viernes, 17 de septiembre de 2010

El negro

Era la hora del amor. Era la hora de los besos. Era la hora de las caricias. Era la hora de los dos. Ella estaba sentada en el suelo desnudo con las lágrimas que escurrían de los ojos y acariciaban suavemente su piel. Él se había quedado perplejo. No era capaz de mirarla. No era capaz de llorar. No podía pensar con claridad, todo pasó muy rápido.

En efecto era la hora del amor. Habían decidido desde el comienzo que sin importar las peleas, el cansancio, los dolores o la falta de voluntad, sin excepción los sábados en la noche tenían que compartir algo especial para demostrar el amor. Iban a cumplir con su cometido. Él había prendido la chimenea, ella había enfriado una botella de vino blanco y ambos se habían sentado en el piso con álbumes de fotos a reír con historias mil veces repetidas. Un abrazo se convirtió en una excusa para encontrarse más.

Un par de cojines los separaban de ese helado y brillante piso nuevo que habían instalado para que la limpieza fuera más fácil. Se arruncharon, se dieron besos. Al cabo de un rato las caricias habían reemplazado los besos y los cojines se habían desacomodado mientras la ropa iba cayendo a pedazos.

Una llamada telefónica los desconcertó pero no los detuvo. Dejó de sonar y al cabo de unos segundos volvieron a intentar. Sonarons ambos celulares y el teléfono de la casa. A la enésima llamada ella paró. -Algo pasó, nunca nos llaman tanto ni tan seguido-. -Fijo puede esperar, es la hora del amor-, respondió él y le siguió besando la espalda-. Ella se dejó besar pero se acomodó de tal forma que a la siguiente llamada fuera capaz de contestar el teléfono inalámbrico de la sala.

Volvieron a sonar hasta el cansancio los celulares y por fin el fijo gritó desesperadamente por atención. Ella contestó con una risita que le produjo el roce de la barba con su espalda. Un sollozo al otro lado del teléfono la alertó. -Hola chanquis, cómo te he estado llamando desesperadamente-. -Hola cosa, estaba en el baño-. -Chanquis, supiste lo de Andrés-, dijo la otra voz y se escucharon un par de sollozos. -Para-, le dijo a él. -No cosa, ¿qué pasó?-. -El negro se murió-.

No hubo más palabras. A ella se le escurrieron las lágrimas inmediatamente, buscó la camiseta con prisa y le cogió la mano. Le dijo despacio -el negro se murió-. -¿Cómo que el negro se murió? ¿Cuál negro?-. -¿Cómo que cuál negro? El negro, Andrés, era cosa, ella me contó-.

Se abrazaron. Ella se acordó del día que había conocido al negro, bailando en una fiesta de la prima. Era alto, moreno, con una buena figura y una cara cómica. Tenía los dientes amarillos por el cigarrillo. El negro los había presentado, era el celestino, el padrino, el confidente. El negro tenía un poder para hacerla reír impresionante. Siempre había querido tirar con él, porque bailaba de una forma espectacular. No le gustaba que El negro tomaba mucho y cuando se emborrachaba tenía la mala costumbre de llamar a sus amigos a deshoras o de hacer espectáculos en la calle. Lo habían arrestado varias veces.

Él no tenía ni idea cuándo había conocido a El negro. Al fin y al cabo crecieron juntos. Iban los domingos a jugar fútbol en el parque del barrio vecino, tenían la costumbre de lanzar bodoques. Con El negro se había fumado su primer cigarrillo, a él le había contado de su primera paja y con El negro había comprado la primera revista con viejas desnudas. El negro sabía cuántas mujeres, de verdad, habían tenido sexo con él. El negro sabía a cuáles novias les había puesto los cachos y cuales historias eran mentira.

Era una ironía pensar que El negro se había muerto cuando iban a hacer el amor, porque ambos sabían que El negro tenía grabada en su mente los pormenores de la primera vez que estuvieron juntos. Es más habían estado juntos en la cama de El negro, una noche en la que hubo mucho alcohol, muchos cigarrillos y muchas mentes sucias craneando la mejor forma de no quedarse sin sexo esa noche.

Las mentes se nublaron tanto como los ojos de ella. Él sabía que a El negro no le habría gustado verlo llorar. Se contuvo, la acarició. No la quería ni ver. Ella estaba en el suelo desnudo con las lágrimas cayendo a borbotones. Era la hora de los dos. Se había convertido en la hora de los tres.

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Este post que combina amor y amistad es mi regalo a mi BloggerSecreto. A él, @omargamboa un feliz día. Espero que pronto consiga una novia y si no, pues hermano para eso siempre está bien escribir, imaginar y gozar.

5 comentarios:

  1. Me gustó mucho
    la tristeza de perder una amistad ni el amor puede curarla

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  2. Me gustó, es sencillo, pero tiene ritmo.
    Saludo

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  3. Perfectamente escrito!
    El dolor que se siente al perder un amigo es indescriptible.
    En ese momento solo se permite silencio, lágrimas y un abrazo

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