lunes, 26 de mayo de 2008

AAA

Hola a todos, espero que estén disfrutando de su puente festivo del Corpus, para los que están aburridos y simplemente estaban buscando algo que leer, pues aquí está una historia de vida, que hace parte de una entrega final de un trabajo. Antes de que se encuentren con AAA quiero darle las gracias a Rodrigo, Daniel, Nicolás, Lucho, Miguel, Luís M., Ricardo y Diego, quienes me dejaron entrevistarlos, hacerles preguntas sumamente personales y con lo que ellos me dieron construí a Andrés Anzola... Espero que les guste su historia.

Apuntes de Andrés Anzola

AAA 1.
“Son las seis de la mañana y a esta hora hacemos un recorrido por las noticias más importantes con las que despierta Colombia y el mundo, el primer ministro…”. Parece que Alejandra, la hija menor de mi vecina, y Darío Arizmendi, el conductor del programa matutino de Caracol Radio, se pusieran de acuerdo en el momento en que deben despertarme. La primera está dando berridos porque no quiere salir del baño, el segundo se dedica a leer noticias y a adular al presidente o funcionario de turno. Siempre que la niña utiliza sus potentes pulmones me hace pensar en mi niñez.

Ella no se imagina lo fácil que habría sido crecer en esta época, en cambio a mí me tocó la vida dura, la del miedo. Crecí en una era sin esperanza, de gente cansada y amordazada. En 1984 se descubrió el virus que causa el Sida, le dieron el Nobel de Paz a Desmond Tutú, asesinaron a Indira Gandhi y murió Cortázar. Ese mismo año mataron a tiros cerca de mi casa al entonces Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla y por casualidades de la vida, el carro que llevaba a mi mamá a la clínica mientras ella se retorcía con los dolores de mi parto se debió cruzar con la ambulancia que iba a tratar de rescatar al señor Bonilla.

A diferencia de la mayoría de los niños que vinieron en las siguientes generaciones, mi primer recuerdo no fue un hecho que tuviera un impacto en mi vida personal, yo lo primero que me acuerdo es ver en las noticias un avión que un señor de apellido Escobar había hecho explotar en pleno vuelo con más de 100 personas a bordo. Tal vez sí tuvo repercusiones en mi vida, creo que antes de eso nunca había visto a mi mamá llorando y mucho menos a mi papá tan alterado. Mi abuela, que había llegado dos días antes a Bogotá, me llevó a dar una vuelta y me dijo unas palabras que nunca se me borraron de la mente: “hijo, los que hicieron eso son personas que no tienen cuidado con el dolor humano, a ellos la plata los tiene cegados, por eso cuando uno gana plata tiene que entender que hay que usarla para el bien de uno y el de los demás”.

Después de esa conversación, mi abuela me compró un helado y nos pusimos a hablar de los caballos que ella tenía en la finca. Me acuerdo que me prometió que me iba a regalar uno si le prometía que iba a estudiar mucho hasta ser un profesional. No sólo prometí, sino que cumplí con mi promesa, pero hasta el sol de hoy no puedo decir que soy propietario de un equino ni de un bovino ni de ningún animal grande.

Pero, la bomba en el avión de Avianca no fue el único evento triste de mi infancia. Como dije más arriba tuve el desacierto de nacer el 30 de abril, el mismo día y casi a la misma hora en la que la mafia colombiana mató a Lara Bonilla. Al año y medio, los guerrilleros del M-19 y las fuerzas estatales se enfrentaron en una batalla campal en plena Plaza de Bolívar para controlar el Palacio de Justicia, una acción en la que murieron decenas de personas y otras tantas fueron desaparecidas por el Ejército Nacional y la extinta F2. En el tiempo transcurrido entre 1985 y 1989 ocurrieron miles de acontecimientos como los que acabo de relatar.

