede atrapada bajo escombros y morir del dolor o la deshidratación, temo
tantas cosas que caigo en el límite de la paranoia.

Paradójicamente este miedo que empecé a sentir viviendo en Bogotá me ha llevado a temer a
asuntos más escalofriantes, tengo miedo que se me pasen los días sin hacer nada por aportar al
mundo en el que vivo, siento miedo de enfermar por el estrés del trabajo, tengo miedo a seguir
sintiendo miedo, por esa razón, lentamente he aprendido a aceptar que tengo que cambiar el
miedo por movimiento, porque el miedo es ausencia de este y como dijo Yoda, el miedo es el
camino hacia el lado oscuro, el miedo no es natural... tantas palabras que intento incorporar en mi
vida.

Siendo consecuente con lo que creo, lo primero que debo hacer como ritual público para matar
el miedo es agradecerle por mantenerme segura y agradecerle al destino, Dios, o la vida (aún no
sé cómo llamar esa energía superior a mi razón) por todo lo que vivo, por ser una neo hippie que
todavía cree que el miedo se puede vencer.
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A Edna y a mí nos gustan muchas cosas de la misma forma, entre ellas escribir. Gracias @Mrsnitro por escribir para mi blog

1 comentario:

  1. Muy divertido porque también sentí miedo.

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