lunes, 4 de marzo de 2013

Un buen tipo... mi viejo

“Ricardo, Ricardo….tu papá…” fueron las palabras con las que me despertó mi mamá el sábado 22 de enero.


Muchas veces ocurre que uno está teniendo un muy buen sueño del que no quisiera despertar, pero cuando pasa no nos lamentamos mucho porque al poco tiempo se nos olvida lo que estábamos soñando. Yo, todavía me sigo lamentando el hecho de haber despertado de aquel sueño que cambió mi vida.


Al principio todo parecía un día del fin de semana como cualquier otro, en el que mi mamá estaba en el colegio trabajando y mi hermano, mi papá y yo dormíamos. Así eran las cosas a las 10 de la mañana, pero el final estaba destinado a ser otro. Mi mamá con su voz quebrada y los ojos aguados me despertó para avisarme que mi papá no estaba bien.

-¿Qué pasa ma?, le pregunté con un tono asustado.


Ella no pudo responder, solamente me miró con esa expresión en la cara que lo decía todo y yo le pregunté si mi papá estaba muerto. Mi madre asintió con la cabeza y lo siguiente que recuerdo soy yo corriendo al cuarto de él para verlo con la esperanza de que todo fuera una mentira.


Con el tiempo, la vida le fue cambiando la apariencia a José Hilario Durán, mi padre, que a pesar de tener 51 años de edad, su calvicie, el trabajo y el estrés se encargaron de hacerlo aparentar de bastante más edad. Todavía recuerdo las diferentes ocasiones en que le ofrecieron la silla azul en Transmilenio, o la vez que le preguntaron si era de la tercera edad, pero si pudiera escoger el mejor recuerdo de él, creo que sería el de la última navidad. Era 24 de diciembre y mi papá no podía evitar esa cara de felicidad, al ver que mi hermano y yo, por primera vez, le compramos un regalo a él y a mi mamá con nuestra propia plata.


Estaba orgulloso de ver que nosotros ya trabajamos y que de cierto modo le estábamos demostrando que no éramos más dos niños, sino dos jóvenes con algo de responsabilidad tal y como él nos enseñó.


Sin estar enfermo, o sufrir un paro cardiaco, mi papá se murió sin sufrimiento alguno, o como dice mi hermano: “se quedó dormido”.Y es que no solo perdí a mi papá, o a mi corrector de estilo, a mi amigo con el cual disfrutaba las columnas de Daniel Samper Ospina y con quien hablaba de lo poco que sé de política; sino que perdí mucho más que eso. Perdí a un hombre que era mi modelo a seguir, a mi héroe y a una persona que me enseñó que la vida no es fácil, pero que hay seguir luchando.

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Gracias a Ricardo Durán por esta historia.

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