A nosotros, digo a mis amigos y a mí, nos tenían prohibido hacer mil cosas. Por ejemplo, no podíamos salir sin permiso y muchas veces cuando queríamos llevar a cabo alguna actividad especial teníamos que contar con la compañía de un adulto responsable. Considero que más arriba se puede deducir que nací en Bogotá, sin embargo, esta ciudad me fue ajena por muchos años. De niño no conocía algo más que las calles de mi barrio, la ruta del bus, la Avenida 127, por donde llegábamos a la casa y a Unicentro.

La ciclovía, el espacio de todos los bogotanos, estaba marcada por una extraña necesidad de mis padres de ofrecerme protección. Las primeras veces que salimos yo parecía un niño gringo con casco, rodilleras, coderas, y hasta un par de guantes para proteger mis manos. Además mis papás siempre encontraban una excusa para salir conmigo, desde la necesidad de Florecita, nuestra perra, de ejercitarse y hacer sus necesidades biológicas —cagar y orinar—. En mi grupo social constantemente teníamos la sensación de ser observados durante todas las horas de nuestra vida.

Es probable que no nos equivocáramos. Durante nuestra niñez todo el tiempo había una persona vigilando nuestro entorno, por todos los lados había rejas o vigilantes. Sin embargo, a esa edad uno no entiende o no dimensiona el problema de las cosas. Para mí toda esa sobreprotección era culpa de esos hombres malos de los que me hablaba mi abuela, que debían ser feos, gordos y absolutamente crueles, tal como los villanos de Disney. En parte esos hombres eran así, no lo podemos negar.

Meses antes del avión que me traumó, en una versión ochentena de las Torres Gemelas, mis papás habían frustrado unas vacaciones a la casa de mis tíos en el Eje Cafetero. En plena reforma y bonanza una parte de mi familia decidió dedicarse al campo en Caldas. Nosotros que casi nunca viajábamos dentro de Colombia, para estar presentes si “algo llegaba a pasar”, habíamos decidido ir a Pensilvania a conocer el país. Como en mi colegio teníamos vacaciones al estilo norteamericano, es decir, con un “summer break” entonces mis papás decidieron organizar el viaje a finales de agosto, para que yo llegara con un buen descanso a las aulas.

El viaje empezaba a las 5:00 a.m. en el monumento de los Héroes, allí teníamos que estar el 19 de agosto, para encontrarnos con los mejores amigos de mis tíos que iban a ir encaravanados con nosotros. Efectivamente allá estuvimos, pero a diferencia de los viajes a la casa de mi abuela, esta vez no llevábamos maletas ni nada, simplemente mi papá se bajó del carro, habló con el señor, se despidieron y nos devolvimos a la casa. Más tarde mi mamá me dijo que no íbamos a ir porque un señor muy importante se había muerto la noche anterior y que era mejor honrar su memoria sin viajes ni cosas divertidas. Entonces, tal como lo dijo me puso a hacer ejercicios de matemáticas en un cuaderno viejo, mientras ella y mi papá se encerraron en su cuarto.

El señor que se había muerto era Luís Carlos Galán, un joven político que desde el inicio de su carrera política le había declarado la guerra a esos señores malos y ellos mismos le habían devuelto el favor con su asesinato. La muerte del señor Galán nunca fue importante para mí, hasta cuando ya estaba mucho mayor y decidí meterme en este cuento de la defensa por los derechos humanos. Pero de eso hablaré más tarde.

Después de la muerte de Galán, uno de mis primos, Felipe, empezó a hablar de una revolución desde lo institucional. La verdad en esa época no entendía muy bien lo que eso significaba, pero él decía que había que colocar al país en los vientos de nuevo mundo y llamar a una constituyente que cambiara la vieja carta magna por una moderna, o más bien posmoderna. Mi primo vivía metido nuestra casa, que tenía un garaje y un patio apto para sus actividades, pues allí podía hacer carteles, hacer copias de panfletos y construir el discurso de su movimiento.

