martes, 22 de abril de 2014

Tijera

La primera vez que lo hizo se sintió bien, alegre. La columna blanca que sobresalía en el cuarto había quedado manchada de sangre, no entendía bien cómo, se acordó de aquella vez en su niñez cuando se sonó en la ducha y el escupitajo fue tan fuerte que toda la pared blanca había quedado cubierta de rojo. Recordó por qué le daba asco ver a una mujer empelota, lo cierto es que le repugnaban las vulvas, le tenía cierto miedo al clítoris y le daba absoluto asco imaginarse el pubis untado de orines que se corrían al pasar un papel para secarse después de calentar con el fétido líquido un inodoro.

No entendía a las mujeres, no pudo darle sentido a esas ganas manipuladoras de su mamá, a esa capacidad de su exnovia para repetir todos los errores de su progenitora y a todas esas latosas personas que se sentaban por horas a conversar o a explorar sus cuerpos. No le dio nunca al clavo, todas sus opiniones siempre habían estadas plagadas por los estereotipos machistas, el sexo se le hacía inocuo y desagradable, no podía imaginar como una erección tan bella podía pasar por ese oscuro pasadizo por el que días antes había pasado una asquerosa mezcla de fluidos y sangre sin ningún tipo de lavado. La Biblia tenía razón, las mujeres eran seres impuros. Ni pensar en penetrar por otras cavidades, las babas están llenas de bacterias, casi tantas como las que tiene un culo, por más lavado que mantenga.

Se quedó mirándola, ¿sería su fin? Difícilmente, aunque había sangrado más que el último marrano que había visto morir en la finca. No se imaginó, que bruto, que el clítoris fuera a poder lanzar tanta sangre por los aires. Después de un cigarrillo tuvo tiempo de pensar que si le cortaran la verga en plena también saldría una horrible explosión de líquido vital que impregnaría todo el cuarto con ese asqueroso olor ferroso que desde hacía tanto tiempo era presagio de malas cosas.

El sangrado había parado, en un momento pensó usar el cigarrillo para cauterizar la herida pero le daba pesar malgastar ese buen tabaco de Alabama en ese cuerpo tan débil, tan próximo del otro lado. ¿Dolería? Probablemente, ya era suficiente con haberle arrancado de dos tajos la zona con más terminaciones nerviosas del cuerpo, no necesitaba sufrir más. ¿Coserlo? Jamás, era una tarea para las mujeres, para las pobres, a él le habían enseñado que las ricas tejían al son de la vitro y las pobres cosían a la luz de la vela. Cada quién en su rincón con sus tareas.

La primera vez sintió miedo, alguien podría sospecharlo. No, ninguna iba a hablar, quién diablos le iba a creer a una mujerzuela en un país donde los machos llevan las de ganar, Colombia no era un paraíso pero al menos seguía siendo una tierra de hombres para hombres. La primera vez no solo pensó en quemar un cigarrillo para parar la hemorragia, también había pensado en procreación, su cuerpo completo había tenido que atravesar un tubo mil veces penetrado. Pensó en putas, que no sentían placer con una sino con varias vergas, recordó su primera visita a un burdel y el asco que sintió cuando unos dedos mantequilludos, cubiertos de grasa y sudor, habían encontrado su miembro para emocionarlo.

Ni pensarlo, no podía volver a comerse a una prostituta. La dejó tirada y recogió su cuerpo para devolverlo a alguna banca. Pasó dos noches esperando que la policía viniera por él. Se quedó dando vueltas por tres noches más y en la sexta se dio cuenta que nadie iba a venir, que nadie extrañaba a una pobretona, que las mujeres en este país valían tan poco que robar a una, cortarle el clítoris con una tijera y botarla en una banca a que sintiera el sereno de la noche bogotana era apenas un pasatiempo, podría convertirse en una diversión.

Y vaya si se volvió, conoció los bares donde muchachas emperifolladas de maquillaje y laca esperaban conseguir el amor. Aprendió de memoria los rituales de cortejo, la forma de mostrar las ganas sin ser atrevido y después de dos lances conseguir que el apremio del deseo las derrotara. Disfrutaba, casi tanto como sus erecciones, verlas entrar en su cuento y caer en sus garras. En medio de la emoción, aprendió que poner las aspas de la tijera fría sobre el clítoris producía un gemido de placer y lo llenaba de más sangre, las hacía prever que el choque térmico las calentaba más, justo para lanzar el ataque.

Ni siquiera se hizo famoso, ningún periodista hizo preguntas, nadie se dio cuenta. Se volvió un héroe de su propia vida, anónimo. Su misoginia le enseñó que el semen cauteriza pero produce temibles espasmos, después de cada tijera se hacía una paja y en medio del jaleo mezclaba su pío jugo blanco con esa puerca sangre, que si no era derramada en su cama lo sería en un próximo periodo. Igual, de algo se iban a desangrar, putas todas.

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