jueves, 18 de septiembre de 2014

Defender lo indefendible

Es difícil hablar bien de Bogotá, cada día parece ser más obvio que la ciudad está en decadencia, los medios no escatiman oportunidad para contarnos que en la ciudad roban, matan, no se puede andar, no hay aire limpio, ni parques, ni oferta cultural... nos podemos quedar, como hace mucha gente mezquina, enumerando los problemas de esta ciudad. Negarlos, por otro lado, es ingenuo, esta no es una capital particularmente amable pero no creo que sea el monstruo que la gente se imagina.

La gente que parece odiar esta ciudad recuerda con nostalgia la ciudad de hace 15 años. Quién no habría de hacerlo, estábamos en la cúspide de un largo renacer que había convertido a Bogotá en un modelo a seguir, de ser la cloaca de América Latina, como tituló una vez El Tiempo por allá en 1993, había pasado a ser el centro de las discusiones urbanas. Entonces, llegó una seguidilla de alcaldes que, según el entendimiento general acabaron con la ciudad.

En mi forma de ver, Lucho, Samuel, Clara y Gustavo no han destruido a la ciudad, apenas la devolvieron a su triste realidad: una capital pobre, de un país pobre, con terribles condiciones de vida para la mayoría. Piensen en lo siguiente, a Lucho no lo eligieron para que hiciera más troncales de Transmilenio (aunque él inauguró las troncales de Suba y NQS y dejó firmados tardíamente los contratos de la 26 y la 10), él ganó porque prometía acordarse de los que no conseguían un cupo escolar, los que no tenían acceso a servicios de salud, los que sentían que la ciudad les había dado la espalda.

Que Transmilenio está convertido en una porquería, por supuesto, hoy deberían estar construidas las troncales de la Boyacá, la Séptima, la 100-68, la Primero de Mayo, es decir, la carga del sistema estaría repartida de mejor manera. Que no se ha construido el Metro, gracias a todos los dioses, estaríamos metidos en una obra enorme y costosa que apenas transportaría al 3% de los bogotanos (menos del porcentaje de gente que camina para ir a trabajar o estudiar todos los días). Que las vías están llenas de huecos, gran sorpresa, así han estado siempre y así estarán por toda la eternidad, quitarle los huecos a Bogotá nos cuesta hacer dos líneas de metro o como 10 túneles de la Línea. Que el SITP tiene conductores fatales, pues claro, es que transformar la cultura de conducción en una ciudad donde todos, como dice Mockus, somos guaches es muy berraco.

Todo eso es verdad, lo vivimos a diario (claro que yo me bajé del Transmilenio convencional al SITP y soy una persona muy feliz). Imposible es negar que Bogotá ha tenido un cambio sustancial en sus condiciones de vida en aquellos barrios a los que nunca vamos y por eso es que después de Lucho ganó Samuel, lo reemplazó Clara y lo continuó Gustavo (sospecho que Clara volverá a Liévano, Chibchacum nos coja confesados). Estos gobiernos se dedicaron a mejorar la vida de la gente que limpia nuestras casas, que guardia nuestros edificios, de los invisibles.

Y es allí donde hay que defender que la ciudad sí ha cambiado, sí lo ha hecho para bien. Hace apenas 15 años el 10% de los niños y adolescentes de Bogotá no conseguían cupo en los colegios públicos, tampoco recibían educación de calidad y no podían soñar en jornadas de 40 horas a la semana; en tres lustros la cuestión ya no es que metamos al colegio a nuestra niñez, es cómo la tenemos más tiempo y les damos mejores herramientas para vivir en un mundo competitivo. En el 98, la tasa de mortalidad materna era de 92,30 por cada 100.000 nacidos vivos, el año pasado cerró en 23,47. En 2000, 540 niñas entre 10 y 14 años tuvieron hijos en la ciudad, el año pasado lo hicieron 422 (a mí me sigue pareciendo escandaloso pero hubo una reducción de más de 100 casos). En 1998, el año que empezó el gobierno de Peñalosa, la tasa de homicidios era de 41,51 casos por 100.000 habitantes (la más alta desde entonces) y el año pasado estuvo en 16,7 (la más baja de los últimos 30 años).

Todos los datos anteriores los tomé de la API de Bogotá Cómo Vamos y de su actualización del informe del año pasado, lo dejo claro para que no vayan a pensar que Petro (o alguien de su inepto gobierno me pagó para decirlo). En esa página hay como 160 datasets que muestran cómo ha cambiado la ciudad en los últimos 15 años y lo importante que es tener una perspectiva larga en el tiempo para ver la realidad de esta ciudad.

Defiendo lo indefendible porque detesto los últimos cuatro gobiernos (incluyo a Clara), le hicieron un daño de corrupción muy grave a la capital pero nos recordaron que al otro lado de la 13 hay una ciudad que quería participar de la danza de los millones. Nos hicieron ver que un niño de Usme vive en una realidad tan diferente a uno que nace en Teusaquillo que mantener esa desigualdad era inhumano (nuevamente parezco del sistema de información de Petro, me voy a volver cristiano) e insostenible.

Claro, a mí también me gustaría vivir en una ciudad más limpia, donde la gente reciclara más, donde fuera posible poner una cita a una hora exacta y que la gente la cumpliera, sin incertidumbre acerca del futuro, con facilidad para sacar el computador en un bus y estar blogueando mis recorridos por la ciudad. Esa no es la ciudad en la que vivimos pero es la ciudad que soñamos y en la que algún día me gustaría ayudar a construir.

Más allá de las cifras, basta recordar que Bogotá es una ciudad de oportunidades, aquí llegamos (me incluyo foráneo) porque sabemos que los negocios, la universidad, las posibilidades de "ser exitoso" son más grandes. En ese sentido, creo que va siendo tiempo que recordemos por qué estamos aquí y qué podemos hacer nosotros, no el alcalde ni su ridículo secretario de Gobierno o su inexistente secretaría de movilidad para mejorar la vida de todos.

Si todavía le queda difícil pensar bien de Bogotá vea un atardecer como el de hoy. Si no se vuelve a enamorar, es hora de que busque otra ciudad que le dé oportunidades porque aquí siempre será infeliz.

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Hace como 4 años escribí una defensa a Bogotá después de que Carolina Sanín se despachaba de odio contra la capital. Hoy lo hago otra vez porque he visto circular por ahí una entrada en el blog de El Tiempo que básicamente es una oda a la bogotanofobia.

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