En mi familia la idea de una nueva constituyente no caló muy bien, pero mis papás le daban permiso a Felipe y a sus amigos para hacer su campaña política. Una vez le pregunté a mi papá porqué mí primo estaba metido en ese rollo y me dijo que era una idea de jóvenes, pero que él no estaba muy de acuerdo con eso, entonces yo le pregunté porqué lo dejaba trabajar en la casa y la respuesta fue simple: ellos nunca van a lograr lo que quieren.

En esa época, las votaciones no eran con tarjetón sino con papeleta, es decir a uno le repartían un pedazo de papel en el que uno escribía el nombre del candidato por el que iba a votar, o en últimas era del color del partido al que uno apoyaba. La idea de los estudiantes de las universidades ‘bien’ es decir, los niños y niñas que estudiaban en la Javeriana y Los Andes, era repartir una séptima papeleta, que complementara las de las elecciones de ese año, en las que el pueblo iba a decidir si quería o no un cambio constitucional.

La propuesta no tenía ningún piso jurídico real, pero ellos estaban empeñados. Mi primo hacía marchas de la entrada de la Javeriana al Parque Nacional o se quedaba parado en el semáforo de la Carrera Séptima para que la gente tomara conciencia de la necesidad del cambio. Mi papá que era bastante escéptico lo acompañó varias veces, una de esas me dejó acompañarlos en un evento en la ciclovía.

Pocas veces me había montado en un bus, las veces que lo había hecho era con alguno de mis primos para ir a Unicentro a cine. Esta vez tomamos uno que nos llevó por la recién estrenada Avenida Suba y nos dejó en la Avenida Medellín, frente a un cuartel militar (la Escuela de Cadetes) donde estaba un grupo de gente haciendo una manifestación a favor de la Séptima Papeleta. Allí yo veía a mi primo repartiendo los volantes que el día anterior habían copiado en una gelatina mágica. Mi papá se puso a hablar con uno de los líderes del movimiento, diciéndole que a él le preocupaba mucho que en otras ciudades no se enteraran y no pudieran votar por la constituyente. La discusión se tornó un poco aburridora, entonces yo solté la mano de mi papá y me puse a repartir volantes. Era toda una fiesta.

El día de las elecciones también se elegía alcaldes, gobernadores, concejales, diputados, senadores y representantes de la Cámara. El 11 de marzo de 1990, mi primo salió temprano en la camioneta de mi papá a repartir las papeletas en la Calle 19, donde en esa época votaban la mayoría de los bogotanos.

Los de la papeleta no tuvieron mucho que celebrar ese día, pues nadie les aseguraba que iban a tener éxito. Los miles de votos que lograron obtener se concentraron, tal como lo había predicho mi papá, en la capital y en otras ciudades donde los universitarios se habían propuesto hacer valer su voz. Unos días después decidieron que los votos sí valían y el gobierno llamó a unas elecciones para elegir a la Asamblea Nacional Constituyente que iba a reformar profundamente la Constitución de 1886.

El mandato de los votantes fue tan grande, que aunque muchos políticos esperaban sólo una reforma, la misma asamblea decidió que iba a hacer un nuevo texto constitucional basado en seis principios fundamentales: primero, la constitución de una democracia participativa, en contraposición a la representativa de 1886; segundo, la creación de un estatuto de derechos que garantizara el acceso a una vida digna para todos los habitantes del país; tercero, la consolidación de las instituciones nacionales que se habían deteriorado durante la segunda mitad del siglo XX; cuarto, el mejoramiento de la separación y balance de los poderes; quinto, la autonomía y descentralización de los poderes locales; por último, modernizar la estructura económica del país, para encaminar a Colombia en la globalización.

Como dije antes, el ambiente familiar con respecto a la constitución era bastante hostil. Sin embargo, una vez salió la publicación de su texto, mi papá compró una edición barata y se sentó conmigo a explicarme cada uno de los artículos. Eso fue fundamental para mi adolescencia, pues allí comprendí qué, cómo y cuándo podía exigir mis derechos. Hubo varias cosas que me llamaron mucho la atención: la prohibición a la esclavitud, pues en el colegio nos habían dicho que eso no existía, el derecho a la intimidad y al del libre desarrollo de la personalidad.

