viernes, 28 de enero de 2011

Brasil II: la política del gigante

Aunque Brasil debió jugar un rol de liderazgo en América Latina y en general en los países no alineados durante la segunda mitad del siglo XX no lo hizo. La miopía de su clase política, las diferencias del aparato productivo de Brasil con el resto de América Latina y los accidentes geográficos separaron al gigante suramericano de sus vecinos. Hace apenas una década Brasil no tenía intenciones diplomáticas de integrarse con América Latina, no era el camino para acercarse a Estados Unidos y sus empresarios no hacían grandes inversiones en nuestro subcontinente.

Por qué Brasil no estuvo siempre en la cabeza, como líder y vocero de América Latina, simple, no le interesaba. La política de Brasil ha sido uno de los experimentos más tropicales de nuestro continente, comparable apenas con las repúblicas bananeras del Caribe. La primera mitad del siglo XX estuvo dominada por la figura de Getulio Vargas, el gran gestor de la industrialización brasilera. De él dependieron los gobiernos hasta la dictadura. Después los militares asumieron el poder y apenas en los albores de la década de los 90 aparecieron los gobiernos civiles democráticamente elegidos.

No basta entonces con saber quién es Lula y cuál fue su papel en la transformación de la imagen internacional brasilera, es necesario entender un poco de historia para entender cómo las estructuras políticas del país no se han renovado en los 20 años de democracia. El primero que nombré fue Getulio Vargas, él fue el presidente de 1930 a 1945 y después de 1951 a 1954. Su figura, similar a la de Perón en Argentina, fue el comienzo de un cambio político en el que los oligarcas de Minas Gerais y Sao Paulo dejaron de gobernar el país. Durante su gobierno se modernizó la economía y hubo cambios significativos en la relación de los ciudadanos con el Estado y de los empleados con los empleadores.

Getúlio Vargas se suicidó en 1954 y su gobierno sirvió de base para medir la calidad de los siguientes presidentes. Juscelino Kubitschek el primer presidente civil elegido que terminó su mandato desde 1922, elegido en 1955 tuvo que organizar un plan de desarrollo económico para evitar protestas sociales y su vicepresidente, Joao Goulart fue ministro de trabajo de Vargas. Años después cuando Goulart era presidente fue justamente su pasado varguista y sus políticas sociales que continuaron el programa de Vargas y Kubitschek lo que llevaron a la dictadura militar.

La dictadura brasilera fue diferente, al menos en el campo político, a las de sus vecinos del cono sur. Claro, hubo represión y censura durante los primeros 15 años con cientos de presos y desaparecidos pues a los militares les daba miedo que los socialistas quisieran volver al poder. Sin embargo, la dictadura no acabó con las reformas sociales de Vargas y mantuvo el Plan de Metas de Kubitschek que pretendía llevar población del litoral al interior y que quería reformar la estructura social y el desarrollo de los estados que no contaban con acceso al mar. Los presidentes-dictadores crearon un sistema corrupto de promoción económica y consolidación política que permeó las estructuras políticas federales y estatales. Durante el mandato de los militares se reconoció a Brasilia como verdadero centro político del país y las tradicionales estructuras de nobleza rural fueron reemplazadas por la nueva oligarquía urbana e industrial.

El régimen le tenía mucho miedo a América Latina porque en ella se estaba gestando una revolución como en Cuba. El recelo fue tal que Brasil se negó a compartir experiencias antisubversivas con otros países del continente y la entrada de latinos estuvo restringida hasta 1979. En 1979 comenzó la apertura del régimen con la entrada en funcionamiento de tratados de cooperación educativa para exportar el modelo brasilero a África y América Latina, el final de la censura, el regreso de los exiliados y la excarcelación de buena parte de los presos políticos. En 1985 la elección presidencial enfrentó al candidato oficial de los militares con Tancredo Neves, un ex funcionario de Vargas y Kubitschek en unas elecciones con colegio electoral en las que resultó electo Neves. Neves murió en 1985, días antes de su pose presidencial y fue substituido por su vicepresidente José Sarney, el primer presidente civil electo desde 1960.

Durante el gobierno de Sarney se redactó la nueva constitución y se hicieron las primeras elecciones libres. En 1989 fue elegido Fernando Collor de Mello, un político joven que prometió renovar la clase política y renovar la fuerza industrializadora del Brasil resentida por las altas tasas de desempleo e inflación. Su gobierno fue tal vez el gobierno más corrupto de Brasil, en su gobierno la única relación verdadera con América Latina fueron los negocios de limpieza de divisas que hizo su mano derecha Paulo Cesar Farias de los dineros de narcotraficantes colombianos.

Collor fue sucedido por Itamar Franco, su vicepresidente, quién debió enfrentar hiperinflaciones y protestas sociales. Franco nombró ministro de Economía a Fernando Henrique Cardoso, un famoso sociólogo que había creado la Teoría de la Dependencia. Cardoso creó el plan Real que cambió la moneda corriente del Brasil y estabilizó la economía. El plan fue tan exitoso que él mismo resultó electo presidente y su primer mandato fue tan popular que logró cambiar la constitución para hacerse reelegir. Después de su mandato llegó al poder un hombre iletrado y antiguo líder sindical que había luchado contra la represión de la dictadura y que había sido candidato en todas las elecciones desde 1989, su nombre es conocido en casi todo el mundo, Luis Inacio Lula da Silva.

Lula aprovechó la estabilidad económica, la relativa industrialización brasilera y el desarrollo del campo (entre otros, la destrucción de la selva amazónica para sembrar soja) para implementar reformas sociales y hacer grandes inversiones en el interior del nordeste brasilero para desarrollar las zonas más pobres del Brasil. Lula, con un talante conciliador decidió acercase a América Latina, a la que identificó como el sitio ideal para hacer inversiones, y a África, el mercado natural de sus productos. La sucesión Cardoso-Silva no había transformado la estructura burocrática brasilera y no había hecho grandes reformas a la diplomacia. Lula encontró un equipo de diplomáticos técnicos que lo ayudaron a forjar un nuevo papel para Brasil.

Para Lula fueron provechosos los acuerdos académicos que en 30 años habían llevado unos 45.000 estudiantes extranjeros a las universidades brasileras, el mercado brasilero con unos 100 millones de personas en la clase media y la desidia norteamericana en Suramérica sumada a la europea en África. El presidente brasilero se convirtió pronto en el personaje al que todos querían invitar y abrazar. Su primer propósito fue unir a la Comunidad Andina con el Mercosur, logró la firma de un tratado de libre comercio entre las dos regiones y sentó a todos los presidentes de América del Sur en la Comunidad de Naciones Suramericanas que terminó convertida en la Unasur. En sus años de gobierno hizo más de 50 viajes a África y avanzó en la propuesta de tener un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU.

A la hora de la sucesión muchos se preguntaron si él seguiría los pasos de otros colegas latinoamericanos y se haría reelegir. No, él decidió poner a un títere en el gobierno, al mejor estilo del actual gobierno ruso. Hizo que su partido eligiera a Dilma Rousseff una tecnócrata que no tenía experiencia política y que no era bienvenida en el Congreso. Convenció a los escépticos de que una mujer era el mejor camino para asegurar votos. Qué le puede esperar a Brasil en los próximos 5 años. Es posible que Rousseff esté sólo guardando el puesto a su ex jefe, lo seguro es que tendrá que negociar más con un parlamento dominado por la oposición y habrá que pensar en nuevas estrategias para que, sin la figura popular de Lula, Brasil siga estando en los titulares de los diarios.

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