sábado, 13 de julio de 2013

Del proyecto de reforma a la educación (parte 2)

Hace días tenía ganas de escribir sobre la reforma a la educación superior. Tengo en la cabeza muchos temas y es posible que deje por fuera algunas cosas y que un poco de mi objetividad se haya perdido en la radical oposición en la que me encuentro a la Mesa Estudiantil Nacional Ampliada MANE.

Comienzo por decir que en 2011 estuve gratamente sorprendido en la forma como los estudiantes se tomaron las calles para marchar en contra de la reforma a la Ley 30 que quería minar la construcción de la universidad pública. Ha sido, lo dicen las encuestas, el momento más difícil del gobierno de Juan Manuel Santos. Una mirada a la Encuesta bimestral de Gallup demuestra que el país sintió como propio el grito de los estudiantes.

Después de meses de paro descubrimos que ni Santos ni los estudiantes supieron leer el mensaje que les dio la opinión pública. Por un lado, el gobierno no se dio cuenta que darle más plata a las universidades era un buen negocio, que tenía asiento popular; el gobierno pudo hacer un esfuerzo y buscar un par de billones extraordinarios para la universidad pública (por ejemplo, vender un porcentaje del que tiene aprobado de ECOPETROL). Habría callado la protesta y seguramente tendría contento a un buen sector de la sociedad que entiende la importancia de la educación en el desarrollo del país.

Peor fue la miopía de los estudiantes que tuvieron que sufrir las históricas disputas de los líderes estudiantiles, que están más motivados por las necesidades de los partidos y movimientos políticos a los que pertenecen que por el interés del crecimiento de la educación superior en su conjunto. La MANE en lugar de ser un lugar incluyente y de pensamiento colectivo se convirtió en un grupúsculo que únicamente tiene en cuenta las visiones de un grupo de ciudadanos y que no se interesa por entender las dinámicas más allá de las universidades públicas centrales.

Después de dos años, que ellos llaman de arduo trabajo y concertación (entre los comunistas, el MOIR y la Marcha Patriótica) salió un borrador que nos hizo llorar de risa. Parecía, en verdad, un panfleto de una agrupación de izquierda en mayo de 1968 y no el resultado de un proceso de discusión nacional para resolver los problemas de cobertura y calidad que tiene nuestro sistema educativo. El borrador no logró entender que la educación superior depende de la educación básica y media y que si el país sigue educando a los pobres en guetos y a los ricos en clubes seguirá existiendo eternamente la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen. No entendieron a la universidad como un polo de desarrollo que permita la movilidad social y la innovación.

La MANE radicalizó su discurso, tanto que en una asamblea en la Universidad Nacional de Colombia, un profesor debió salir escoltado al recordarles a los estudiantes que necesitan presentar algo que demuestre que están preocupados por Colombia, que deberían buscar los votos y el consenso, no la confrontación. En la misma universidad, fue elegido un estudiante como representante de una facultad cansada del discurso de los grupos de siempre y ha sido amenazado y tildado de paramilitar y asesino.

¿Por qué llegamos ahí? Porque a la MANE no le interesa entender la educación superior como un proceso que incluye la formación para el trabajo, la investigación y la innovación. Tres procesos que se deben llevar a ritmos diferentes y con gente diferente. El proyecto de la MANE no reconoce el marco legal del país y tampoco es capaz de incluir a instituciones tan importantes como el SENA.

¿Qué va a pasar? El gobierno va a seguir intentando desmantelando la universidad pública, tan incómoda. La MANE seguirá siendo un club de unos pocos. Los estudiantes seguiremos recibiendo educación mediocre y en cada vez peores condiciones.

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