A los 7 años, nada de eso realmente importaba, pero quedaron sonando en mi cabeza. Para mí fue fundamental entender que constitucionalmente estaba protegido mi derecho a tener un espacio absolutamente privado, donde nadie podía intervenir. Más importante fue saber que yo podía hacer con mi vida prácticamente lo que se me diera la gana.

AAA 2

A los 12 años mis papás decidieron meterme a un equipo de natación, para que no se me fuera a olvidar a moverme en una piscina. La verdad yo siempre tuve problemas con mi cuerpo, no concebía como una incipiente barriga podía estar pegada a un par de piernas bien pequeñas. Varias veces les insistí en mi poco interés en estar en una piscina mostrando mis pocos —nulos— atributos físicos, tuve que llegar a la piscina del Club La Colina un sábado a las 8 de la mañana. La timidez, sumada al típico ambiente hostil de los casilleros masculinos me causaron malestar, con ganas de vomitar y todo.

Una vez adentro descubrí que no me molestaba tanto estar allá, un par de adolescentes, de unos 16 o 18 años con cuerpos perfectos se estaban cambiando sin pudor frente a mí. En ese momento descubrí que claramente no podría hacer lo mismo allí. Me quité la camiseta, dejé un poquito de desorden en una banca, donde ellos también estaban dejando sus cosas y me metí en un cubículo de los inodoros a cambiarme los pantalones y calzoncillos por un vestido de baño bastante pequeño e incómodo. La estrechez de la pequeña pantaloneta no disimulaba lo que yo quería esconder en el cubículo, una fuerte erección producto de los cuerpos de mis compañeros.

Ese día me di cuenta de algo, que ya sabía hacía mucho. Los niños y no las niñas eran los que hacían que mi corazón se quisiera salir del cuerpo, la adrenalina corriera por cada uno de mis vasos sanguíneos y una calentura se apoderara de mi pene. Mis amigos del colegio decían que los maricas estaban destinados a no tener amigos y el cura que dictaba la misa en la iglesia de Niza siempre tenía unas palabras de odio reservadas a los que queríamos hacer con nuestro cuerpo lo que hacían en Sodoma y Gomorra.

Por fortuna no me había olvidado de la famosa constitución. Pocos días después de ir a la piscina les dije a mis papás que quería ir a un psicólogo. Obviamente esa petición los asustó y ellos inmediatamente buscaron a un amigo de mi papá para que no sólo me atendiera sino que además ellos tuvieran acceso a algo de la información que yo le daba. En la primera reunión le dije que yo era —soy— homosexual y que lo necesitaba como apoyo para contarle a mis papás.

Mi plan funcionó, él me dio un montón de cosas para leer y me dijo que estaba bien que yo me diera de eso tan temprano, pero que quería recordarme que abrirme a mi familia y a mis amigos era un paso muy importante que podía determinar toda mi adolescencia. Que me gustaran los hombres ya había determinado gran parte de mi vida, entonces le dije con claridad que lo más importante para mí era ser sincero con aquellos que me querían. Él me dijo que el típico argumento de las personas que como yo acudían a su consultorio le decían que los que de verdad los amaban nunca los iban a dejar de amar y eso no siempre no era verdad.
Decidí entonces contarles a mis amigos, con eso podía saber quienes iban a estar conmigo el resto de mi adolescencia, o por lo menos en los siguientes meses de mi vida. La mayoría reaccionó bien. Mi mejor amigo dejó de serlo en ese momento, es más se convirtió en un “pain in the ass” (desgraciado colegio bilingüe). Los que fueron indiferentes con mi decisión se dedicaron en cambio a defenderme de aquellos que encontraban mi orientación sexual como algo peligroso.

