jueves, 5 de enero de 2017

Mierda

Cuando Camilo se quedó quieto, por un instante, se dio cuenta de que estaba solo. No había parado, no había podido dedicarse a nada en concreto pero lo había intentado todo. Se inventó una excusa, a mí me gustan los marcianos y los uribistas. Ambos, en vía de extinción. Los primeros porque no se encontraban hacía tiempos, los segundos porque, a pesar de ser buen polvo, estaban tan reprimidos que no aparecían en su panorama.

Tuvo hijos pero los dejó de ver cuando crecieron y vieron un universo más allá de sus paredes, nunca pudo con los perros ni con los gatos, nunca escuchó una palabra de aliento de su familia, no tuvo amigos porque tener amigos implica una cantidad de negociaciones que no estaba dispuesto a hacer. Solo tenía sexo, harto, pero igual de inútil, igual de ramplón. 

Su rutina empezaba temprano, con un computador entre las piernas para escribir un rato. Lo hacía por costumbre, habría un documento nuevo, lo citaba con la fecha del día y escribía como si le escribiera una carta al amante desaparecido, al amigo perdido, al papá incomprendido. Siempre, empezaba con la misma frase: les aplasto la caquita pero no me les como la mierda; era su forma de reivindicar que su soledad correspondía a la extraña confesión que había llegado con la crisis de la edad media, había descubierto, casi por error, que le gustaban los hombres y no las mujeres. 

No fue algo que él se imaginaba, había pasado al escuchar a un hombre masturbarse en una ducha de la piscina. Ese día, contra todo pronóstico, se le paró durísimo la verga, como no le pasaba casi nunca con su esposa. Esa noche, decidió contarle a ella lo que le había pasado, con una sonrisa picarona, como de aprovecha que estoy arrecho. Ella le dijo despectivamente algo como -me vas a comer ahora como si fueras un marica o qué-, se dio la vuelta y se durmió. Él se hizo una paja en la cama y untó las sábanas con su semen para que amanecieran con su olor. 

Después vinieron una serie de acontecimientos que no supo entender muy bien, espiar hombres en la piscina, sentirse halagado con cada comentario en los vestieres, ver paquetes y culos en la calle. Un día la curiosidad lo mató y terminó en un cuarto oscuro empeloto participando en un bukake. Y todo se fue a la mierda, se despidió de la esposa, les contó a los hijos, les dijo a los papás y hermanos, se confesó con los amigos. Vio como todos encontraron excusas para abandonarlo, el tiempo siempre fue el mejor aliado de todos, nadie tenía cómo sacarle un par de minutos en Bogotá, y quién los podría juzgar, él también sabía que en esta ciudad es imposible moverse. 

Vinieron tiempos de desenfreno, una productividad macha en el trabajo, una altísima capacidad de convencer a chicos de cualquier edad que valía la pena hacerle compañía o pasar la noche con él. Poco tiempo para pensar, mucho menos para leer, apenas un espacio chiquitico para escribir. El día que paró y vio a su alrededor y se vio solo le dio alegría. No necesitaba a nadie en su vida, no quería a nadie en su vida, no podía imaginarse otra vez estar preocupado por terceros para saberse decepcionado, no sabía cómo entablar una relación larga, no entendía cómo se había enamorado cuatro veces en su vida: la primera de su esposa, a quien realmente había amado y las tres siguientes cada vez que había visto llorar a sus hijos por primera vez.

Escribió y se quedó ahí en la cama, sonriente, como si el mundo, todo, girara a su alrededor. 

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