domingo, 15 de marzo de 2009

Acaso será

Los balcones, las sillas, los árboles, las piedras de la calle, la mierda corriendo por el río, los zaguanes de los conventos, la brisa, el sol, las campanas de la catedral, el reloj de la iglesia de mi calle, los herrajes de mi puerta, los libros de la biblioteca pública, el periódico que llega en las tardes a mi casa, la bacinilla, la tetera, los tizones con que cocina Teresa, el marco de mi ventana. Ellos son mis acompañantes, los que parece que se fijan en mi. A todos los veo diariamente. A todos les dedico un par de minutos al día. Todos conocen mis más álgidos momentos y mis calidas reflexiones. Todos me dedican unos segundos de su material existencia a demostrarme que todo viene y va, pero sigue existiendo.

Cada objeto a su manera se detiene por un instante a entregarme su exitencia, pero la gente, los habitantes, los humanos, las mujeres con paraguas, los hombres con sombrero de copa, los niños de panatalones cortos, las niñas con enaguas, las monjas de rosario y los curas enruanados que se pasean por SantaFe parecen sentir que yo no existo. Ni Teresa mi fiel indígena que cocina con recetas españolizadas de sus platos ancestrales ni el muchacho que entrega la edición vespertina del diario ni la señora que vende las aromáticas en el cafetín de la Calle Real ni los mozos de los carruajes ni mis vecinos, nadie, absolutamente nadie me ve.

Me miran, de reojo. Me miran con desprecio, con compasión, con ganas, con odio, con amor. Ninguno me ve con interés. Acaso soy un bicho raro de esos que traen los exploradores y mueren congelados en una helada sabanera. Será que me espera ese triste desenlace, amanecer frío y sin dolientes. Acaso soy no tengo voz, acaso no soy un ciudadano de bien que paga sus impuestos, da limosna y no se olvida del diezmo. Será que tengo que olvidarme del fisco, los más pobres y la Santa Iglesia Católica. Acaso no voto, acaso no saco libros de la biblioteca y los devuelvo en perfecto estado. Será que la apatía y la mala conducta social son las premiadas. Acaso no visto a la moda y compro los últimos productos traídos de Londres y París. Será que tengo que usar ropa en harapos o inventar mis propias formas de acomodar los modelos más originales y dejar de importar costosos objetos. Acaso no tengo un par de mulas, una fortuna conseguida a partir del inmenso esfuerzo que es vender sal en las lejanas tierras de los jesuítas al otro lado de la cordillera. Será que tengo que ser pobre o obsenamente rico para que los ojos se fijen en mí. Acaso no me confieso todos los viernes, me baño todos los sábados y voy a misa todos los domingos. Será que es mejor dejar que los humores se acumulen en el cuerpo y el alma.

No puede ser que cada vez que digo algo, que tiro algo, que me asomo al alfeizar de mi ventana o me recuesto a tomar el sol nadie tome conciencia de mi existencia. Todos saben quién soy yo, eso es obvio. Todos me conocen, algunos me saludan cortésmente, otros se hacen los de la vista gorda. Unas balancean la falda cuando se cruzan conmigo y otras interponen la sombrilla entre nuestras miradas. Todos, los que me miran y los que prefieren no hacerlo, no saben quién soy yo. No tienen ni idea de las cosas que soy capaz. Algunos me ven con cara de muchacho delicado, ya quisieran ellos tener que lidiar con los majestuosos ríos de las llanuras o subir a lomo de mula un piano desde Honda. Los que me ven como un simple campesino ramplón, se sorprederían a ver mi bien dotada biblioteca, con libros en francés, latín y griego, todos escogidos a dedo y leídos con vigor. Los que me ven como un solterón dedicado al fracaso en el amor o con intereses contra natura se quedarían atónitos con algunos desenfrenados bailes que he organizado con niñas de la sociedad o con las deliciosas escapadas a visitar los lechos de varias indígenas. Los que suponen que he desvirgado a más de una muchachita se quedarán con la boca llena de palabras porque no me gusta que la sangre corra por mi casa, no dejo siquiera que maten a un pollo, no voy a dejar que corra la de una inocente señorita.

El problema no es que se den cuenta de que estoy. El problema es que descubran que el campesino y el citadino residen en mí. El delicado y el trabajor también. Quiero que sepan que detrás de la ropa afrancesada y los libros romanos hay alguien interesante. Quiero que entiendan que hago las compras, no las hace Teresa, porque me preocupa mi salud. Quiero que sepan que detrás de lo que les han dicho de mi persona yo tengo un caracter dispuesto a socializar.

2 comentarios:

  1. Roo... que gran argumento... pero yo creo que "acaso será", no es nada... no te pongas a saber esas cosas... llegara alguien que no necesitara saber esas cosas.. simplemente te querra de la forma que eres...

    Un abrazo..!!

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  2. buuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

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