Mis papás siguieron sin saber que yo no tenía los gustos sexuales socialmente aceptados, pero si se dieron cuenta que mis relaciones cambiaron. Primero, tuvieron un increíble afán por saber si yo tenía o no novia; después, querían conocer a mis amistades, además les dio por darme consejos de amor y de escoger los amigos. Invocando el derecho a la intimidad, que mí papá se había tomado el tiempo de explicarme unos años atrás.

Les conté un año después de mi primera erección por un hombre. El 31 de agosto de 1997, después de un ataque de llanto por la muerte de la Princesa Diana (algo cliché) les dije a mis papás que estaba sensible por culpa de una situación que me hacía diferente. Recuerdo que mis palabras fueron las siguientes: pá, má, esto de la princesa me duele mucho, por varias razones, primero porque me pone a pensar en la muerte, pero sobre todo porque yo no soy normal. A mí me gustan los hombres”. Mí mamá se puso roja, me dijo que no lo podía creer, que le dijera todo, cómo, cuándo, dónde, y cuál pervertido me había hecho así. Sorpresivamente mí papá fue más comprensivo, me dijo que pues sabía que contra eso no había nada que él pudiera hacer y que claramente el mundo ya era difícil para los demás, para mí iba a ser mucho más difícil.

A partir de ese día pude dormir más tranquilo. Les recordé a mis papás que yo tenía el derecho a ser lo que yo quisiera ser. Uno de mis amigos me había dicho cuando salí del closet (que expresión tan desagradable) que cada quien podía hacer de su culo un candelabro, yo les dije a mis papás que así como cada cabeza era un mundo lleno de sorpresas cada trasero podía hacer su propio carnaval.

Naturalmente mi adolescencia no fue particularmente fácil, a muchos les daba miedo estar junto a mí para no ser etiquetados como homosexuales. Otros utilizaban mi existencia como un canal de somatización de problemas, hacían bromas, constantemente me molestaban y algunos me pegaron en varias oportunidades por el hecho de ser diferente. Durante esos años me prometí que iba a trabajar por aquellos que, como yo, sufrían por ser diferentes.

AAA 3

Por eso estudié derecho, en una universidad que se primaba de ser de libre pensamiento, pero sus estudiantes no entendían lo que eso significaba, por eso muchas veces se comportaron de la misma manera que mis compañeros del colegio. Desde la universidad participé en grupos de trabajo de defensa de derechos humanos y me creé un grupo de apoyo a quienes quisieran dejar de mentirse a si mismos y los que estaban a su alrededor.

Cuando me gradué empecé a trabajar en Colombia Diversa y en la Red Nacional de Mujeres, como asesor jurídico para ayudar a personas que tuvieran impedimentos económicos o jurídicos para presentar tutelas para que les protegieran sus derechos. Fue una forma bastante formal de luchar contra la masculinidad hegemónica que domina nuestro mundo. Uno de mis momentos más alegres fue la presentación de la tutela que permitió que la Corte Constitucional declarara que el aborto no fuera un delito a través de la Sentencia C-355 de 2006.

Toda esa carreta me trae a hoy, el día en el que cumplimos 2 años de tener esa sentencia. El día en que la proclamaron yo estuve celebrando con champaña porque ingenuamente creí que los abortos clandestinos se iban a acabar, o al menos reducir. Ahora me doy cuenta que no todo es tan fácil, pero al menos tenemos unas mujeres que han recibido el tratamiento que se merecen para acabar con una situación corporal que no les va a aportar beneficios a futuro.

Alejandra dejó de gritar. Cuando ella sea una adolescente o una mujer adulta y cumpla con uno de los requisitos legales que permiten interrumpir prematuramente el embarazo ella no va a gritar en un lugar clandestino de la Avenida Caracas. Con toda seguridad ella va a estar en una clínica, atendida por un doctor serio que con los instrumentos necesarios va a solucionarle su problema. Lástima que las mujeres todavía no entiendan eso.

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