domingo, 5 de julio de 2009

El otro del espejo

Me soñé contigo y me llamaste. Me senté a escribir y tú me diste inspiración. Estuve pensando en ti y apareciste en mi puerta. Y así pasó el tiempo, éramos un momento de alegría tras otro. Me enseñaste cosas, aprendiste otras más conmigo. Nos hicimos amigos, nos hicimos compañía, entendimos las caras, las caricias, las manos, el olor, el color, hasta las formas de caminar. Por un momento pensé que sí era posible estar con alguien, por un momento me ilusioné con el futuro, por un momento dejé de recordar el pasado, por un momento mi presente dejó de ser mío y pasó a ser nuestro. Y de pronto se acabó. Así de la nada. Y de pronto me di cuenta que nuestro presente lo compartías con alguien más. Y de pronto me llené de lágrimas la cara. Y de pronto sentí que mi corazón no funcionaba más. Y de pronto me paré frente al espejo y ya no reconocí la imagen que estaba frente a mi.

Ahí fue cuando entendí que me habías cambiado. Me cambiaste cuando decidiste hacer nuestra cama un espacio de tres, pero esa fue una cuestión más física que epistemológica. Me cambiaste el físico, después de tantas alegrías mi cara estaba llena de arrugas, después de sufrir a tu lado me habían salido un par de canas. Me cambiaste la forma de pensar, dejé de tener el alma libre y el espíritu contento. Me cambiaste el ánimo, no volví a ser egoísta ni grosero. Me cambiaste el vocabulario, no volví a usar palabras despectivas ni frases de cajón. Me cambiaste los ojos, ya no son piedras opacas y aunque te fuiste siguen brillando como por inercia. Me cambiaste la ropa, los viejos pantalones negros y arrugados fueron reemplazados por jeanes desteñidos y camisetas llenas de color. Me cambiaste los hábitos de comida, ahora mi cuerpo está acostumbrado a tener tres saludables comidas y no un desparrame de dulces, grasas y galguerías. Me cambiaste los labios, antes estaban acostumbrados a buscar por ahí y ahora buscan tu boca cada mañana y cada noche. Me cambiaste, me volví un animal de costumbres y busco tu cuerpo en la cama por las noches, dejé de usar pijama, empecé a convencerme de que Miguel Bosé era un buen artista y hasta me volví de derecha.

Ese que no quise reconocer en el espejo era el yo que compartí contigo. Ese que se paró frente a mi y me trató de decir que era yo se tiene que acabar. Ese que quiere pretender que existe un nosotros no puede darle más vida a mi vida. Ese que asume ante el mundo que cambié, ese no soy yo.

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