domingo, 5 de abril de 2009

¿Dónde están nuestros derechos?

Este ha sido un fin de semana un poco político, prometo que en Semana Santa publico al menos un cuentico. Lo que pasa es que desde la semana pasada tenía ganas de volver a escribir acerca del Personero de Bogotá, Francisco Rojas Birry. La verdad es que la rabia que me embarga cada vez que pienso en ese personaje desagradable.

Voy a comenzar por decir que me parece muy importante que Bogotá tenga un personero que pertenezca a una minoría étnica. En Colombia la mayoría de los grupos sociales y culturales minoritarios han asumido un rol especial en la construcción del Estado Social de Derecho que según la Constitución nos gobierna. Sin embargo, al César lo que es del César, una cosa es ser indígena, homosexual, afrocolombiano, mujer, discapacitado, y una muy diferente es ser un buen servidor público. Rojas ha demostrado que el poder es para los amigos, para compartirlo con nosotros, con nuestro ombligo.

Ahí comienzan mis reparos al señor Rojas. Él fue un constituyente entregado pero mediocre, sí es extraña esa combinación pero así fue, como muchos líderes de izquierda él estaba un poco reacio a los verdaderos alcances de la nueva carta magna. La Asamblea Nacional Constituyente lo puso en un trampolín que lo llevó al Congreso. Desde su curul, en lugar de promover derechos indígenas, se dedicó a traficar influencias y a poner a sus amigos en puestos del Estado, cualquier parecido con un cacique electoral es pura coincidencia.

Su paso por el Congreso, sin pena ni gloria, lo dejó viviendo una vida de rico con un salario de pobre y lo llevó prácticamente a la bancarrota. Entonces llegó su salvador, Samuel Moreno Rojas, el mismo que salvó a Ernesto Samper y hundió al Seguro Social. Sammy, samuelito, samuel se lanzó a la Alcaldía Mayor de Bogotá y nombró a unos personajes de dudosa reputación para manejar económica y políticamente su campaña, todo bajo la estricta supervisión de Maria Eugenia Rojas, su mamá.

En ese dudoso equipo estaba Rojas, haciendo proselitismo y manejando la plata. Curioso, el candidato con más opción le entregó el manejo de las finanzas a un señor en la quiebra, muy poco inteligente la idea. Ese señor que quería conseguir votos hasta debajo de las piedras. No le importó que cuando ya debían estar cerradas las campañas le ofrecieran una reunión con un empresario de Putumayo que quería darle platica, carros y votos el domingo de las elecciones. Parece que ese día nada pasó y el señor de Putumayo, hoy en la cárcel, se quedó con sus voticos y su platica.

Sammy fue elegido con una impresionante votación y pues llegó la hora de pagar favores. Arriba dice parece, y sólo parece, porque nombraron a un amigo del señor de Putumayo en la Secretaría de Movilidad, la más importante, la que va a cumplir las promesas de campaña. Curioso, muy curioso. Para Rojas no había secretaría, se estaba volviendo una piedra en el zapato, imagino a Sammy y su mami recibiendo todos los días llamadas del señor Rojas pidiendo puesto, sueldo, protagonismo.

La solución perfecta fue darle un puesto con casi mil empleados y con poder de decisión en más de 65.000 personas que trabajan para el Distrito. Era el lugar perfecto. Fue poner la maquinaria a funcionar y listo, en tres meses estaba él en la Personería Distrital. No valieron las quejas de Carlos Vicente de Roux, Carlos Baena y otros concejales, a él lo eligieron las inmensas mayorías. Curioso, muy curioso. Dicen que estaba inhabilitado por manejar plata pública antes de un año de su elección, pero como en Colombia las investigaciones y vainas se demoran, no importa él en su solio se sentó.

Escándalos han sobrado, que firmó contratos ilegales, o viciados, o en los que misteriosamente los únicos proponentes eran sus más cercanos amigos. Curioso, muy curioso. Después entonces al señor del Putumayo lo metieron en la cárcel y comenzó una cacería de brujas en los medios para saber quiénes habían departido en su mesa o habían tenido contactos monetarios con el sujeto este. Rojas Birry no tardó mucho en quedar en las listas de nombres untados. Él decidió defenderse sin dar la cara, sin participar de los debates en el Concejo, sin salir a los medios.

El fin de semana pasado rompió su silencio y ahí se acabó la mínima dosis de respeto que le tenía. Rojas, de manera pusilánime, dijo que lo habían humillado y tratado de todo que lo único que faltaba es que le dijeran gay o matón. Listo, apague y vámonos. Un funcionario que está encargado de las investigaciones disciplinarias de los funcionarios distritales y de la protección de derechos fundamentales en la capital compara a ser homosexual con ser un asesino.

Varias cosas le quiero contar al señor Rojas: ser homosexual no es un delito, no es una enfermedad y no está mal, yo aprendí desde muy joven que cada cabeza es un mundo y cada culo un carnaval, cada quien puede desarrollar su personalidad con quién y cómo mejor le parezca. También que robar, o ejercer tráfico de influencias, o malversar la administración, no es comparable a matar, es peor. Sí, es peor, porque ser funcionario público es un honor y cómo tal debe el cargo debe ser ejercido con pulcritud. Matar es el acto de una persona del común que se deja llevar por sus sentimientos (ira, dolor, desesperación, necesidad de llamar la atención, maldad) por encima de la razón. Robar, acabar con el Estado es un acto extraído de la razón pura.

¿Dónde están los derechos de las minorías, de los desprotegidos, de los pobres, de las mujeres? En Bogotá, con este personero y este alcalde, en un bote de basura.

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